La epopeya de los Visigodos (II). El “morbo gótico” y el Periodo Constituyente

Vimos en la primera entrada de este tema, que tras la derrota y muerte de Amalarico, los visigodos abandonan definitivamente la Galia como entidad política estructurada y los territorios donde Teudis había conseguido instalarse con sus gentes en Hispania se convierten en el nuevo hogar de los visigodos.

Pero ni mucho menos habían acabado los problemas y las tensiones para este pueblo. Las tensiones entre las diferentes familias que componían las élites sociales de los godos comenzaron a manifestarse como un auténtico problema a la hora de establecer un poder firme y reconocido por todos. Sucesivas rebeliones, conjuras y asesinatos, marcaron durante casi dos siglos la tenencia del poder y el control social del pueblo visigodos. Estos acontecimientos son conocidos como el “morbo gótico”.

Pero no sólo los problemas derivados del ansia de poder aristocrático dificultaron el asentamiento de la institución real, los reyes visigodos debieron enfrentarse a enemigos internos que no aceptaron su dominio y a poderes externos que trataron de establecerse y conquistar la Península ibérica.

Para completar el rompecabezas que supone tratar de comprender como un pueblo nórdico nómada se convirtió en el primer reino unificado de Europa tras la caída de Roma no podemos olvidar los tres conflictos de carácter religioso y sociales que se generaron:

  • las especiales relaciones establecidas entre los señores y sus esclavos y siervos que, como veremos más adelante, fueron determinantes para articular una institución tan importante como fue el ejército.
  • los problemas con los judíos, cuyo disgusto por las persecuciones sufridas y los desfalcos a los que eran sometidos sus patrimonios pudo suponer que se alinearan con el emergente poder islámico en el momento de la invasión.
  • los conflictos religiosos que se produjeron, primero, por el choque entre la fe arriana visigoda y la católica hispanorromana, y, posteriormente, por la conversión de Recaredo que supuso enfrentamientos entre los otrora protegidos obispos arrianos y los ahora dominantes católicos. La alianza entre la realeza y la jerarquía católica convirtió a la Iglesia en un poder determinante en el reino e hizo de los Concilios el principal instrumento legislador y sancionador del Reino de Toledo.     

Una vez conocidas las líneas argumentales que seguiremos en este viaje, volvamos al morbo gótico, a Teudis y a su forma de alcanzar el poder.

Si recordamos como se produjeron las sucesiones y tomas de poder del trono visigodo desde que Eurico decidió matar a su hermano para derivar la política de apaciguamiento con Roma a la de belicosidad, nos damos cuenta de qué, tras fallecer el mencionado Eurico, todos los reyes murieron por causas violentas. Alarico II fallece en el campo de batalla en Vouillé, su hijo ilegitimo Gesaleico tachado de cobarde por las fuentes, tras huir de Barcelona y posteriormente tratar de recuperar el poder, fue derrotado y ejecutado por los ostrogodos de Teodorico el Grande que aprovechó para colocar en el trono a su nieto Amalarico. El último Rey Balto falleció tras enfrentarse al ejercito franco que acudió para salvar a la reina Clotilde, hermana del franco Clodoveo, de los malos tratos perpetrados por su marido.

Pero no son pocos los historiadores que consideran que Teudis no fue del todo inocente en la muerte de Amalarico. Es muy posible que el regente de la Hispania goda pactara la intervención de Clodoveo para eliminar a la estirpe de los Balto e instalar la sede del poder godo en su territorio, en Hispania donde él llevaba años creando una red clientelar que le facilitaría su acceso al poder.

Teudis se había casado con una rica hispanorromana lo que le posibilitó rodearse de una guardia personal eficaz y profesional formada por entre 2.000 y 3.000 hombres. Los miembros de esta élite guerrera tan próxima al rey, que era la que constituía la caballería[1], fueron conocidos como gardingos.

A su imagen y semejanza los dux provinciales, los delegados del poder real en las provincias también se hicieron acompañar de una élite similar, los bucelarios y los espatarios, guerreros de élite caracterizados por el uso de la spata[2].

A pesar de que en ocasiones era este un puesto ocupado por hispanorromanos, generalmente fue ocupado por personas muy allegadas al rey que, en algunos casos, fueron sucesores de los mismos. Teudiselo, dux nombrado por Teudis, sustituyó a este en 548; Leovigildo nombró a su hijo y futuro rey, Recaredo, dux y jefe de sus ejércitos; algo similar ocurrió con Chindasvinto y Leovigildo. Su poder era enorme, ellos reclutaban ejércitos y controlaban las zonas geográficas que les eran atribuidas. Tanto poder en manos de los dux llegó a posibilitar que fueran capaces de enfrentarse al Rey. Así ocurrió con Sisenando que consiguió arrebatar el poder a Suintila y con Paulo que se rebeló contra Wamba en la Narbonense. Algunos de estos dux, como Cirilo y Claudio encabezaron los ejércitos en campañas fundamentales para los visigodos contra los suevos y los francos.

