La epopeya de los Visigodos (III). El final de un reino. Antes y después de Guadalete.

Tres meses después de su ascenso al trono Chintila convocaba un nuevo concilio en Toledo. El objetivo del Rey era proteger a los herederos de los monarcas de las disposiciones que, en su contra, pudiera tomar el sucesor. Los herederos de los monarcas habían sido repetidamente víctimas de represalias, expropiaciones y de destierro. Las mayores derrotas de un Rey en ocasiones se habían producido al morir este y afectaban directamente a su familia. Chintila trató de acabar con estas situaciones reforzando el Canon 75 del IV Concilio de Toledo disponiendo que las decisiones regias y las concesiones otorgadas por el Rey no pudieran ser revocadas por su sucesor y que no se considerase legitimo desposeer a los herederos de los bienes adquiridos por la familia real una vez que el Rey falleciera.

Este concilio no contó con gran presencia de obispos por lo que el rey convocó otro dos años después. En el VI Concilio de Toledo profundizó en la Fideles regis y estableció que en el caso de que se produjera un atentado contra la vida de un rey, el sucesor se vería obligado a vengarlo ya que de no hacerlo sería considerado cómplice del asesinato. La usurpación violenta pasó a ser considerada un impedimento para sentarse en el trono. Se incluyeron más motivos de exclusión tales como haber sido decalvado o tonsurado, ser o haber sido siervo o ser extranjero. La iglesia también comenzó a proteger su patrimonio estableciendo que aquellos bienes que le fueran entregados por los reyes no pudieran ser posteriormente arrebatados. La iglesia se proclamaba protectora de los pobres y se permitía erigirse en su salvaguarda frente a los poderosos nobles que tratasen demasiado severamente a sus dependientes.

Otro aspecto muy reseñable fue la insistencia en el cumplimiento de las leyes antijudías. El Papa Honorio I recriminó a la Iglesia de Toledo su actitud negligente y su debilidad ante los judíos. San Braulio (Braulio de Zaragoza) tuvo que defender a la iglesia hispana ante el Papa, no obstante, el VI Concilio de Toledo fue aprovechado para mostrar una actitud más contundente ante el problema judío. Se estableció el Placitum judío que obligaba a los judíos a elegir entre ser bautizados en la fe católica o emigrar del reino. Debían firmar un documento asegurando que abandonaban sus antiguas costumbres y creencias.

Chintila falleció hacia 639 o 640. Y tras haber reafirmado en los concilios el carácter electivo de la monarquía, optó por nombrar sucesor a su hijo Tulga. Esto no fue muy bien entendido por gran parte de la nobleza que no aceptó el nombramiento. El reinado de Tulga, por tanto, fue corto y acabó de manera violenta, con una rebelión. Un anciano de 79 años llamado Chindasvinto fue quien lideró esta revuelta.

Desde la muerte de Recaredo en 601 el Reino de Toledo no había sido capaz de avanzar en su consolidación. Si atendemos a los hechos narrados hasta ahora nos encontramos con una serie de conflictos que no acababan de resolverse y se convertían en problemas crónicos. Las continuas normas dictadas contra los judíos desde el reinado de Sisebuto hacen pensar que las leyes no eran capaces de acabar con la influencia de quienes profesaban esta religión. Pese a las determinaciones de los concilios, los reyes se empeñaban en seguir nombrando sucesores lo que hacía pervivir el enfrentamiento entre clanes. Desde que Gundemaro trasladó la sede episcopal de Cartagena a Toledo, los obispos no cesaron de adquirir más y más poder. En el IV Concilio de Toledo se convirtieron en los responsables de ungir al Rey. Los obispos extendieron su poder acercándose al pueblo llano que los percibía como algo más cercano que una realeza y nobleza esencialmente godas que basaban su poder en limitar los derechos de las clases inferiores en una sociedad efectivamente estratificada.

La realeza consecuentemente se encontraba continuamente en situación precaria. Por una parte, necesitaba el apoyo de la Iglesia que, a su vez, no paraba de adquirir protagonismo y poder, y por otro, debía atender en algún grado las demandas de la nobleza para no sufrir continuas conjuras y tratar de edificar una institución estable. Ninguno de los dos estamentos, clero y nobleza, estaban verdaderamente sometidos al poder real.

Bien es cierto que se avanzó en la cohesión territorial. Fueron expulsados los bizantinos y se controló a las poblaciones que no se sometían al poder godo, ruccones, sappos, cántabros o vascones. Pero no parece que los éxitos fueran definitivos.

En el ámbito social los problemas eran muchos y afectaban a muy diferentes tipos de individuos Las clases más bajas, los pobres, los siervos y los esclavos, todo tipo de marginados sociales como magos, adivinos, homosexuales o las mujeres viudas, percibían como algo muy distante esa nobleza y realeza godas que les oprimía y sometía a una dura recaudación de impuestos. Era fundamentalmente la Iglesia la que se ocupaba de sus necesidades. Esta situación alejaba por completo a los hispanorromanos de clase más baja de las instituciones godas.

Y una de estas instituciones, de fundamental importancia en los años venideros era el ejército. Más adelante veremos la escasa identificación que se produjo entre las gentes y las necesidades del rey visigodo. Los dux territoriales tuvieron grandes problemas para reclutar tropas con las que formar ejércitos y los reyes tuvieron que legislar al respecto para garantizarse la recluta de tropas.

Consciente de que estos conflictos no permitían avanzar en la cohesión del reino, Chindasvinto llevó adelante su sublevación, depuso al hijo de Chintila, Tulga, que fue tonsurado para que nunca más pudiera ejercer ningún tipo de autoridad e instauró una nueva forma de gobernar.

