El cambio dinástico de 1700 (II). El nacimiento de Jose Fernando de Baviera, la alternativa legítima.

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El Príncipe elector Jose Fernando de Baviera por José Vivien.
Palacio real de Berchstergaden (imagen de wikipedia)

Luis XIV y Leopoldo I pretendían, como vimos en la entrada anterior, adjudicarse el derecho a la herencia de Carlos II si el rey moría sin herederos, basándose en sus matrimonios con infantas españolas. Pero el ordenamiento jurídico castellano y las disposiciones testamentarias de Felipe IV marcaban una línea diferente. Veamos: en julio de 1685 la infanta María Antonia, hija del emperador Leopoldo y Margarita de Austria y, por tanto, sobrina de Carlos II, contrajo matrimonio con Maximiliano Manuel de Baviera, el elector imperial bávaro, quien no tardaría en dar muestras de sus ambiciones. Una clara muestra es el hecho de que en 1686 enviara a Lancier como embajador a la Corte de Madrid con el objetivo de salvaguardar sus intereses en el centro de poder de la Monarquía. En unainstrucción reservada fechada en mayo de ese mismo año y conservada en el Archivo nacional bávaro de Munich[1], se puede leer como el principal encargo encomendado a Lancier fue conseguir el abono de la dote de 500.000 escudos que Felipe IV había prometido al formalizar el compromiso de su hija Margarita con el emperador Leopoldo. La tesis bávara pretendía qué, al haber muerto Margarita, la dote habría de pasar a su hija María Antonia, la esposa del elector, lo que permitía a Maximiliano Manuel reclamarla en virtud de su matrimonio con dicha infanta, quien, además, no solo iba a conformarse con el importe nominal, también reclamaba los intereses y las rentas[2].  

Como voy a usar continuamente el termino elector al hablar de Maximiliano Manuel y también, del hermano de Mariana de Neoburgo, que eran respectivamente el Elector de Baviera y el Elector del Palatinado, aclararé que el conflicto entre las dos ramas de la Casa de Wittelsbach se originó en 1253 cuando el ducado de Baviera y el Condado Palatino del Rhin dejaron de estar gobernados por un mismo mandatario y comenzaron a serlo por dos miembros distintos de la misma familia. El cargo de Elector Imperial, de origen medieval, tenía mucha importancia ya que de este grupo de nobles y clérigos de alto rango dependía la elección del Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Ellos elegían al Rey de Romanos que era el futuro sucesor del emperador. El paso de Rey de Romanos a Emperador, se adquiría al ser coronado por el Papa. El último que fue proclamado siguiendo este procedimiento fue Carlos V y a partir de entonces los emperadores fueron “electos”. El conjunto de los electores se definió en la Bula de Oro de 1396 y el privilegio recayó en los arzobispos de Treveris, Maguncia y Colonia, el Rey de Bohemia, el Duque de Sajonia, el Margrave de Brandenburgo y el Conde del Palatinado. El ducado de Baviera quedó relegado por el Palatinado ya que el resto de electores se negaban a que una misma casa real tuviera dos electores. Tras la Paz de Westfalia en 1648, Baviera consiguió recuperar su privilegiado estatus en el Sacro Imperio y los electores pasaron a ser ocho.

Volvamos a Maria Antonia y Maximiliano Manuel.

Las relaciones entre el elector y su esposa fueron poco afectuosas, Maximiliano vivía, cometiendo adulterio, con la condesa Canozza y el matrimonio con la infanta de la Casa de Austria era sólo un acuerdo político. El comportamiento de Maximiliano con la hija del emperador deterioró las relaciones entre ambos. Ante el deterioro de su matrimonio, María Antonia acudió a Viena con la excusa de visitar a su padre y una vez instalada en aquella corte, decidió permanecer allí y no regresar a Munich.

Maximiliano Manuel por José Vivien

Maximiliano en aquellos momentos estaba empeñado, a través de su embajador, en lograr el nombramiento para el cargo de gobernador de los Países Bajos, objetivo que alcanzaron a finales de 1691. Este hecho era relevante en la situación política europea ya que aquellos territorios eran una de las continuas fuentes de conflicto entre Francia y la Monarquía española y su defensa continuaba siendo uno de los objetivos de las políticas de los Austria españoles por lo que el gobernador de esos estados era una figura relevante en el escenario político del momento. El 6 de diciembre Lancier comunicaba el éxito al elector de Baviera[3] y éste partía a Viena para comunicar la buena nueva a su esposa y al emperador lo que propició un acercamiento al menos temporal a Maria Antonia.