El escalafón inmediatamente inferior lo ocupaban los comtes exercitus que comandaban los contingentes de una ciudad y su territorio de influencia. Solían ser cargos para los que eran nombrados nobles de estirpe visigoda.

El desempeño de estos cargos de dux y de comtes, reservados fundamentalmente a miembros de las nobles familias visigodas, posibilitó que el poder regional se fortaleciera ya que, al ser estos nobles los responsables de reclutar al ejército, los soldados se sentían más cercanos a su general o comandante local que al Rey.

Los dux y comtes realizaban las levas en sus territorios. También requerían que los nobles más importantes de cada territorio, primates y fideles, acudiesen a las campañas con una cantidad significativa de sus hombres, ya fueran trabajadores libres, siervos o esclavos. Esto hizo que el ejército visigodo fuera paulatinamente perdiendo su esencia goda y convirtiéndose en un ejército mixto. A su vez, esa necesidad de que los potentes de cada territorio aportaran sus tropas a cambio de un stipendio (entrega de tierras y prebendas), fortaleció aún más su relevante posición social y su poder territorial local de manera que podemos hablar del ejército visigodo como un ejército protofeudal.

Así se generó la terrible dualidad que debieron enfrentar los reyes visigodos. Los aristócratas dotados de gran poder pasaron de la fidelidad a la competencia, del apoyo al Rey a la conjura para derribarlo. Las represalias y venganzas entre los clanes gobernantes cada vez que una facción derrocaba a una rival se convirtieron en las primeras actividades de cada reinado. Sin embargo, no podían prescindir de ellos ya que los enemigos externos e internos continuaban apareciendo por Hispania y eran los poderosos nobles quienes debían hacerles frente y proteger el reino junto al monarca. El ejército visigodo estaba compuesto por pequeños ejércitos que seguían a su señor, al dux que los reclutaba y que los mantenía para cada campaña. Si los dux territoriales no eran fieles a la estirpe del Rey, la traición podía fulminar su mandato en muy poco tiempo.

Era de tal índole el problema que sucesivos Concilios de Toledo se dedicaron a establecer leyes para atajar el problema…pero las resoluciones de un Concilio eran muchas veces derogadas por el siguiente o, cuando menos, recortadas. Varios reyes dictaron normas para proteger a las familias de los reyes y su patrimonio una vez que estos murieran. Pero otros decidieron eliminar a los restos de las familias opositoras acusándoles de traición o de cualquier tipo de afrentas o delitos contra el reino.

Se desencadenó un continuo proceso de acción-reacción entre realeza y nobleza. Cuando un Rey se mostraba contundente o incluso tiránico, poco sensible con los intereses de la nobleza, su sucesor tratabade recuperar a los nobles previamente agraviados para que apoyaran su proyecto y evitar enfrentarse a una conjura que previsiblemente acabara con su poder y su vida

Como veíamos anteriormente, algunas de estas características ya estaban presentes cuando comenzó a formarse el Reino de Toledo en el periodo de gobierno de Teudis. La conjura entre Clodoveo y Teudis fue posiblemente la que acabó con la estirpe de los Balto[3] y colocó a los ostrogodos en el poder. Este periodo es conocido como el Intermedio Ostrogodo.

El poder ostrogodo se había instalado por tanto en Italia y en Hispania, pese a que los reinos eran nominal y efectivamente independientes. No obstante, la posibilidad de una reunificación gótica en el sur de Europa no gustó a los francos. Ni a los bizantinos.

Una expedición de Justiniano al norte de África en 534 posibilitó la conquista del reino vándalo y la ocupación de la ciudad de Ceuta. El emperador ponía de manifiesto que el imperio de Oriente su intención de recuperar los territorios occidentales perdidos y tomados por los “bárbaros” y que no iba a consentir una reunificación gótica.

Al año siguiente, en 535, el general de Justiniano, Belisario, invadía la Italia ostrogoda. Teudis hubo de andar con pies de plomo para medir su intervención en apoyo de sus parientes ostrogodos ya que no pretendía enfrentarse al poderoso Justiniano. Pese a que no hubo apoyo militar a Italia, temporalmente, hubo un rayo de esperanza para los godos cuando los persas atacaron el limes oriental del Imperio bizantino y Justiniano tuvo que desplazar allí gran parte de su ejército en el año 540.