Chindasvinto a partir de 642 trató de concentrar el poder en la figura del monarca, procuró debilitar a la aristocracia que anteriormente se había visto protegida y, lícita e ilícitamente,  beneficiada por Chintila. Las prevendas que Chintila incluyó en los V y VI concilios de Toledo para proteger a los allegados al monarca eran ahora brutalmente derribadas de manera que sus propiedades, viudas e hijas fueron repartidas ente los partidarios del nuevo rey[1]. Chindasvinto acabó con gran parte de la nobleza ordenando una purga de 200 primates y 500 mediocres[2].

La desbordante energía y vitalidad del monarca octogenario no sólo se manifestó en su intento de someter a la nobleza. La jerarquía eclesiástica fue también objetivo de su política de acaparamiento del poder. Se inmiscuyó en los nombramientos de los obispos metropolitanos, incluyendo a los de la sede regia de Toledo y llimitó la autonomía de la Iglesia. Suavizó la política antijudía para buscar un mayor grado de cohesión social y para atenuar la política represiva de la Iglesia en la que se fraguaba parte de su autoridad. Negó a la Iglesia el derecho de asilo a los delincuentes. No contó con la jerarquía eclesiástica para dictar leyes, renunció a que los concilios fueran el vehículo legislativo por lo que durante su reinado sólo se convocó el VII de Toledo. La Iglesia pasaba de ser uno de los estamentos vitales en la articulación del poder a un enemigo del monarca. Sin embargo, el rey nunca cesó de otorgar privilegios a la Iglesia en forma de donaciones y territorios. Su verdadera intención no era debilitar a la Iglesia como institución sino alejarla del poder.

Chidasvinto trató de centralizar y afianzar un poder que legislase y unificase el reino en torno a la monarquía. Su labor legisladora es fundamental par comprender el proceso. Fue durante su reinado cuando comenzó a escribirse el fundamental Liber Iudiciorum, el posteriormente traducido como “Fuero Juzgo”, la compilación de leyes que sustituyeron al Breviario de Alarico y al Código de Leovigildo. La obra fue encargada al obispo Braulio de Zaragoza y fue completada durante el reinado de su hijo mayor, Recesvinto.

Durante este reinado continuaron produciéndose algunos conatos rebeldes de vascones y lusitanos que el monarca neutralizó. Pero más reseñable es, a mi juicio, que se produjeron unos hechos poco analizados en la historiografía y que son los que dan inicio a la etapa final del reino: las primeras incursiones sarracenas en la península.

Durante los últimos cuatro años de su reinado compartió el poder con su hijo Recesvinto a quien asoció al trono. Los odios acumulados por los actos de Chindasvinto estallaron cuando el anciano rey murió en 653. Un noble, posiblemente exiliado, Froya, consiguió reunir un ejército de descontentos que apoyados por los vascones arrasaron el norte peninsular. Llegaron a sitiar Zaragoza, pero allí fueron derrotados por las tropas de Recesvinto.

De nuevo los nobles se habían alzado contra un nombramiento unilateral de un monarca. Chindasvinto había prescindido de las normas dictadas en el IV Concilio de Toledo y Recesvinto había sido nombrado rey fuera de la sede regia Toledo[3] sin ser refrendado por nobles y obispos.

Con estas premisas Recesvinto trató de modular el descontento. Convocó el VIII Concilio de Toledo y allí aceptó que su nombramiento había sido irregular ya que se había decretado, sólo, por la voluntad de su padre. Se sometió al escrutinio de los obispos y miembros del Oficium Palatinum allí reunidos, pero nadie se atrevió a plantear una revocación del nombramiento.

Recesvinto es considerado por la historiografía un hábil rey que consiguió conciliar su poder con las ambiciones de la nobleza y el clero sin llegar a debilitar el poder real. Volvió a la política antijudía para atraerse a la Iglesia y llegó a denominar a los nobles “compañeros de gobierno”[4] lo que, sin duda, atempero los ánimos opositores. A mi juicio su política conciliadora impidió que se asentara el intento de su padre de centralizar y reforzar un solo poder. Al reconocer a nobles y obispos su capacidad para ungir al Rey, impedía el establecimiento y consolidación de una dinastía y abría la puerta a que continuaran produciéndose conjuras y luchas de clanes familiares.

Es posible que estas medidas fueran solamente un intento de acercamiento meramente estético ya que, a medida que avanzaba su reinado, Recesvinto fue alejándose de la jerarquía eclesiástica. Sea como fuere, el destino iba a conducir al reino visigodo, una vez más, a la toma de decisión pseudo asamblearia para nombrar al nuevo monarca ya que Recesvinto falleció sin dejar descendiente alguno al que entregar el trono. Por otra parte, esto no dejaba de ser lo instaurado en el IV Concilio, es decir, el procedimiento legal y legítimamente vigente.

Pero antes de continuar con el proceso sucesorio, apuntaré un detalle. Chindasvinto tuvo dos hijos, Recesvinto y Teodofredo. De este segundo hijo poco se ha hablado ya que su hermano reinó durante dos décadas y, en él, se han centrado los análisis históricos. Al no dejar Recesvinto ningún heredero, la soñada dinastía de Chindasvinto llegaba a su fin, pero la sangre de Chindasvinto corría por las venas de, al menos, un hijo de Teodofredo . Se llamaba Rodrigo.

Wamba accedió al trono por su cercanía a Recesvinto. Pese a ello su elección no fue una decisión consensuada ampliamente, ni mucho menos unánime. Wamba trató incluso de renunciar al trono, pero sus propios partidarios le amenazaron de muerte ante tal posibilidad. Trató de cumplir rigurosamente cada paso necesario para asumir la corona. Fue ungido por los obispos, respaldado por la aristocracia goda y refrendado por el ejército. Pero nada iba impedir que, de nuevo, un noble encabezara una rebelión.

Ilderico, comes de Nimes, junto al obispo de Magalona y el abad Racimiro se hicieron con el control de la región oriental de la provincia narbonense. Wamba envió al dux Paulo a sofocar la rebelión. Pero Paulo tenía otras intenciones. Se dedicó a reunir tropas en su camino hacia Nimes y logró la fidelidad de muchos aristócratas de la provincia lo que posibilitó que, al llegar a Gerona, se coronara rey[5] en la iglesia de San Félix. Allí comenzó un proceso secesionista con apoyo, otra vez, de los francos.