Meses después la infanta y electriz daba a luz a un niño quien llamaron José Fernando. Pero las ambiciosas intenciones del elector habían sido previamente percibidas por el emperador, quién al entregarle a su hija para el enlace matrimonial, solicitó la renuncia de ésta a sus derechos dinásticos como condición indispensable para que Maximiliano pudiera recibir el gobierno de los Países Bajos. Sin embargo, esta renuncia nunca fue aprobada en Cortes españolas y por tanto no tenía validez en el ordenamiento jurídico de la Monarquía Hispánica. María Antonia según las leyes españolas continuaba siendo la segunda en la línea sucesoria y su hijo José Fernando, por tanto, podría recibir estos derechos por vía hereditaria.

Esta situación, paradójicamente, suponía una seria alteración en las pretensiones de la Casa de Austria respecto a la sucesión de Carlos II. Si la renuncia de María Antonia no era válida, la línea sucesoria debía continuar por esa rama de la familia. Pero si se aceptaba la renuncia, la herencia de Felipe IV habría de pasar a la rama de la familia del emperador Leopoldo, nieto de Felipe III, en caso de que Carlos II no fuera capaz de engendrar un heredero. Siguiendo esta línea, los dos hijos que Leopoldo había tenido con la emperatriz Leonor de Neoburgo, José y Carlos, (hermanos de María Antonia por parte de padre) podrían heredar los derechos de su padre como bisnietos de Felipe III. De esta forma en Madrid se iba a producir un diabólico choque de intereses entre la reina madre Mariana de Austria, abuela de María Antonia y bisabuela de José Fernando y los de la reina Mariana de Neoburgo, hermana de la emperatriz Leonor y tía de los posibles herederos José y Carlos, cuyo cometido en la corte madrileña era defender los intereses de los austriacos. En febrero de 1692, Viena tomó partido claramente por los hijos de Leopoldo, quien trataba de dejar al margen a su hija María Antonia sin tener ninguna consideración por lo que habían decidido las Cortes españolas. Una carta del conde Lobkowitz, embajador imperial, al emperador es clarificadora:

(…) La intervención de los magnates españoles determinará contradicciones, y muy en especial la de la reina madre, declaradamente afecta a los intereses de Baviera, por el amor que le inspira la Electriz. Para que ese peligro se desvaneciese sería preciso que la archiduquesa María Antonia renunciase expresamente a sus derechos y que el rey, aconsejado por el emperador, se convenciese de la poca probabilidad de lograr sucesión y de la conveniencia de mantener en España la Casa de Austria. Cuenta éste a su favor con la simpatía del rey hacia su Casa y con las de la nobleza, clero y pueblo que, sobre todo la primera, le prefieren a cualquier sucesor francés o bávaro. Entre los ministros, son más afectos al archiduque Carlos: el Cardenal Portocarrero, el condestable, Mancera, Osuna, Pastrana, Aguilar y Villafranca, (…)[4].

Tres cuestiones son muy reseñables ya a estas alturas para valorar la posterior actitud del emperador. En primer lugar, parecían tener claro que la reina madre defendería sin ninguna duda los intereses de su nieta por lo que la opción de Baviera era consistente. En segundo lugar, ya planteaba convencer a Carlos II de su propia incapacidad y trabajar para alcanzar una sucesión dentro de la casa de Austria que había de recaer en los Habsburgo de Viena, concretamente en el segundo hijo del emperador, Carlos, ya que el primero, José, estaba destinado a convertirse en el siguiente emperador a la muerte de su padre. En tercer lugar, los austriacos parecían tener muy claros sus apoyos dentro de la corte, pero, en realidad, la sensación del embajador era demasiado optimista al respecto de las simpatías hacia Viena por parte de la opinión pública española.