Al año siguiente se produjo un ataque franco contra Teudis. Esta vez Clotario no se conformó con actuar en la Narbonense, sino que  sus ejércitos penetraron por Pamplona y cercaron Zaragoza con el ánimo de tomar la Tarraconense. Este periodo, el intermedio ostrogodo, es parco en fuentes de información y gran parte de lo que sabemos se lo debemos a un franco, Gregorio de Tours que en sus diez libros de historia menciona las difíciles relaciones entre los francos merovingios y los godos. Gracias a él sabemos que el ejército visigodo levantó el cercó y expulsó a los francos de la península.

Las fuerzas visigodas que derrotaron a los francos en Zaragoza estaban dirigidas por el dux Teudiselo, otro general ostrogodo quien gracias a este triunfo alcanzó prestigio y notoriedad en la corte de Teudis.

El triunfo frente al ejercito merovingio no se vio acompañado de similares victorias frente a Justiniano. En 546 Teudis se enfretó a los bizantinos por el control de Ceuta (Septem). El ejército visigodo fue derrotado y Ceuta se convertió en una peligrosa cabeza de puente que podría ser utilizada por los bizantinos frente a los godos. Justiniano no había olvidado el peligro que una potente federación goda podía suponer y continuaba su política de desgaste frente a godos italianos e hispanos.

No hay ninguna fuente que confirme que esta derrota fuera la causa del final del reinado de Teudis, pero en 548 una conjura urdida dentro del grupo de allegados al Rey acabó con la vida del ostrogodo que fue asesinado por un soldado en su propio palacio. Ni siquiera se sabe en qué ciudad ocurrió. Pudo ser en Toledo, ya que, hay un documento datado en 546 que fue firmado en dicha ciudad[4] y hace pensar en que allí estuviera ubicada su residencia habitual; pero también pudo ser en Sevilla lugar donde pudo residir largas temporadas mientras intentaba asentar su poder en la Bética a la vez que se posicionaba más cerca del Estrecho para protegerse ante un posible ataque bizantino que llegase desde África.

La nobleza y la corte visigoda aclamó al dux Teudiselo como Rey. Un dux, posiblemente protegido por un grupo de gardingos y perteneciente a la aristocracia ostrogoda, reunía todas las condiciones que adornaban a todo buen conspirador, pero no hay ninguna prueba que confirme su participación en la conjura para derribar a Teudis.

Pero el reinado de Teudiselo fue corto. Y su final, una vez más, violento y tormentoso. Cuenta San Isidoro de Sevilla que Teudiselo se dedicó durante su año y medio de reinado a seducir a las esposas de la mayoría de sus propios seguidores y miembros de la corte. Estos, sintiéndose agraviados, cuando no humillados, por la promiscuidad del Rey, planificaron un curioso asesinato que se llevó a cabo durante la celebración de una fiesta; apagaron todos los candelabros dejando la estancia a oscuras, sujetaron al Rey y fueron apuñalándolo uno a uno. A continuación, volvieron a sus asientos y encendieron de nuevo las velas y al iliminarse el salón todos fingieron mostrarse sorprendidos por lo que le había ocurrido al Rey. El relato no resulta muy creíble ciertamente, pero lo innegable es que el último rey de ascendencia ostrogoda acababa de ser asesinado.

Había que nombrar un nuevo monarca. El elegido fue Agila quien no tuvo mucha suerte en el inicio de su reinado. Hubo de acudir a Córdoba a sofocar una rebelión, pero allí fue severamente derrotado y además perdió el tesoro real (hecho este que ya sabemos era un asunto de máxima gravedad entre los visigodos). También perdió a su hijo que murió durante la batalla. Esta derrota le dejó en una posición muy desfavorable frente a la nobleza. Pronto surgió una nueva conjura, esta vez en Sevilla, que continuó debilitando su poder. El responsable de esta conjura fue un noble godo llamado Atanagildo.

Agila consiguió resistir cuando parecía que no iba a poder enfrentarse a una segunda rebelión, así que la conjura derivó en una verdadera guerra civil que se prolongó durante tres años. Las posiciones de los ejércitos quedaron estancadas y el usurpador Atanagildo decidió pedir ayuda a Justiniano. El emperador, empeñado como estaba en acabar con el poder ostrogodo en Italia, no dejó pasar de largo la oportunidad de intervenir en el otro foco de poder godo. El contingente enviado por el emperador bizantino acabó por decantar el enfrentamiento en favor del rebelde Atanagildo.

Los propios partidarios de Agila, al observar cómo se reducían sus posibilidades de victoria, optaron por una solución nada novedosa en el mundo visigodo: mataron a su líder y se acercaron a Atanagildo.