Wamba se apresuró a terminar una campaña contra los vascones y dirigirse a la Narbonense. Tomó Barcelona, Gerona, Narbona, Beziers y Agde, para terminar con el asedio de Nimes, ciudad que tomó tras tres días de combates. Wamba regresó triunfante a la capital y exhibió en humillante procesión la imagen del derrotado Paulo, tonsurado, sucio, descalzo, vestido con harapos, encadenado a lomos de un camello, por toda la ciudad de Toledo.

Pero la facilidad con la que el sublevado encontró fidelidades alertó al rey de lo necesario que era garantizar el reclutamiento de tropas para garantizar la seguridad ante enemigos externos e internos. Por ello trato de asegurar por ley la orden de que los señores de cada territorio enviaran hombres al ejercito real cuando se produjera una revuelta. Así promulgó una ley en 673 que exigía a todos los dignatarios nobles, potentes y eclesiásticos que se encontrasen en un radio de cien millas, acudir a ayudar al rey con sus siervos y dependientes. Castigó la deserción con la pérdida de algunos derechos civiles, entre ellos el derecho a testificar.

El ejército permanente visigodo se componía de un conjunto de unidades muy próximas al rey, pero éstas se mostraban insuficientes ante un eventual peligro externo o una conjura de grandes dimensiones, que además, como ocurrió en el caso de Paulo, podría implicar la presencia de algún ejercito extranjero.

Pero la inquietud de Wamba, su intento de garantizar un sistema de recluta de tropas eficiente, estaba también justificado por otra amenaza que nos desvela la Crónica de Alfonso III:

 llius quoque tempore ducentae septuaginta ñaues Sarracenorum Spanie litus sunt adgressae, ibique omnes pariter sunt deletae et ignibus concrematae[6].

La Ley Militar de Wamba y la exigencia de aportar tropas al ejército obedecía, más allá del mencionado apoyo que demandaba el rey en caso de sufrir una sublevación, a la sensación real de peligro que suponía la posibilidad de que se produjera una invasión desde el norte de África. La crónica habla de un ataque de 270 naves sarracenas que fueron derrotadas por las tropas de Wamba.

El reinado de Wamba es el paradigma de lo que venimos leyendo en estas tres entradas. Nada más llegar al trono sufrió una rebelión que consiguió sofocar y ahora vamos a ver como perdió el trono víctima, muy posiblemente, de otra conjura.

Wamba desarrolló una política intervencionista en los asuntos eclesiásticos. Los obispos se estaban apropiando de bienes de las iglesias y monasterios haciendo crecer el patrimonio de la alta jerarquía clerical lo que, inevitablemente, se veía acompañado de un desmesurado aumento de poder. El Rey legisló contra estas prácticas y también prohibió los matrimonios entre libertos procedentes de la Iglesia y ciudadanos libres, ya que, los bienes y descendientes de éstos, eran considerados dependientes de la Iglesia. Estas decisiones colocaron a los jerarcas eclesiásticos en clara oposición a Wamba.

En octubre de 680 el rey enfermó gravemente, tanto que su vida corría peligro. En esta situación, Wamba solicitó recibir el sacramento de la penitencia, un hábito religioso y ser tonsurado antes de morir. Pero Wamba sobrevivió a la enfermedad. Pero el VI Concilio de Toledo había determinado en su día que los tonsurados y los religiosos no podían ser elegidos reyes. En virtud de este canon, Wamba no podía continuar siendo rey aunque hubiera sobrevivido.

Curiosamente en aquellos difíciles momentos, Wamba presentó un escrito en el que nombraba a Ervigio su sucesor y solicitaba al obispo metropolitano de Toledo, Julián, que lo ungiera de inmediato. Las actas del XII Concilio de Toledo narran este proceder por parte de Wamba, pero asimismo hacen referencia a una sorprendente coincidencia. Las actas daban validez a la aplicación del sacramento de la penitencia cuando este fuera administrado a una persona que no estuviera consciente.

En nada cambiaría esta decisión conciliar la necesidad de elegir un nuevo monarca tras la enfermedad de Wamba y su tonsura… pero ¿y si Wamba no estuvo enfermo?

La Crónica de Alfonso III, una de las crónicas asturianas que narran los últimos años del reino visigodo, afirma que Wamba fue envenenado. Se le administró una sustancia que le adormiló y una vez en este estado, se le administró la penitencia, fue tonsurado y vestido con el hábito de monje. El hecho de que Wamba estuviera en estado de inconsciencia no invalidaba los actos, de eso se encargaron los obispos presentes en el XII Concilio de Toledo puesto en marcha dos meses después del cambio de rey. No tenemos evidencias para afirmar que Wamba nombrara sucesor a Ervigio en este estado ni tampoco para asegurar que el nombramiento de Ervigio se produjera antes del envenenamiento. Pero en cualquiera de los dos casos la conspiración para entregar el trono a Ervigio tiene todo el sentido. Si fue nombrado sucesor con anterioridad, el triunfo de la conjura estaba garantizado si se conseguían eliminar las capacidades de Wamba. Si por el contrario, la sucesión fue declarada en el momento de la enfermedad o del envenenamiento, nos encontramos ante una conjura que reúne todos los elementos definitorios de las mismas: eliminar al Rey y asegurar el nombramiento de un sucesor más próximo a las demandas y necesidades de los cabecillas de la conjura. Entre estos, sin duda, se encontraría Ervigio.

Los resultados para la Iglesia fueron inmediatos y satisfactorios. Ervigio volvió a reconocer el derecho de asilo y retomó las leyes contra los judíos que Wamba había aparcado. Los obispos eran designados para supervisar las actuaciones de jueces y funcionarios civiles recuperando así una enorme influencia en la sociedad.  A cambio Ervigio fue reconocido plácidamente como Rey, a pesar de haber sido designado por un predecesor, voluntaria o inconscientemente, que no cumplió con los designios del IV Concilio de Toledo.

