Madrid, la conformación de una capital inesperada

Los intentos de centralización del poder que llevaron a cabo los monarcas europeos desde las décadas finales del siglo XV y, aún más, durante el siglo XVI, dieron forma a un modelo de ciudad que creció amparada en la presencia permanente de las instituciones administrativas y políticas y del séquito real y la Corte. Este establecimiento de los órganos de gestión del Estado en una determinada ciudad propició que en ella llegasen a confluir las tres vertientes de poder que definirán el modelo social del naciente Estado Moderno: el poder real, el poder eclesiástico y el poder municipal.

             Si bien no son estas ciudades de nueva planta o nueva construcción -Londres, París, Madrid o Viena eran ciudades ya existentes y con un aceptable grado de consolidación- el impacto que la implantación de la capitalidad tuvo en su urbanismo, su arquitectura, su monumentalidad, su vida comercial y su organización administrativa y social las convirtió a partir del siglo XVI en verdaderos referentes en la política, el arte, el ámbito religioso y en las representaciones culturales y festivas.

            En el caso de la Monarquía española, Madrid se convirtió en residencia permanente del Rey y la Corte cuando en 1561 Felipe II decidió abandonar Toledo. A partir de ese momento la Villa de Madrid vivirá una profunda transformación en sus magnitudes demográficas, su urbanismo, sus propias instituciones, su economía y su ambiente cultural. Vamos a revisar esas características que definieron la evolución de las ciudades que adquirían el rango de capitalidad al comienzo de la Edad Moderna y su plasmación en el caso concreto de Madrid.

En el siglo XV la sociedad era todavía eminentemente de carácter rural. El campesinado era el motor económico de la sociedad lo que exigía una serie de obligaciones e intereses recíprocos entre la aldea y la villa cuyo incumplimiento por la parte más poderosa en bastantes ocasiones provocó enfrentamientos e incluso emancipaciones de las aldeas respecto a la ciudad matriz. Las ciudades no se medían en exclusiva por la dimensión de su población, también era determinante su capacidad de generar el bien común entre los núcleos de su término jurisdiccional, de su alfoz. La villa o la ciudad como núcleo central contaba con el mercado, esto facilitaba el intercambio entre sus propios productos y los que se producían en las aldeas circundantes, lo que a su vez daba origen al nacimiento de nuevos servicios y nuevas demandas que daban lugar a los núcleos artesanales y mercantiles. La ciudad se apropiaba de los terrenos comunales y rebasaba sus propias murallas que ya no desempeñaban una función protectora y sí, más bien, delimitaban el término jurisdiccional y definían el recinto urbano. En la ciudad se producía una continuidad del caserío y la calidad de sus construcciones se iba perfeccionando a la vez que aparecían nuevos edificios públicos para albergar a una mayor demanda municipal y privados que acogían a nuevos burgueses que abandonaban el campo para convertirse en rentistas e identificarse con el nuevo poder ciudadano.  Las nuevas calles se empedraban y se hacían más anchas. Todas estas características funcionales, económicas y morfológicas evolucionaron de forma mucho más acelerada en las nuevas capitales que en el resto de ciudades.

            La demografía era otro elemento definitorio de la ciudad aunque por sí solo no era suficiente para que una población recibiera tal distinción. Los antiguos privilegios adquiridos por la fidelidad a los reyes o la calidad de diócesis o arzobispado mantenían el rango de ciudades pese a que hubieran perdido población, mientras que otras continuaron siendo villas a pesar de un importante aumento poblacional, como ocurrió en el caso de Madrid.