Pese a la traición, debemos considerar que, al menos con esta acción, podrían evitar que Justiniano se aprovechase de la debilidad provocada por las luchas internas y pudiera ganar más territorios en la península. Los bizantinos habían desembarcado en Cartagena para ayudar al usurpador; desde allí avanzaron por la costa hacia el norte y hacia el sur ocupando una franja del litoral y la parte oriental de la Bética fundando la provincia bizantina de Spania. Pero su avance acabó ahí.

Atanagildo consiguió negociar un tratado que estabilizó la frontera entre los territorios y posibilitó temporalmente un respeto mutuo. Mientras la Italia ostrogoda desaparecía y era formalmente reintegrada al Imperio romano de Oriente a través de la Pragmática Sanción de 554, el Reino Visigodo de Toledo se mantenía como el último baluarte de poder de los descendientes de aquellos godos que atravesaron Europa cientos de años atrás.

El solar peninsular no obstante estaba aún lejos de dibujarse como un territorio unificado. En el oeste y el noroeste continuaba existiendo el Reino Suevo. En el norte astures, vascones, cántabros, várdulos y sappos no aceptaban el dominio visigodo. En el sureste los bizantinos habían conseguido su franja territorial. Había otras zonas aisladas hostiles a los reyes godos como Orospeda y la región de Córdoba donde recordemos que una insurrección fue capaz de arrebatar el tesoro a Agila.

Pero tras el conflictivo periodo vivido entre el establecimiento del poder en la península a través del gobierno de Teudis y el final de la guerra civil entre Agila y Atanagildo con la intervención externa de Justiniano, el reino comenzará lentamente a avanzar hacia su unidad, a reconocerse como una entidad integral y organizada. Estamos ante el Periodo Constituyente del Reino Visigodo de Toledo.

Atanagildo alcanzó unos acuerdos con Bizancio para que los imperiales respetaran unas fronteras y no avanzaran hacia el interior. Tras esta pacificación, que no dejaba de ser una derrota al posibilitar el enclave bizantino en la península, consiguió poco a poco recuperar territorios en la Bética.  Acabó con la itinerancia de la corte instalándola definitivamente en Toledo, aunque es muy posible que esta ciudad ya desde el reinado de Teudis fuera, al menos, una ciudad muy importante en el reino visigodo. La muerte de Atanagildo en 567 era la primera de un rey visigodo producida por causas naturales desde 484, fecha en la que falleció Eurico.

Pero las tensiones entre nobles, aristócratas y familias poderosas no habían cesado. Los clanes tardaron cinco meses en elegir a Liuva como rey. Pronto Liuva fue consciente de su débil situación. Él comandaba el ejército de la frontera norte, siempre en guardia frente a los francos. Consciente de su poco apoyo y de la distancia que le separaba de la corte de Toledo, asoció a su hermano Leovigildo al trono. En 572 fallecía Liuva y Leovigildo se convertía en rey único de todo el territorio visigodo.

El objetivo de su reinado fue recuperar los territorios peninsulares y conformar una monarquía centralizada y hereditaria. La cronología de sus acciones puede seguirse fácilmente en la Crónica de Juan de Bíclaro y en la obra de San Isidoro de Sevilla, Historia Gothorum.

La obra del biclarense puede catalogarse de oficialista. A pesar de ser un autor cristiano y de relatar los hechos de gobierno de un rey arriano, presenta los datos de forma fiable, concisa y concreta y al ser contemporáneo del Rey, su credibilidad es elevada[5]. La crónica narra como ya en su segundo año como asociado al trono, vuelve admirablemente a sus límites primitivos la provincia de los godos, que por diversas rebeliones había sido disminuida. Leovigido comenzó por recuperar los territorios rebeldes. Devastó Bastetania, tomó Málaga, Asidonia (probablemente Medina Sidonia) y Córdoba matando a multitud de rústicos y devolviéndolas al dominio godo. A continuación, arrasó Sabaria los montes Aregenses, Orospeda y parte de Vasconia. Se enfrentó a los suevos cuyo rey, Mirón, acudiría posteriormente a Córdoba a apoyar la sublevación de Hermenegildo, hijo del rey visigodo. Sometió a su hijo y después acudió con su ejército a Galicia donde en 585 desposeyó al Rey Audeca y convirtió la patria de los suevos en una provincia visigoda. Ese mismo año los francos trataron de ocupar la Narbonense. Leovigildo no cedió ante el empuje merovingio y envió a su hijo Recaredo junto al dux lusitano Claudio a detenerlos. Juntos derrotaron de nuevo a los francos y mantuvieron la integridad del reino.