Sin embargo, el emperador sí que contaba con un claro argumento a su favor. La Monarquía de Carlos II se había integrado en la Gran Alianza y estaba en guerra con Luis XIV por lo que una posible sucesión francesa no podía ser aceptada de ninguna manera, Además, como hemos visto, desde que el Rey Sol llegó al trono comenzó una serie de hostiles campañas de hostigamiento a la Monarquía española en Flandes y ni siquiera su matrimonio con una infanta Habsburgo había moderado o condicionado su forma de actuar ni su afán expansionista. Las continuas agresiones francesas y la imposibilidad de calmar sus ambiciones son expresadas, en un claro tono de pesadumbre, por parte del rey español cuando se dirigía al Papa el 14 de febrero de 1692 haciendo referencia al abandono de las cláusulas de los tratados de paz de Aquisgrán y Nimega y de la Tregua de Ratisbona por parte de Luis XIV:

(…) ¿Qué ventajas podrán ahora aquietar a la Francia ni contener los desmedidos términos de su ambición, cuando no bastaron las provincias que se le cedieron en la de Nimega, donde fueron más admitidas y disputadas sus condiciones? Pues si todos estos tratados no han podido subsistir porque luego los ha quebrantado aquel rey, ¿Cómo se podrá ajustar ahora uno que no esté sujeto a la inestabilidad de los mismos inconvenientes? Pensóse en otro modo de seguridad que fue la tregua de veinte años, creyendo comprar por este tiempo, a costa de tantas injustas usurpaciones como se le dejaron, la tranquilidad común (…)[5].

Leyendo esta misiva se hace muy difícil entender que los borbones de Francia pudieran tener una opción cierta de sentarse en el trono español. Con el rey Carlos II agobiado ante las afrentas francesas, la posición austriaca debería ser inequívocamente la más firme, además, el emperador podía contar con las gestiones a su favor que su cuñada Mariana de Neoburgo, la reina, debería llevar a cabo en Madrid aprovechando la gran influencia que ejercía sobre el estado de ánimo del rey.

Pero lo que debía ser una gran ventaja pronto se convirtió en un grave problema.

Desde su llegada a Madrid, la reina configuró una facción cortesana, encabezada por Enrique Wiser, secretario privado de la reina -despectivamente apodado como “el cojo”- la condesa viuda de Berlips, Maria Josefa Gertrudis Wolff Von Gudenberg -apodada como la “perdiz”-, su confesor tirolés, el padre Gabriel, y, el doctor Geelen, pero su comportamiento habitual hizo que pronto hallaran la hostilidad de los madrileños, los cortesanos y una parte relevante de la aristocracia. Fueron vistos como un grupo de presión que únicamente defendía sus intereses particulares y los de la reina y que no mostraba ninguna sensibilidad hacia las necesidades ni los sentimientos de los españoles Pronto comenzaron a aparecer pasquines y folletos contrarios a la camarilla de Mariana que consiguieron que las gentes de Madrid se posicionasen en contra de la reina[6]. El propio embajador Lobkowitz fue consciente de la peligrosa situación para los austriacos y muy pronto trató de hacer ver al emperador que el comportamiento de estos allegados a la reina era contraproducente para los intereses imperiales. El conde de Lobkowitz afirmaba que

Wiser se porta mal porque encizaña las relaciones entre sus majestades[7], es un sujeto peligroso[8],

por lo que consideraba nociva su presencia en Madrid,

inspirador de todas las conjuras que cercan a la reina consorte[9].

Por tanto, la consistencia del “partido austriaco” se veía afectada por las escasas simpatías que sus representantes -que ni siquiera eran austriacos, eran casi todos alemanes, próximos a Neoburgo- levantaban en Madrid.

Pero había otra importante fuente de desavenencias dentro la causa Habsburgo. Mariana de Austria, la reina madre, aún conservaba gran capacidad de influencia sobre su hijo Carlos, y estaba por completo volcada en mantener la línea sucesoria en su nieta María Antonia, esto hacía que la causa Habsburgo se fragmentara entre quienes eran favorables a defender los derechos del segundo hijo del emperador, el archiduque Carlos, -elegido por Viena para evitar una posible reunificación de la rama vienesa y la española si algo le ocurriera a su hermano mayor José, lo que provocaría que el resto de potencias europeas se negaran a esta posibilidad-y los favorables a la sucesión en la línea de la sobrina de Carlos II y nieta de Felipe IV, María Antonia. Esta causa, la que podemos denominar opción bávara, iba a verse seriamente reforzada al nacer José Fernando el día 28 de octubre de 1692.