Pero la revisión de la situación militar, la necesidad de reunir un potente ejército estaba cobrando máxima importancia. El ataque sarraceno sufrido por Wamba perpetrado desde el norte de África con 270 barcos era un serio aviso de que la potencia islámica al otro lado del Estrecho podía fijarse como objetivo el sur peninsular para llevar a cabo razzias en busca de botín y esclavos.

Ervigio, reformó la ley militar en 681 y cuantificó en una décima parte de los esclavos, libertos y siervos libres, aquellos que deberían ser puestos a disposición del rey. Comites, duces o gardingi, todos estaban obligados a cumplir la ley, y su no cumplimiento, acarrearía penas que incluirían la decalvación, los latigazos o el destierro. El señor, el propietario, debía armar al ejército de manera conveniente. Sin duda, los esclavos serían un contingente muy numeroso a la hora de formar la tropa. Esta necesidad de legislar a este respecto hace pensar que el sistema de reclutamiento del ejército visigodo era precario, aleatorio y poco eficaz[7]. Además, tenía que hacer frente a un grave problema estructural, la abundancia de deserciones que queda demostrada por el hecho de que Ervigio derogase la anterior norma de Wamba que tan gravemente sancionaba el no cumplimiento de la Ley de recluta, aduciendo que habría afectado a casi la mitad de la población[8].

La sociedad se había alejado del ejército, ni siquiera los aristócratas estaban dispuestos a involucrarse en asuntos de armas, pero el rey necesitaba garantizarse un mínimo de hombres que apoyaran a su círculo cercano, a su entourage ante posibles ataques internos o externos. Esta situación nos presenta un ejército protofeudal en el que los señores proveen al rey de hombres a cambio de tierras; fidelidad a cambio de donaciones. Por consiguiente, no es un ejército profesional[9]. La necesidad de implicar a los potentes provinciales en la recluta y armamento del ejército es una muestra de que aquel universo de poderes locales que floreció tras la caída del poder imperial no fue completamente relevado por el orden visigodo, sino que aquellos mantuvieron un elevado grado de influencia.

El final de un reino

Estas dificultades para reclutar al ejército son muestra de una falta de acercamiento entre el poder aristocrático godo y la sociedad hispana en su conjunto. Pero a esta situación, que podía propiciar que el grado de autonomía de los magnates locales supusiera un peligro para la realeza, había que añadir la continuidad del llamado morbo gótico y el mantenimiento de conflictos sucesorios y luchas familiares. El proceso unificador de Leovigildo y Recaredo no resolvió los problemas estructurales de fondo y Chindasvinto y Recesvinto trataron de integrar definitivamente la sociedad y de conseguir apoyo popular para la monarquía. Las depuraciones del anciano Chindasvinto buscaron acabar con los golpes de mano de la nobleza.  Pero la política de ambos no tuvo continuidad, no se estableció firmemente el procedimiento sucesorio y cada rey venía a modificar las insuficiencias o ilegalidades del monarca anterior. Wamba corregía a Recesvinto, Ervigio hacía lo propio con Wamba y ahora veremos como Égica llevó el enfrentamiento hasta una auténtica guerra familiar con sus cuñados, los hijos de Ervigio. Usurpaciones y conspiraciones seguían siendo las protagonistas de los comportamientos de la élite aristocrática.

Ervigio también se permitió nombrar sucesor en vida eludiendo las medidas conciliares. Su hija Cixilo se había casado con un poderoso noble godo llamado Égica posiblemente perteneciente a la familia de Wamba. Ervigio fue instado por los más poderoso nobles afines a la familia de Égica a nombra a éste como sucesor. Esta intromisión nobiliaria y este nombramiento fueron mal recibidos por los hijos y la familia de Ervigio. Una vez que Égica subió al trono desarrolló un plan para acabar con la oposición de la familia de su suegro. Declaró que se habían apropiado indebidamente de confiscaciones injustas para aumentar su patrimonio privado. Recordemos que los concilios posteriores al reinado de Chintila se habían ocupado de garantizar la inviolabilidad de los familiares de un Rey fallecido. Pero Égica proclamó que en este caso era incompatible garantizar esta inviolabilidad sin hacer daño al bien común ya que los herederos de Ervigio habían atentado contra el bien común. Repudió a Cixilo y obligo a Liuvigoto, viuda de Ervigio a ingresar en un convento. Convocó el XIII Concilio de Toledo en el que levantó las penas a todos aquellos que hubieran sido perjudicados por la familia de Ervigio.

Esto le reconcilió con gran parte de la nobleza, pero inevitablemente le situaba en contra de los seguidores de Ervigio. En 691 se produjo una sublevación encabezada por el obispo Sisberto que trató de acabar con la vida de Égica y de sus más allegados. Égica necesitó dos años para sofocarla. Égica sorprendido e impresionado por la magnitud de la conjura, se ocupó de proteger a sus herederos obligando a nobles y obispos a defenderer a los descendientes del rey; es decir, iba a reclamar para sí todo lo contrario que había llevado a cabo con la familia de Ervigio. Para afianzar el poder familiar asoció a su hijo Witiza al trono y llevó a cabo otra acción deleznable para eliminar posibles enemigos que pudieran reclamar derechos al trono por lazos de sangre con anteriores monarcas. Este era el caso al que aludía anteriormente, el de Teodofredo, padre del futuro Rey Rodrigo:

Rodrigo era hijo de Teodofredo, el cual a su vez era hijo del Rey Chindasvinto y fue abandonado por su padre cuando era niño. Egica sospechando que pudiera conspirar contra él con otros godos y expulsarle del Reino paterno, mandó sacarle los ojos a Teodofredo y lo desterró de la capital, por lo que se fue a vivir a Córdoba. Allí le tocó en suerte encontrar una mujer de alto linaje llamada Ricilona, y de ellos nació un hijo que fue Rodrigo[10]

Witiza gobernó junto a su padre en un periodo de graves tensiones sociales. Los judíos sufrían un acoso insoportable. Eran separados de sus hijos que eran entregados a los cristianos. Sus comunidades eran disgregadas y eran reducidos a la condición de esclavos o siervos. Toda esta legislación contra los judíos no hace más que mostrar la ineficacia de las medidas; tantos años legislando contra ellos no habían sido suficientes para eliminarlos de la sociedad.