El componente militar, el ejército, fue fundamental durante el reinado de Leovigildo, quien no dudó en convertirse en el aglutinador de un poder unitario en la península, el reino de Toledo. Para ello movilizó su ejército contra los rebeldes, sometió a sus caudillos y devastó sus territorios. La obra del último rey arriano de España quedó inconclusa ya que, a pesar de lograr ciertos avances, no consiguió expulsar a los bizantinos del sudeste.

Leovigildo, como mencionamos anteriormente, sufrió la rebelión de su propio hijo Hermenegildo en la Bética. En este conflicto se entremezclaron las querellas religiosas ente arrianismo y catolicismo y las ambiciones de poder familiares.

Leovigildo tuvo dos hijos en su primer matrimonio celebrado antes de ser elegido Rey, Hermenegildo y Recaredo. En segundas nupcias se casó con Gosvinta de noble linaje arriano y esposa viuda del difunto Rey Atanagildo. Algunos autores como García Moreno consideran que la dos veces reina Gosvinta pertenecía nada menos que al antiguo linaje de los Balto, aquel que había perdido el trono tras la muerte de Amalarico. El carácter arístocratico de Gosvinta es innegable.

 Las dos hijas que nacieron de su primer matrimonio con Atanagildo fueron unidas en matrimonio con los reyes francos de Austrasia y Neustria. La mayor, Brunequilda, fue esposa de Sigeberto I de Austrasia y la menor, Galswinta, de Chilperico I de Neustria. Del matrimonio de Brunequilda y el merovingio Sigeberto nació una princesa llamada Ingunda.

Como vemos, al igual que ocurrió décadas atrás, con diferente suerte en el resultado, las realezas merovingias y visigodas trataban de sellar alianzas con enlaces matrimoniales entre los miembros de las familias reales. Los hijos de Leovigildo no fueron ajenos al proceso. Ingunda nieta de Gosvinta (hija de Brunequilda) se casaba con Hermenegildo hijo de Leovigildo e hijastro de Gosvinta. La princesa franca y católica Ingunda, nieta de Gosvinta, se convertía ahora en su nuera.

Nos cuenta Gregorio de Tours que Gosvinta trató de convencer a Ingunda para que se convirtiera al arrianismo y que las negativas de su nieta-nuera acabaron con un tremendo deterioro de la relación entre ambas e incluso provocó malos tratos por parte de la esposa de Leovigildo.

Hermenegildo fue, no obstante, designado gobernador de la Bética por su padre, tal vez para mantener alejadas a Gosvinta e Ingunda. Una de sus misiones sería proteger la frontera con la provincia bizantina de Spania. Allí conoció a un clérigo de nombre Leandro, quien después sería obispo de Sevilla, que se convirtió un uno de sus mayores apoyos.

No sabemos si fue instigado por el clérigo o por la rivalidad entre su esposa y Gosvinta, por lo que Hermenegildo se levantó contra su padre[6]. Leovigildo inicialmente trató de calmar la situación diplomáticamente. Pero Hermenegildo dio pasos que se consideraron excesivamente amenazantes para el Rey. Hermenegildo se convirtió al catolicismo lo que chocaba frontalmente con los intentos que su padre estaba llevando a cabo para lograr una unidad de credo arriana en su reino.

Para complicar aún más la situación, Hermenegildo envió a Leandro a Constantinopla para entablar relaciones con el Imperio.

La posibilidad de una intervención bizantina acabó con las dudas de Leovigildo que en 582 iniciaba una campaña contra su hijo. En 583 asediaba Sevilla y bloqueaba el Guadalquivir. Al año siguiente Sevilla caía en manos reales y Hermenegildo tenía que huir a Córdoba. Alí fue convencido por su hermano Recaredo para que se entregase a su padre. El Rey le desposeyó de sus pertenencias y le envió como prisionero a Valencia. Su esposa Ingunda y el hijo de ambos llamado Atanagildo, como su bisabuelo, huyeron hacia Constantinopla. Ingunda falleció en Cartago durante el viaje y del niño se perdió la pista poco después.

En 585 Hermenegildo se encontraba en Tarragona, no sabemos si escapó de su presidio o si había sido liberado por su padre, pero lo cierto es que buscaba el apoyo de los parientes francos de su esposa. Se produjeron expediciones francas en la Narbonense, pero fracasaron; Recaredo contraatacó y en su avance llegó nada menos que hasta el Ródano. La persistencia en la conducta rebelde por parte de Hermenegildo y su alianza con los francos fue el desencadenante de su asesinato a manos del noble godo Sisberto en 585. No podemos afirmar si la orden procedía de Leovildo o del ya heredero y poderoso Recaredo.