No fue hasta mediados del siglo XVII cuando la palabra “capital” desbancó al término “corte” ya que en la temprana Edad Moderna aún se mantuvo el sentido medieval que se refería a la estancia habitual y más o menos prolongada del Rey y su séquito en una determinada ciudad. Pero el proceso, diferente en cuanto a los ritmos en las diversas capitales europeas, modificó el urbanismo de las ciudades al compás de las demandas funcionales que la ciudad había de atender debido a su nuevo rango y de la propia dimensión de la entidad del proyecto regio y sus condicionantes, que iban a convertir a estas ciudades en las verdaderas representantes de la imagen del monarca, en el escenario donde el poder real iba a percibirse con todo su esplendor, serán capitales ceremoniales, sus calles y plazas servirán para teatralizar al poder estatal[1].

La instalación del séquito real en una ciudad y la localización en ella de los órganos de gobierno generaron una consecuencia inmediata en la ciudad, el tamaño hubo de aumentar para acomodar, primero, a la corte y posteriormente a la población que ella atraería. Esta población que acompañaba a los cortesanos iba a tener un marcado carácter aristocrático que propiciará la demanda de unas viviendas de mayor calidad que comenzaron a cambiar la imagen de la ciudad. Además fue necesario replantear el plano de la ciudad. La ciudad crecía, incorporaba los arrabales, desplazaba las actividades comerciales y mercantiles a nuevos arrabales más exteriores y en el lugar que estos ocupaban se diseñaban calles más anchas, se construían palacetes y casas nobiliarias y se dotaba a la ciudad de edificios que albergasen a sus autoridades.

Los antiguos señores, que vivían hasta entonces en sus casas solariegas hubieron de instalar sus mansiones en la Corte abandonando sus posesiones provinciales para poder escalar en la política y obtener el favor real[2]. Pero no sólo iban a ser aristócratas quienes protagonizasen el auge de la nueva capital, las necesidades de abastecimiento y nuevos servicios también iban a atraer a artesanos, mercaderes, profesores, constructores o banqueros. La presencia de la corte de esta forma iba a ser la verdadera catalizadora de los ingresos de la ciudad e iba a propiciar la aparición de nuevas actividades económicas. La ciudad conocía así nuevas formas de producir y de relacionarse,  sus poderes, las oligarquías municipales, comenzaban a trabajar para no perder la oportunidad que, ser sede del poder real y residencia de sus más próximos acompañantes, les propiciaba. La ciudad debía estar a la altura. Se planifican grandes calles, alineadas siguiendo el modelo renacentista, dando forma a una nueva perspectiva urbana y proporcionando nuevos sistemas visuales que favorezcan la observación de las nuevas edificaciones. Las antiguas construcciones y estrechas calles medievales serán demolidas para llevar a cabo el nuevo trazado. Nuevas construcciones identificarán a las capitales, las grandes plazas donde confluyan las nuevas calles, las residencias palaciegas y los edificios eclesiásticos, monasterios y conventos. Éstos se multiplicarán tanto en los nuevos arrabales como en el interior de la ciudad para atender las necesidades espirituales de las almas de los ciudadanos y para mantenerse cerca del poder real, esto será especialmente significativo en Madrid, sede de una Monarquía que se proclamaba católica.  

La capital de la Monarquía poseía unas características un tanto peculiares que merecen puntualizar algunos de los aspectos generales tratados. El Madrid de Felipe II no tenía la entidad de París “cabeza de reino”, eso parece innegable, y su elección como capital puede resultar sorprendente analizando determinadas cuestiones históricas o económicas, pero Madrid era algo más que un “villorrio” o un “poblachón” cuando el Rey prudente decidió instalar allí su Corte, algo que se ha intentado hacer creer en determinadas argumentaciones críticas hacia la decisión de Felipe II.