Muchos esclavos se escapaban y eran protegidos por campesinos y vecinos de las pequeñas aldeas. Esto mermaba la capacidad de producción de los señores y, como hecho colateral, la capacidad de reclutar soldados para un ejército. En 701 se declaró una grave epidemia de peste y las cosechas se arruinaron provocando el hambre entre la población y los consiguientes conflictos sociales.

Witiza reinó en solitario tras la muerte de Egica en 702. Buscó la reconciliación con la nobleza, levantó condenas y permitió el retorno de exiliados para tratar de congraciarse con los sectores nobiliarios agraviados por el autoritario gobierno de su padre. Pero su reinado fue corto, falleció en 710 o 711[11] y el elegido para sucederle fue Rodrigo. No fue una sucesión fácil, de hecho, es posible que nos encontremos ante una rebelión o incluso de una guerra civil.

La ausencia de referencias respecto al destino que corrió Witiza ha llevado a Roger Collins a decir que Rodrigo se hizo con el poder merced a un golpe de estado contra Witiza, basándose en la Crónica de 754 que narra que Rodrigo invadió tumultuosamente el reino con el respaldo del Senado[12]. Su rival podría ser Agila, presumiblemente, hijo de Witiza.

Pero el conflicto arrancó con unos hechos que aún hoy no concitan la opinión unánime de los historiadores.

Tradicionalmente se ha culpado a Rodrigo de mancillar el honor de la hija de Don Julian, gobernador de Ceuta. Se ha contado que Rodrigo forzó a Florinda “La Cava” de la que había quedado prendado por su belleza, para posteriormente repudiarla.  Son múltiples las versiones de esta leyenda. Unas cuentan que Rodrigo padecía sarna y La Cava era la encargada de curarle las heridas y así se enamoró de ella. Otras cuentan que fue ella la que sedujo al Rey desnudándose ante la ventana de una torre para, tras mantener relaciones, obligarle a contraer matrimonio, a lo que el Rey se negó. Esto indignó a su padre que se propuso restañar el honor de su hija.

Pero algunos estudios indican que no es descartable que Witiza fuera el responsable de la lujuriosa ofensa sobre la hija de don Julián[13].Esta acción pudo encender los deseos de venganza de don Julian quien apoyado por nobles de ambos lados del Estrecho solicitó la intervención de Musa el gobernador de Ifriquiya.

 Los nobles de la Bética, sorprendidos por la acción de Witiza, entendieron que podían ser ellos los más damnificados por las posibles represalias que tratara de llevar a cabo el gobernador de Ceuta aliado con los bereberes africanos, por lo que decidieron apoyar la causa de Rodrigo contra Witiza.

Agila fue apoyado por los nobles de las regiones del nordeste y la Septimania. Trató de coronarse rey, lo que viene a confirmar que la sucesión fue traumática y que la aristocracia volvió a dividirse.

En medio de esta compleja situación, apareció de nuevo el enemigo exterior, requerido tal vez por don Julian para vengar la honra perdida de su hia, tal vez por los represaliados judíos, tal vez por los hijos de Witiza, uno de los cuales podría ser Agila.

Las expediciones de bereberes y mauri por la Bética no eran inusuales, pero solían ser breves y su objetivo era el botín y la rapiña, no eran proyectos de invasiones a gran escala[14].  En julio de 710 un comandante musulmán llamado Tarif Abuzara, con aproximadamente 500 hombres, realizó una expedición que, en este caso, da la impresión de haber sido de tanteo o de exploración, pero no fue considerada como algo extraordinario por parte de los hispanos visigodos.

En julio de 711 Rodrigo se encontraba luchando contra los vascones, bien con motivo de otra sublevación o bien para controlar las posibles líneas de retaguardia de Agila. Recibió noticias de una invasión en el sur peninsular, por lo que dirigió su ejército hacia Toledo para posteriormente penetrar en la Bética y enfrentarse al cuerpo del ejército invasor. Las crónicas no hablan en ningún caso de un ejército norteafricano superior a 12.000 hombres, en su mayoría bereberes. Estaban dirigidos por Tarik Ben Ziyak, líder de las tribus mauris en el territorio de Ifriquiya que gobernaba Musa ben Nusayr en nombre del califa omeya de Damasco, Al Walid.

El ejército visigodo se trasladaba desde Pamplona casi sin descanso. El núcleo del ejército del rey, su guardia personal y su séquito, conformarían una fuerza de elevada profesionalidad y potencia. Pese a que la mayoría de las fuentes hablan de un número nunca superior a 10.000 hombres, la teoría de Muñoz Bolaños[15] dice que podría ser de 40.000, aunque gran parte de la infantería se quedó en Córdoba en lo que considera un error estratégico del Rey.

Los bereberes no perdieron el tiempo y avanzaron cuanto pudieron antes de que llegara el Rey visigodo. Derrotaron al ejército del duque de la Bética, posiblemente pariente de Rodrigo[16], y se hicieron con sus cabalgaduras. Cuando Rodrigo llegó, los africanos habían conseguido reforzarse y eran capaces de enfrentarse con solvencia al ejército visigodo.