Leovigildo fallecía, por causas naturales, en 586. Había acabado con muchos de los poderes locales e impuesto la unidad en toda la península salvo en el enclave bizantino del sur. Su autoridad fue tan incontestable que se permitió nombrar un heredero sin consultar con la élite de la nobleza y la aristocracia godas. Recaredo sería el nuevo Rey. Su padre había triunfado en lo militar y lo político…pero había fracasado en lo religioso, sus intentos de imponer el arrianismo no cuajaron entre la población hispana.

Y allí donde el padre fracasó, el hijo triunfó.

Los jerarcas arrianos habían comenzado a suavizar su concepción contraria a la Trinidad católica en el Concilio de Toledo de 580, en plena rebelión de Hermenegildo. Los arrianos habían aceptado admitir como propio el dogma de la “divinidad” del Hijo, asumiendo la formulación “engendrado, no creado” establecida en el Credo del Concilio de Nicea de 325. Pero todavía se negaban a aceptar la divinidad del Espíritu Santo.

No podemos estar seguros de que Recaredo tuviera muy claro que el Espíritu Santo fuera divino, pero lo que sí sabemos es que en 587, diez meses después de llegar al trono, reunió a los obispos arrianos para comunicarles su conversión al catolicismo. No hay registros ni actas de esta reunión, pero sí del III Concilio de Toledo celebrado en mayo de 589 en el que se produjo la reconciliación institucional de ambas iglesias y la supresión oficial del arrianismo en el Reino de Toledo.

Recaredo hubo de reinar gestionando una dualidad muy complicada.  Trató de reconciliarse con los aristócratas y obispos que se enfrentaron a su padre por la defensa y protección del arrianismo que Leovigildo llevó a cabo y que según algunas fuentes provocó incluso purgas y persecución de católicos. A la vez, tuvo que impedir que el descontento de los arrianos se tradujera en una rebelión que acabara con su reinado.

Este nuevo orden religioso no fue aceptado por determinados obispos arrianos que contaron con el apoyo de algunos nobles de sus territorios para rebelarse contra Recaredo. Juan de Biclaro narra que en apenas 3 años se produjeron 3 de estas rebeliones. La primera fue la del obispo de Lusitania, Sunna, apoyado por el noble Segga que terminó con la amputación de las manos y destierro del noble a Galicia y el exilio fuera del reino del obispo (fue enviado a Mauritania). La segunda tuvo como protagonistas al obispo arriano de Toledo llamado Uldida y la reina viuda Gosvinta; destierro y ejecución fueron sus destinos. Recaredo puso de esta forma fin a los afanes conspiratorios de su madrastra. La tercera rebelión tuvo como líder al dux de la Cartaginense Argimundo. El Rey puso fin al desafío amputando la mano derecha, azotando y decalvando -castigo este que suponía la vergüenza para el reo- al rebelde antes de pasearlo por Toledo montado en un burro.

Los últimos años del reinado están poco documentados. Las escasas referencias que tenemos[7] nos hablan de nuevos triunfos en la Narbonense, combates con los vascones y enfrentamientos con los bizantinos en el sur. 

Recaredo fallecía en 601 y entregaba la corona a su hijo Liuva II[8]. La consolidación del reino que Leovigildo y Recaredo habían logrado podría parecer argumento suficiente para tratar de legitimar el establecimiento en el trono de una dinastía. Pero la nobleza y los clanes no opinaban así y no cesaron en sus componendas y conjuras.

Recaredo había conseguido sofocar las revueltas y atraerse a los nobles agraviados previamente por Leovigildo. Pero no apagó definitivamente la llama rebelde arriana, ni consiguió atraerse a toda la aristocracia.  De manera que una vez muerto el primer rey católico, los más hostiles comenzaron, de nuevo, a rebelarse. El hijo de Recaredo fue asesinado en 603 por Witerico quien, muy posiblemente, encabezaba una revuelta arriana. Este rey, tremendamente vilipendiado por San Isidoro de Sevilla, no alcanzaría más plácido final y fue también asesinado en 610, aparentemente por los nobles de su propio clan.

Uno de estos nobles pudo ser Gundemaro, el nuevo Rey. Gundemaro rehabilitó a los miembros de los clanes fieles a la dinastía de Liuva, Leovigildo, Recaredo y Liuva II. Trasladó la sede metopolitana del reino desde Cartagena, en territorio ocupado por los bizantinos, a Toledo. De esta forma Toledo se convertía en una Sede regia donde se concentraba el poder real y el eclesiástico, lo que favorecería el avance hacia un profundo estrechamiento de los lazos entre los obispos y el Rey. Gundemaro fortaleció, consolidó y estabilizó notoriamente el poder real. La prueba es que murió por causas naturales y no víctima de ninguna conjura.