La fundación de Madrid data del siglo X y en su origen no debió ser nada más que una fortaleza musulmana de las que protegían la Marca Media. Conquistada por Alfonso VI tras la rendición de Toledo, su papel militar se mantuvo durante décadas, en este caso,  protegiendo a los cristianos de los ataques musulmanes. Su ubicación en lo alto de una colina se adecuaba a las necesidades de una atalaya defensiva. A medida que la Reconquista avanzaba hacia el Sur su protagonismo fue menguando y su población no registró importantes incrementos; no obstante, durante el periodo medieval registró acontecimientos significativos: Madrid recibió su Fuero en 1202 gracias al rey Alfonso VIII, (aunque en 1118 pudo haber recibido el mismo que recibió Toledo tras ser tomada por los cristianos); en 1301 Fernando IV convocó Cortes en Madrid; en 1348 Alfonso XI emitió una cédula estableciendo el regimiento de Madrid como consecuencia del Ordenamiento de Alcalá, -el embrión de su Ayuntamiento- tras haber convocado Cortes en dos ocasiones (1329 y 1335)[3]. Pedro I el Cruel frecuentó el Alcázar y acometió las primeras reformas para acomodar lo que era una fortaleza militar a las necesidades que un Rey demandaba para su comodidad. Unas décadas después Enrique III el Doliente también utilizó el Alcázar como residencia debido a su estrecho vínculo con Madrid que se debía al hecho de haber sido criado por Inés Lasso de La Vega, perteneciente a una notable familia madrileña, tras la muerte de su madre, Leonor de Aragón, en 1382. Ya en el siglo XV, Enrique IV abandonaba con frecuencia Segovia para instalarse en el Alcázar. Ya fuera por la calidad de sus aguas, por el aire fresco y puro procedente de la Sierra de Guadarrama o por la abundancia de fieras a las que abatir en los montes y bosques de sus proximidades, Madrid y su Alcázar eran lugares de visita recurrente por parte de los monarcas altomedievales. La Villa no estaba huérfana de acontecimientos que pudieran otorgarle una cierta legitimidad histórica, pero no estaba a la altura de la legendaria Toledo o de Burgos “cabeza de Castilla”. La suma de un entorno agradable para llevar a cabo las aficiones reales y de la existencia de una residencia palaciega, eran los principales argumentos de Madrid para convertirse en capital.

Real Alcazar de Madrid fachada meridional arquitecto Juan Gomez de la Mora
Fachada meridional del antiguo Alcázar de Madrid

En el aspecto demográfico, si bien la población era inferior a la de Valladolid, Toledo o Sevilla, su tamaño no era desdeñable. Si atendemos al trabajo de Jean de Vries[4], una población podría considerarse ciudad a partir de 10.000 habitantes. La cifra parece exigente ya que sólo 20 ciudades españolas alcanzaban esa cantidad en el año 1500. Madrid ya era una de ellas. Según los datos de la Sisa de la carne de 1496 la población era de 12.000 almas[5]. Sin embargo, en el aspecto eclesiástico, connotación ésta de extraordinaria relevancia a finales del siglo XV, Madrid no tenía ninguna característica especial que la hiciese especialmente atractiva a la hora de evaluarla. No podía compararse con Toledo que era la sede Primada, no contaba con un lugar de referencia para la Cristiandad como ocurría en Santiago de Compostela que poseía el sepulcro del Apóstol, ni siquiera era un lugar más significativo que Alcalá de Henares, sede episcopal, que desde 1499 contaba con una Universidad. Madrid ni siquiera tenía catedral.