Los arqueros de Tarik diezmaron el ejercito godo en Wadi Lakka, las cercanías del río Guadalete, que, a pesar del castigo recibido, siguió luchando hasta que los comandantes de las alas ordenaron la retirada a sus hombres. Si bien se ha acusado a los miembros del clan de Witiza de ser los perpetradores de esta acción[17], no se debe olvidar que los ejércitos comenzaban a ser más fieles a sus señores que a su rey y que las continuas luchas y disputas por el poder habían generado rivalidades y odios que ahora se mostraban definitivos. No es descartable que los miembros de la familia de Witiza llegaran a acuerdos con Musa desde que Rodrigo se hiciera con el poder en 710[18] con objeto de recuperar el poder, pero ese mismo razonamiento, la rivalidad entre el clan de Rodrigo y el de Witiza hace difícil creer que el Rey visigodo entregara el mando de las alas de su ejército a gentes en quien no confiara.

No hacía falta que fueran witizianos, bastaba con que los intereses particulares de aquellos comandantes estuvieran respaldados por un pacto con los invasores. Esto, no obstante, no libera de responsabilidades a la familia de Witiza. Se habla de Oppas y de Sigberto como los dos hermanos de Witiza que traicionaron a Rodrigo. Puede ser que no fueran ellos los que comandaban las alas, pero sí que formaron parte de las tropas de los ejércitos que abandonaron al Rey. De hecho, aparecerá un influyente visigodo llamado Oppas meses después en la toma musulmana de Toledo. También se consideraba afín al clan witiziano a Tudmir de Orihuela, quien en 713 pactó autonomía territorial con los musulmanes a cambio de reconocer a los norteafricanos como sus señores.

El menguado ejército de Rodrigo sucumbió ante los mauri y sus aliados, los hombres de don Julian (o Urbano como le denominan determinados autores) señor de Ceuta. El rey desapareció y posiblemente perdió la vida durante su huida a Medina Sidonia, aunque, en realidad, sólo se encontraron su armadura y su caballo, pero nunca apareció su cuerpo.  En el último tercio del siglo IX, cuando los ejércitos asturleoneses recuperaron Viseu, encontraron una lápida en la que se leía Aquí yace Rodrigo, último Rey de los godos[19].

Desaparecido el Rey, la nobleza quedó dividida entre los que apoyaban a los bereberes -aunque su intención fuera sólo arrebatar el poder a Rodrigo-, los que esperaban recibir favores en caso de que un nuevo poder llegara a instalarse y los fieles a Rodrigo y su estirpe. Urbano, es decir, don Julián y Tarik entendieron que se encontraban ante una ocasión inmejorable para someter el reino visigodo así que decidieron perseguir a los restos del ejército visigodo al que volvieron a imponerse en Écija. Los invasores dividieron su ejército para acabar con la resistencia goda e hispana. Un lugarteniente de Tarik, Mugit, se dirigió a Córdoba que soportó un asedio varios meses gracias a la heroica resistencia de 400 miembros de la élite militar. Los hombres de Urbano se dirigieron hacia Málaga y Granada. Tarik, por último, se lanzó hacia la capital Toledo.

Allí se vivieron episodios de traición y de represalias. Fue descubierta la traición del mencionado Oppas que hubo de huir de la capital. Posteriormente, él mismo entregaría a Tarik a importantes miembros de la nobleza y la aristocracia visigoda que fueron pasados por las armas. Eliminada la élite, la capital caía en manos africanas. El tesoro con la Mesa del Rey Salomón y el candelabro de los Siete Brazos que Alarico obtuvo como botín en Roma 300 años atrás, caía en poder de Tarik. 

El sorprendente avance de las tropas invasoras llevó a Musa a desembarcar en Algeciras y a erigirse en director de las operaciones tras su encuentro con Tarik cerca de Talavera de la Reina. La conquista se transmutaba en islámica una vez que el representante del califa omeya en Ifriquiya, tomaba el mando de la invasión

Fueron meses determinantes.  Los godos descabezados y desunidos no fueron capaces de presentar una resistencia militar significativa ante los musulmanes. Al igual que en Vouillé, habían perdido a su rey y habían perdido su tesoro, su misma identidad estaba en entredicho. Pero esta vez no apareció ningún Teodorico que detuviera el afán expansionista de los enemigos. El reino visigodo iba a desaparecer.

 O, ¿tal vez no?

Dice textualmente la Crónica de Alfonso III que de los godos perecieron parte por la espada y parte por el hambre. De los que quedaron de real estirpe, algunos se fueron a Francia, pero la mayor parte vinieron a este territorio de los asturianos y eligieron para sí como Príncipe a Pelayo, hijo de cierto Duque Favila, que era de ascendencia real. Cuando los sarracenos supieron esto, enviaron rápidamente un innumerable ejército que invadió Asturias[20](…)

Según Sánchez Albornoz, en Asturias no hubo un reino ni un Rey, hubo un Caudillo y sus guerreros. Efectivamente se hace difícil entender que uno de los rincones de la península que nunca aceptó de buen grado un gobierno exterior, ya fuera romano o godo, se convirtiese, de repente, en una monarquía.  Pero el posible origen godo aristocrático de Pelayo, a quien incluso se vincula con la familia del rey Rodrigo, hoy proporciona un nexo entre el Reino de Toledo y el Reino de Asturias. Pelayo no tuvo el poder de Teodorico para recomponer la autoridad en el reino, pero su pequeña rebelión fue el único rescoldo que permitió que no se apagara definitivamente la llama de un estado peninsular unido y cristiano. En Asturias se reprodujo la situación vivida durante el reinado de Teudis. Una aristocracia goda que emigraba tras una grave derrota -Narbona en el siglo VI y Guadalete en el siglo VIII- controlaba el poder en una región y se enfrentaba al poder emergente, los francos en el caso de Teudis en Zaragoza y el islam en el caso de Pelayo en Covadonga. Sendos triunfos propiciaron la supervivencia de un reino, aunque en ambos casos, más en el de Asturias, quedaba un largo camino por recorrer.

Recapitulemos brevemente, que esto ha sido muy largo.