Le sucedió en el trono Sisebuto a quien las fuentes coinciden en presentar como uno de los reyes visigodos más cultos. Durante su reinado aparece ya muy señaladamente otro de los conflictos sociales que pudieron tener gran influencia en el abrupto fin del reino: la situación social de los judíos.

Sisebuto emitió drásticas leyes contra los judíos; les impedía tener esclavos cristianos y les obligó a liberarlos, ordenó castigar con pena de muerte a aquellos que practicasen la circuncisión a los cristianos y prohibió los matrimonios mixtos. El hecho de no poder utilizar a los siervos como mano de obra limitaba gravemente su capacidad económica mientras que la prohibición de entroncar familiarmente con los cristianos les alejaba de los clanes más aristocráticos en el ámbito social.

En 616, Sisebuto llegó incluso a decretar la conversión forzosa al cristianismo de todos los judíos para conseguir un estado que procesara una sola fe. Aquellos que se dedicaran a judaizar a los cristianos y los falsos conversos fueron considerados enemigos del reino. Desde este momento el cripto-judaísmo se manifestó como un problema recurrente tanto en lo religioso como en lo social.

El ejército de Sisebuto también se mostró eficaz. El dux Riqila mantuvo a raya a los astures y Suintila a los ruccones. Pero el hecho bélico más destacado fue la campaña frente a los bizantinos a los que se arrebató Málaga en 619[9]. Esta derrota hacía presagiar un inminente abandono de la península. La presión que sufría el emperador en Oriente a manos de los persas y en los Balcanes por parte de los ávaros le impidió enviar refuerzos a Hispania y esta debilidad fue aprovechada por el dux provintiae Suintila, cuyo prestigio y reconocimiento aumentaron considerablemente.

Un año después Sisebuto fallecía en Toledo. Isidoro de Sevilla, sin afirmarlo categóricamente, desliza en su crónica que Sisebuto fue víctima de una conjura y que murió asesinado. No es descabellada esta posibilidad ya que los hechos posteriores parecen confirmar determinados “movimientos” entre los nobles. Sisebuto había entregado el trono a su hijo Recaredo II, cuyo nombre nos hace pensar en cierta proximidad con el clan de Leovigildo rehabilitado por Gundemaro y al que pertenecía el sucesor de éste, Sisebuto. Recaredo II permaneció muy poco tiempo en el trono y lo perdió víctima de una conjura nobiliaria. Dos motivos pudieron provocar que la facción opuesta a la dinastía de Leovigildo determinara colocar en el trono a uno de los suyos. En primer lugar el aumento de poder que estaban adquiriendo los monarcas gracias su alianza con la iglesia y al desplazamiento de los aristócratas desde el reinado de Gundemaro. En segundo lugar, el hecho de que los reyes próximos al linaje de Leovigildo se acostumbraran a asociar al trono a sus descendientes, como había ocurrido en el caso de Recaredo II, hijo de Sisebuto, emulando al propio Leovigildo con Recaredo, o a este con Liuva II.

En 621, tras un interregno de tres meses, el dux vencedor de los bizantinos, Suintila, era proclamado Rey. Como dux militar que fue, no tardó en emprender campañas contra las expediciones de pillaje vasconas en la Tarraconense. Tras someterlos, obligo a los vascones a construir una fortaleza para el Rey en la actual Olite. También se ocupó de terminar definitivamente el trabajo que tantos réditos le produjo pero que aún no había concluido. En 624 acababa con la resistencia del último bastión imperial, Cartagena.

Estos triunfos contundentes hicieron pensar a Suintila que el apoyo popular conseguido iba a permitirle instaurar una dinastía en el trono de manera que no dudó en asociar a su hijo Recimero al trono…con lo que llevamos leído no podemos pensar en algo distinto a que se estaba equivocando.  Efectivamente, así era.

Esta vez la conjura partió de la Narbonense donde el dux provintiae, Sisenando, decidió acudir a solicitar ayuda del Rey franco Dagoberto, tal vez el último gran Rey merovingio, que recientemente había reunificado los territorios galos, prometiéndole una pieza importante del tesoro visigodo si juntos lograban deponer a Suintila. Los francos penetraron hasta Tudela y desde allí avanzaron hasta Zaragoza. Al ver la magnitud de ejercito franco aliado de Sisenando, gran parte de los fieles a Suintila, incluido su propio hermano Geila, optaron por cambiar de bando. Suintila y su familia fueron hechos prisioneros y desterrados, sus bienes fueron confiscados por la Iglesia que tampoco había aceptado el comportamiento totalitario desarrollado a partir de sus glorias militares.