Pero sin entrar a valorar las razones que hicieron que finalmente Felipe II se decantase por Madrid, lo cierto es que conocer la dimensión histórica, demográfica e institucional de la Villa en las décadas anteriores a 1561 hace posible comprender la importancia que pudo tener acoger al Rey, a su séquito y a sus órganos de gobierno para que Madrid evolucionase de villa a corte y de corte a capital. Hacia 1600 Madrid había doblado su superficie respecto a la que tenía en el primer tercio del siglo XVI. Además su fisionomía había cambiado por completo. Perdió su aspecto medieval, el caserío se alejaba del antiguo recinto amurallado e incluso rebasaba el espacio ocupado por los arrabales formados durante los dos siglos anteriores[6]. Felipe II convirtió el Alcázar en una fenomenal residencia palaciega (se gastaron 235.000 ducados en las obras entre 1535 y 1562[7]), vigiló personalmente las obras desde 1543, cuando todavía era el príncipe, y añadió las caballerizas reales, la armería, las cocheras y edificó la Casa de los Pajes. Aprobó medidas para convertir Madrid en una capital digna de su Monarquía. El Ayuntamiento solicitó al rey un programa de reformas que Felipe II atendió. El rey reforzaba sus lazos con el municipio ampliando y mejorando el estado de la ciudad con obras que la ciudad por sí sola no hubiera podido financiar. Se diseñaron la nueva Calle Real que discurriría entre Puerta Cerrada y el Puente de Segovia, la calle de Alcalá, la carrera de San Jerónimo que enlazaba el centro con el Prado de San Jerónimo y la calle Atocha para unir la ciudad al monasterio que contenía la imagen de la Virgen; estas calles sustituían a los viejos caminos y se convertían en los ejes urbanos junto a los que se desarrollaba el caserío. Fueron además las vías fundamentales del ceremonial de la Corte. Al sur del Arrabal se prolongaba la calle de Toledo y en torno a ella se establecía el Rastro donde se situaban artesanos y productores que se agrupaban en corporaciones ubicadas en calles determinadas (como la Ribera de curtidores). Los arrabales constituyen la mejor expresión del dinamismo y capacidad expansiva de la ciudad[8]. Se construyó la nueva Casa de la Villa y numerosos edificios comunales, mercados para el grano y el pescado, un matadero y un hospital. Las actividades mercantiles abandonaron definitivamente la Plaza del Salvador que se unía con el Alcázar por la calle Mayor y se trasladaron a la Plaza del Arrabal situada en el solar de lo que posteriormente sería la Plaza Mayor que había ido aumentando su actividad debido a su ubicación en la salida del camino hacia Toledo. Dicha plaza pasó a ser la Plaza de la Villa y en ella se instalaron las instituciones municipales junto a los edificios señoriales de finales del Medievo, la residencia de los Lujanes (con la torre donde estuvo prisionero Francisco I) o una casa de Cisneros. Las oligarquías ciudadanas se establecieron en sus proximidades, la Plaza de la Villa se convertía en el centro administrativo y la del Arrabal en el centro económico. La Plaza comenzó a ver modificada su irregular morfología, se derribaron algunos edificios y se construyó la Casa de la Panadería que posteriormente quedaría incorporada al diseño de la nueva Plaza Mayor. La ciudad crecía a un ritmo vertiginoso y en 25 años pasaba de tener 2.500 casas a más de 8.000. Madrid, que tenía en torno a 20.000 habitantes mediado el siglo XVI, se aproximaba a los 60.000 cuando Felipe II falleció y alcanzaría los 100.000 durante el reinado de Felipe III[9]. Madrid comenzaba a ser una ciudad multitudinaria,

El rey, sin embargo y sorprendentemente, no tomó en consideración la posibilidad de construir una catedral, pero sí que posibilitó la construcción de numerosos conventos involucrándose en la adquisición de los solares como ocurrió con el convento de la Encarnación o promoviendo construcciones sobre antiguos edificios de base medieval como sucedió con el Monasterio de las Descalzas. En la segunda mitad del siglo XVI Madrid contaba con 14 parroquias de las que las situadas en los arrabales acaparaban al 68 % de los fieles, y al finalizar el siglo, 31 conventos daban a Madrid un cierto aspecto de ciudad conventual[10].

Convento de la Encarnación de Madrid

 El Alcázar se convirtió en el símbolo de la Monarquía y en la principal referencia arquitectónica a la vez que los barrios de su entorno configuraban un espacio palaciego y establecían la jerarquización del espacio urbano. A finales del siglo XVI Madrid había organizado un espacio donde se desarrollaría la vida cortesana y es establecerían los Consejos y demás entidades administrativas.