La llegada de los visigodos a Hispania no es un hecho producido en un momento puntual y que obedezca a una sola causa. La relación entre el pueblo godo y los hispanorromanos comienza en las primeras décadas del siglo V. El ejército visigodo se convirtió en un foederati de Roma y ayudó a Honorio a luchar contra vándalos y alanos en la península. Pero el objetivo de los reyes visigodos no fue nunca instalarse en Hispania. Trataron de alcanzar África varias veces. Fracasó en este intento Alarico, le costó la vida a Ataulfo y fracasó posteriormente Valia. Este último inició conversaciones con Roma para que se le otorgasen territorios a su pueblo y firmó un acuerdo en 416 con el Imperio. Durante dos años se enfrentó a alanos, vándalos y suevos para devolver la península al Imperio, no para instalar aquí a su pueblo.

Cuando avanzaba hacia un triunfo definitivo, el emperador Honorio detuvo la operación y entregó a los visigodos un solar donde asentarse en la Galia. Hasta 456 la península quedaba bajo control romano en su parte oriental y suevo en la noroccidental. El escaso control imperial provocó que aparecieran potentes aristócratas, en especial en el sur, que desarrollaron poderes autónomos bajo la tutela romana.

Los suevos trataron de imponerse a todos ellos y, de nuevo, Roma solicitó la intervención visigoda. Esta vez fue el rey Teodorico II el que acudió a someter a los suevos en nombre del imperio. Mantuvo guarniciones para controlar a los suevos, pero de ninguna manera trató de hacerse por completo con el control de la península. Pero su hermano Eurico no era partidario de esta fidelidad a Roma. Asesinó a Teodorico y se dispuso a controlar la Galia e Hispania. El fin de Roma propició que se desarrollaran nuevas estructuras de poder en los territorios que habían pertenecido al imperio, pero los visigodos se instalaron preferentemente en la Galia. Hispania seguía sin ser objeto de interés  del pueblo godo. 

Fue un acontecimiento de origen externo, la guerra con los francos, lo que hizo cambiar la situación. La conversión al catolicismo de Clodoveo y sus avances por el norte de la Galia provocaron un enfrentamiento con el rey Visigodo Alarico II que se selló en la batalla de Vouillé. La derrota visigoda supuso la pérdida del tesoro, la muerte del rey y una tremenda merma territorial en la Galia. 

La mediación de Teodorico el Grande evitó el desastre total para los visigodos. Teodorico era en puridad un magister militum de Bizancio en Italia, aunque su independencia fuera casi total. Que Teodorico se convirtiera en el depositario del poder, en el regente tras la muerte de Alarico II en Vouillé, favorecía un sentimiento de cierta continuidad respecto al poder y el control imperial. Ese nexo pudo ser suficiente para que no se produjera una total descomposición territorial y que no apareciesen nuevos estados o poderes al margen de los ya existentes. Teudis fue el elegido por el ostrogodo para regentar el territorio hispano.

Será tras la derrota de Amalarico en Narbona cuando se produzca la verdadera migración hasta Hispania.

No podemos considerar la llegada masiva de los visigodos como una invasión militar. El ejército visigodo había sido gravemente derrotado en Vouillé y pocos años después en Narbona.  La élite visigoda pactó con los poderes hispanorromanos que aceptaron un nuevo orden que no les era impuesto por las armas. Durante décadas los visigodos no lograron someter definitivamente a los pueblos que poblaban la península ya fueran bárbaros o autóctonos (suevos, rucones, sappos, vascones…)  lo que demuestra que la potencia militar desplegada no fue suficiente para imponerse.

Será Leovigildo quien se proponga -y consiga- llevar a cabo grandes avances en la unidad territorial y administrativa sometiendo con su ejército a suevos, pueblos rebeldes y provinciales potentes capaces de sublevarse, tal y como ocurrió en Córdoba con su propio hijo Hermenegildo. Con Suintila se completó la unidad peninsular al expulsar definitivamente a los bizantinos del este de la península.

Pero el enemigo de los visigodos se encontraba en su propia élite social y en su relación con los potentes provinciales. Los clanes enemigos se sublevaban y asesinaban a los reyes rivales. A su vez los provinciales conformaban ejércitos que eran más fieles a sus duques que a sus reyes. La segunda mitad del siglo VII se caracterizó por la necesidad de los reyes de legislar. Recesvinto publicó el Liber Iudiciorum hacia 654 y, para obligar a los hispanos a apoyar al ejercito real, Wamba y Ervigio emitieron sendas leyes militares durante sus reinados ante el peligro que las sublevaciones y las amenazas externas suponían para el reino visigodo y su integridad.

Estas disputas degeneraron en una guerra civil para determinar el sucesor de Witiza. La debilidad y querellas internas facilitaron la acción invasora desde el norte de África. Pero esta invasión, además, contó con la complicidad de alguno de los bandos opuestos al nombrado rey Rodrigo. Estos cómplices -que tal vez sólo pudieron haberse planteado recobrar el trono- acabaron entregándose a los norteafricanos y los visigodos no fueron capaces de plantear una resistencia eficaz divididos en guerras internas.

El ejército visigodo pudo ser superior en número al de Tarik, pero llegó en un deficiente estado a la batalla tras haberse desplazado desde Pamplona. Además  fue sorprendido en una ubicación desfavorable que supieron aprovechar los arqueros bereberes. La posterior defección de los witizianos y la de las alas del ejército de Rodrigo hicieron inevitable la tragedia.

Un grupo aristocrático se refugió en Asturias tras la caída de Toledo y un rey, o más posiblemente, un caudillo, se rodeó de un grupo de fieles -lo que recuerda a la guardia real visigoda, a los gardingos– e inició un camino de Reconquista que fue continuado por su estirpe.

Estatua de don Pelayo en Covadonga

Ese camino tardaría 8 siglos en recorrerse… y hay muchas historias que contar.