Sisenando fue proclamado Rey en Zaragoza. Una de sus primeras decisiones fue convocar el IV Concilio de Toledo que reunió en 633 a sesenta y dos obispos. La dirección del Concilio le fue encomendada a San Isidoro de Sevilla.

Este concilio fue de capital importancia. Además de los asuntos eclesiásticos, se ocupó de asuntos sociales, el problema de los judíos, y de asuntos políticos de extrema importancia.

Respecto a los judíos, la propia Iglesia se negó a aceptar las conversiones forzosas de los judíos a las que obligó Sisebuto. Pero no permitió que los que ya habían sido bautizados pudieran retomar su fe, ya que el sacramento se consideraba irrevocable. Si bien nos encontramos ante una sustancial mejora de su situación, el conflicto de los falsos conversos bautizados por obligación continuó latiendo.

Paro los aspectos más destacados de este concilio son aquellos que se refieren a la figura del Rey.

En primer lugar, el concilio no dudo en apoyar la rebelión que permitió el acceso al trono de Sisenando. El Rey se había atraído a la jerarquía católica, y, para reforzar su alianza, iba a otorgar a la Iglesia un poder desmesurado.  La doctrina político-religiosa que iba a imperar a partir de ese momento en el reino está recogida en el Canon 75 del concilio.

En primer lugar, señalaba que la figura del Rey era inviolable. No era mal principio para un Rey que acababa de violar la figura del Rey anterior. Además, la realeza era de carácter sagrado, el Rey era elegido por Dios. Los obispos iban a ser nada menos que los encargados de ungir ese poder divino, de otorgar la legitimidad divina al Rey tomando como referencia la frase del Antiguo Testamento referida a los reyes de Israel, “no toquéis a mis ungidos”. La Iglesia se erigía en protagonista principal del rito de la coronación.

El IV Concilio de Toledo tiene como resultado un claro intento de articulación del entramado del poder y la organización del Estado Visigodo. La monarquía es electiva. Los nobles deben presentar un candidato al trono y los obispos han de refrendarlo. La traición al Rey comenzó a ser considerada una traición a lo sagrado y faltar al juramento de fidelidad sería desde aquel momento castigado con la excomunión. Al trono solo podía aspirar la nobleza goda. Por si algún hispanorromano tenía un desmesurado anhelo de poder, la aristocracia perteneciente a los rancios linajes godos blindaba para ella en exclusiva el acceso al trono.

Sisenando falleció apenas 3 años después de la celebración del IV Concilio de Toledo. La primera sucesión real se celebró conforme a lo dispuesto en el Concilio. Pero el nuevo Rey, Chintila, pronto tuvo la sensación de que el sistema de protección del monarca no estaba del todo consolidado. Conociendo los antecedentes, hemos de convenir en que no iba desencaminado.

Pero esto lo veremos en otra entrada.

[1] ARCE, J.; Esperando a los árabes, Marcial Pons, S.A. Madrid, 2011, p.124.

[2] GARCÍA MORENO, L.A.; “Hispania Visigoda” en LAREDO QUESADA, M.A. (coord..) y O´DONNELL, H. (dir.); Historia Militar de España. Edad Media, Ministerio de Defensa, 2013, p.51

[3] Pese a ser considerado como el último Rey de la dinastía de los Balto, Amalarico tenía también sangre Ámala como nieto de Teodorico el Grande por parte de madre

[4] Un palimpsesto que se encuentra en la catedral de León

[5] La edición utilizada ha sido: ALVAREZ RUBIANO, P.; “La crónica de Juan Biclarense. Versión castellana y notas para su estudio”, en Analecta sacra tarraconensia, nº16, 1943

[6] Existe incluso una teoría que dice que Gosvinta trataba de conseguir un reino para la descendencia de su primer marido en el sur y por tanto Ingunda, en su calidad de nieta de Atanagildo, sería la depositaria de esos supuesto derechos reales.

[7] Referencias genéricas en la Historia Gothorum de San Isidoro de Sevilla

[8] Por la edad que San Isidoro le atribuye, no podía ser hijo de la Reina Baddo, la esposa de Recaredo. Podría ser ilegítimo o fruto de un matrimonio anterior.

[9] Málaga ya fue previamente asaltada por Leovigildo. Su reconquista por parte de Suintila hace pensar que en algún momento, durante los reinados de Witerico o Gundemaro, los bizantinos recuperaron la ciudad.

BIBLIOGRAFÍA

ÁLVAREZ RUBIANO, P.; “La crónica de Juan Biclarense. Versión castellana y notas para su estudio”, en Analecta sacra tarraconensia, nº16, 1943

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