El Ayuntamiento se veía en la necesidad de cumplimentar correctamente a su Rey y se volcó en los fastos que acompañaron a la entrada de la Reina Ana de Austria en la ciudad en 1570. Se mejoraron los caminos por donde habría de transitar la reina (señal de que aún Madrid no estaba completamente “terminada” para poder considerarse una gran capital) y se gastaron 40.000 ducados en las obras y el ceremonial[11]. Sirva como comparación y referencia de la implicación por parte del Ayuntamiento con su nueva condición que, en 1559, dos años antes de la declaración del establecimiento de la corte, para celebrar la llegada de Isabel de Valois el gasto fue de 6.000 ducados. Todas las autoridades de la ciudad recibieron al cortejo real y la presencia de todos los miembros de la corte enriqueció la ceremonia de manera que la de Madrid ya superaba en fastuosidad a cualquier otra de las entradas reales celebradas en las ciudades castellanas.

Ana de Austria por Alonso Sánchez Coello

El entorno de la ciudad cobro especial relevancia. El palacio de El Pardo era una segunda residencia real mientras que comenzaba a planificarse la construcción del Real Sitio de Aranjuez, pero especialmente relevante fue que, a 50 kilómetros al Noroeste de la villa, Felipe II comenzaba las obras de lo que se convertiría en el centro neurálgico de la Monarquía, el Monasterio de San Lorenzo del Escorial, cuyas obras controlaba desde la Torre Dorada del Alcázar. La corte permanecía en Madrid mientras que el rey se encerraba en El Escorial alejándose del ceremonial y optando por el retiro y la austeridad especialmente durante la última década del siglo XVI, durante sus últimos años de vida. Tal vez por eso la población de Madrid no acababa de sentirse como la de una verdadera capital pese a que su morfología y su sociedad habían avanzado de manera vertiginosa hacia tal dignidad.

Cuando Felipe III atendió los requerimientos del Duque de Lerma y desplazó la corte a Valladolid en 1601, Madrid corrió el serio riesgo de descomponerse como entidad urbana de consideración. Los avances que había propiciado la instalación de Felipe II en la ciudad y que habían conseguido conformar una capital inventada[12] se verían ahora cristalizados en Valladolid bajo el argumento de potenciar las decaídas economías de las ciudades del Norte castellano. Madrid se sumía en la incertidumbre, pero las autoridades municipales se mantuvieron siempre a favor de las pretensiones del nuevo rey mostrando una absoluta fidelidad que, tal vez, permitiera recobrar la capitalidad. Madrid asumía sin excusas el nuevo Servicio de Millones que solicitaba el Rey; agradar, pagar y callar[13] era el camino a seguir para recuperar el papel de sede de la Corte. Y esa política tuvo éxito y recompensa, ya que en 1606 la Corte volvía a Madrid tras agasajar al Rey con un pago de 250.000 ducados. Desde este momento y en especial durante el reinado de Felipe IV, la capital de la Monarquía se convirtió en un espacio eminentemente regio. El rey ya no abandonaba la ciudad con frecuencia y la capital era el escenario donde se teatralizaba la Monarquía. Nuevas reformas urbanísticas, la construcción de la Plaza Mayor y la edificación del Palacio del Buen Retiro son prueba de lo irrevocable de la capitalidad. Solo Madrid era la corte y Madrid, a su vez, era poco más allá de la corte. La ciudad renacentista de amplias y rectilíneas calles y severos edificios platerescos comenzaba a dar paso al Barroco de la Contrarreforma donde la unión palacio-iglesia-plaza[14] culminaba la representación del poder urbano.


[1] RIO BARREDO, M.J. del; Madrid urbs regia. La capital ceremonial de la Monarquía católica. Madrid, 2000. Este libro está específicamente dedicado a analizar las ceremonias reales en Madrid y su influencia en la vida de la ciudad.   