[1] Así lo narraba Fredegario, un cronista galo, de Austrasia que escfibió una Crónica sobre este periodo hacia 658. Recogida la cita en COLLINS, R.: La España vi

sigoda 409-711, pp. 80-81  

[2] GUZMÁN ARMARIO, F.J.; “Un misterio historiográfico sobre el concepto de segregación social en la Hispania Visigoda” en GONZÁLEZ SALINERO, R.; Marginados sociales y religiosos en la Hispania tardorromana y visidoda, Salamanca, 2013, p. 323

[3] Había otra posibilidad respecto al lugar donde debía coronarse el Rey. Podía hacerse en la ciudad donde hubiera fallecido el Rey anterior. En este caso tampoco se cumplió esa posibilidad.

[4] GONZALEZ SALINERO, R.: Introducción a la Hispania Visigoda, p.126

[5] Los hechos del reinado del Wamba están recogidos en la obra de JULIAN DE TOLEDO, Historia Wambae

[6] Crónica de Alfonso III. Edición de García Villada, Z.; Madrid 1918.

[7] ARCE, J.; Esperando a los árabes. Madrid, 211, p.128

[8] WICKHAM, C.; Una Historia nueva de la Alta Edad Media., Barcelona 2005, p.168

[9] ARCE, J.; Esperando a los árabes. Madrid, 211, p.298

[10]Crónica de Alfonso III. Versión rotense”. En la edición de CASARIEGO, J.E.; Historias asturianas de hace más de mil años, Oviedo, 1990, p.179

[11] La Cronica Mozárabe afirma que se produjo en 711 y la Chronica Regum Visighotorum en 710

[12] Collins, R.; La España Visigoda, 409-711, pp.133-136

[13] GARCÍA MORENO, L.A.; “Hispania Visigoda”, p.71

[14] ARCE, J.; Esperando a los árabes, p.291

[15] MUÑIZ BOLAÑOS, R.; “El ejército visigodo”, p.95

[16] GARCÍA MORENO, L.A.; “Hispania Visigoda”, p.71

[17] ARCE, J.; Esperando a los árabes, p.287

[18] ISLA FREZ, A.; “Conflictos internos y externos en el fin del reino Visigodo” en Hispania, num. 211, 2002, p.635

[19] Información recogida en la Crónica de Alfonso III, tanto en la versión Rotense como en la ad Sebastianum

[20] Crónica de Alfonso III. Versión ad Sebasianum”. En la edición de CASARIEGO, J.E.; Historias asturianas de hace más de mil años, Oviedo, 1990, p.213. La versión rotense, sin embargo, atribuye a la rebelión de Pelayo un origen mucho más mundano, la negativa a ceder a su hermana en matrimonio al gobernador Munuza.

BIBLIOGRAFÍA

ÁLVAREZ RUBIANO, P.; “La crónica de Juan Biclarense. Versión castellana y notas para su estudio”, en Analecta sacra tarraconensia, nº16, 1943

ARCE, J.: Esperando a los árabes. Madrid, 2011

BICLARO, J.de: Cronicón

CASARIEGO, J.E.; Historias asturianas de hace más de mil años, Oviedo, 1990. Edición traducción y comentarios de las versiones Albeldense, Rotense y Sebastianense de la Crónica de Alfonso III.

CASTILLO MALDONADO, P.; “Católicos bajo dominio arriano en la Hispania Visigoda”, en GONZÁLEZ SALINERO, R. (ed.); Marginados sociales y religiosos en la Hispania tardorromana y visigoda, Salamanca 2013

COLLINS, R.; La España Visigoda, 409-711. Barcelona, 2005

GARCÍA MORENO, L.A.; “Hispania Visigoda” en LAREDO QUESADA, M.A. (coord..) y O´DONNELL, H. (dir.); Historia Militar de España. Edad Media, Ministerio de Defensa, 2013

GONZÁLEZ SALINERO, R.; Introducción a la Hispania Visigoda, UNED, Madrid, 2017

GUZMÁN ARMARIO, F.J.; “Los reinados de Chindasvinto y Recesvinto: un misterio historiográfico sobre el concepto de segregación social en la Hispania visigoda”, en GONZÁLEZ SALINRO (editor); Marginados sociales y religiosos en la Hispania tardorromana y visigoda.  Madrid, 2013, pp.317-334

ISLA FREZ, A.; “Conflictos internos y externos en el fin del Reino Visigodo” en Hispania, LXII/2, num.211, 2002

JORDANES; “Historia de los Godos” en AMMIANO MARCELINO; Historia del Imperio Romano, vol, 2, pp.302-303 y 307-309. Madrid 1896 

LÓPEZ PEREIRA, J.E (editor); Continuatio Isidoriana Hispana. Crónica Mozárabe de 754.  León 2009, perteneciente a la colección “Fuentes y estudios de Historia Leonesa”

MUÑOZ BOLAÑOS, R.; “El ejército visigodo” en Aproximación a la historia militar de España, Ministerio de Defensa, 2006

RIPOLL, G.; “Las necrópolis visigodas. Reflexiones en torno al problema de la identificación del asentamiento visigodo en Occidente según los materiales arqueológicos”, en Hispania Gothorum, San Ildefonso y el reino visigodo de Toledo. Toledo, 2006, pp. 59-74

SAN ISIDORO DE SEVILLA; Historia de Regibus Gothorum, Wandalorum et Suevorum, versión encontrada en internet en consulta realizada con fecha 22 de mayo de 2018: https://es.scribd.com/document/193678429/Historia-de-regibus-Gothorum-Vandalorum-et-Suevorum-docx

VIGIL ESCALERA, A.; “Nuevas perspectivas sobre la arqueología madrileña de época visigoda” en Actas de las Primeras Jornadas de Patrimonio Arqueológico de la Comunidad de Madrid. Madrid, 2005, pp.183-213

TOLEDO, J.de: Historia Wambae regis

WICKHAM, C.; Una historia nueva de la Alta Edad Media. Europa y el mundo mediterráneo 400-800. Barcelona, 2009

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s