[2] BONET CORREA, A.: “El urbanismo en España e Iberoamérica”, p.11

[3] JULIÁ, S., RINGROSE, D., SEGURA, C.;  Madrid. Historia de una capital. Alianza Editorial, Madrid, 1994, p.p. 63-65 y SAINZ DE ROBLES, F.C; Por qué es Madrid Capital de España. Maeva ediciones. Madrid, 1987, p.p. 40-41

[4] VRIES, J. de: La urbanización de Europa 1500-1800. Barcelona 1987

[5] JULIÁ, S., RINGROSE, D., SEGURA, C.;  Madrid. Historia de una capital. Alianza Editorial, Madrid, 1994, p.87. No obstante Geoffrey PARKER afirma que Madrid sólo tenía 9.000 habitantes en 1561 en Felipe II. La Biografía definitiva. Editorial Planeta. Barcelona 2010, p.353.

[6] PINTO, V.: “Madrid en la época de la publicación del Quijote. Una ciudad nueva en busca de identidad” en LUCÍA MEGÍAS, J.M. (ed.): Imprenta, libros y lectura en la España del Quijote. Imprenta Artesanal. Madrid, 2006, p. 47

[7] PARKER, G.: Felipe II. La Biografía definitiva. Editorial Planeta. Barcelona 2010, p.352.

[8] MARCOS MARTÍN, A.: “¿Qué es una ciudad en la Época Moderna?”. Reflexión histórica sobre el fenómeno de la urbano. Actas del Coloquio sobre Toledo y la expansión urbana en España. 1988, p.141

[9] BONET CORREA, A.: “El urbanisno en España e Iberamérica”. Ensayos Arte Catedra, p.46

[10] PINTO, V.: “Madrid en la época de la publicación del Quijote. Una ciudad nueva en busca de identidad” en LUCÍA MEGÍAS, J.M. (ed.): Imprenta, libros y lectura en la España del Quijote. Imprenta Artesanal. Madrid, 2006, p. 65

[11] RIO BARREDO, M.J. del; Madrid urbs regia. La capital ceremonial de la Monarquía católica. Madrid, 2000, p. 67

[12] RIO BARREDO, M.J. del; Madrid urbs regia. La capital ceremonial de la Monarquía católica. Madrid, 2000, p. 78.

[13] Idem, p.141

[14] CÁMARA MUÑOZ, A.: Arte y Poder en la Edad Moderna. UNED, Madrid, p.312.

BIBLIOGRAFÍA

BONET CORREA, A.: El urbanismo en España e Iberoamérica. Ensayos ArteCátedra Madrid, 1991.

CÁMARA MUÑOZ, A.: Arte y Poder en la Edad Moderna. UNED, Madrid 2010

JULIÁ, S., RINGROSE, D., SEGURA, C.;  Madrid. Historia de una capital. Alianza Editorial, Madrid, 1994

MARCOS MARTÍN, A.: “¿Qué es una ciudad en la Época Moderna?”. Reflexión histórica sobre el fenómeno de la urbano. Actas del Coloquio sobre Toledo y la expansión urbana en España. 1988

PARKER, G.: Felipe II. La Biografía definitiva. Editorial Planeta. Barcelona 2010

PINTO, V.: “Madrid en la época de la publicación del Quijote. Una ciudad nueva en busca de identidad” en LUCÍA MEGÍAS, J.M. (ed.): Imprenta, libros y lectura en la España del Quijote. Imprenta Artesanal. Madrid, 2006

RIO BARREDO, M.J. del; Madrid urbs regia. La capital ceremonial de la Monarquía católica. Madrid, 2000

SAINZ DE ROBLES, F.C; Por qué es Madrid Capital de España. Maeva ediciones. Madrid, 1987

VRIES, J. de: La urbanización de Europa 1500-1800. Barcelona 1987

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