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Detalle de un cuadro mayor de autor desconocido en el que aparece Jose Fernando (Imagen de wikipedia)

La preocupación de Viena ante esta nueva opción dinástica (la unión de la Casa de Wittelsbach bávara y la de los Austria españoles) quedaba reflejada cuando Lobkowitz, antes incluso de que naciera José Fernando, se expresaba en los siguientes términos:

 (…) no le parece prudente retrasar la renuncia de la Electriz, y si fuese posible, preferiría que se registrase solemnemente en unas Cortes. No parece verosímil que la reina madre anteponga a toda otra consideración su afecto hacia la Electriz bávara; pero convendría sondearla prudentemente para ver hasta dónde llega su resolución (…)[10].

Parece evidente que los términos jurídicos o legales de la renuncia de María Antonia no eran asunto despreciable y el embajador, consciente de ello, incidía en la conveniencia de una renuncia ratificada en Cortes.

José Fernando nació tras un parto difícil que acabó con la vida de su madre. La infanta en su lecho de muerte desheredó a su marido, Maximiliano Manuel, y nombró a su hijo recién nacido José Fernando como su único heredero. Pero en este instante ocurrió otro hecho relevante y hasta cierto punto difícilmente comprensible: la renuncia de María Antonia, en su nombre y en el de su hijo, a sus derechos dinásticos, por segunda vez.

La infanta fallecía en Viena alejada de su esposo por lo que cabe pensar que el emperador, su padre, pudo conseguir ésta póstuma renuncia de labios de su hija en lo que podía considerarse un abrupto final a las pretenciosas ambiciones del elector de Baviera. Sin embargo, a pesar de que Maximiliano Manuel quedaba fuera de cualquier componenda que le posibilitara acercarse a los resortes del poder hispano como padre de un posible heredero, el principal damnificado era su hijo recién nacido que en ese instante parecía el legítimo heredero según las leyes españolas. No podemos conocer el daño que las infidelidades y el comportamiento del elector con Maria Antonia habían causado, pero sin duda el emperador supo como jugar con los sentimientos de su hija para alejar a su ambicioso yerno a la vez que colocaba a su hijo Carlos como principal aspirante a la sucesión.

Pero como ya ocurrió con la renuncia previa de Maria Antonia, la que realizó al casarse con el elector bávaro, esta segunda renuncia carecía de validez al no ser ratificada por las Cortes, por tanto, la Monarquía Hispánica tenía un sucesor, a todas luces legal, en el que descansaban todos los derechos: José Fernando de Baviera. La deplorable actitud del emperador hacia su nieto se encontraba con la oposición de la legalidad española. Y quiero incidir en este dato, era la legalidad española que no necesariamente la voluntad política española, la que impedía formalizar la renuncia, ya que la Cortes no se reunieron ni una sola vez durante el reinado de Carlos II. La desidia del monarca español al no reunir Cortes impidió que el tema pudiera ser tratado por los consejeros españoles. Al, ni siquiera poder plantearse la cuestión, no hubo riesgo de que Jose Fernando perdiera sus derechos a pesar de la renuncia de su madre en el lecho de muerte.

No comparto la corriente de opinión que define al príncipe bávaro como una opción equidistante entre Francia y Austria, como una posibilidad poco incómoda para Luis XIV y Leopoldo I y sobre cuya base se podrían más fácilmente negociarse repartos, acuerdos y tratados, de manera que fueron esas circunstancias y no su derecho cierto y legal las que permitieron que mantuviera su herencia.  El niño era el legítimo heredero de la monarquía según el testamento de Felipe IV, sólo un testamento de Carlos II podía poner en cuestión tal decisión.

Por otra parte, el hecho de que el rey Sol y el emperador tuvieran otras pretensiones y tratasen de deslegitimar los derechos, argumentando tesis amparadas en legislaciones diferentes y completamente parciales o movilizando a sus diplomáticos para imponer sus criterios, no puede ser, de ninguna manera, razón suficiente para no considerar legítimo el derecho sucesorio de José Fernando. Para entender como los planteamientos legales perturbaban la percepción de la situación por parte de los austriacos y como les hacía trabajar en buscar argumentos en contra a la validez de las disposiciones de Felipe IV, sirva la carta de Lobkowitz al emperador en la que dice:

No es seguro que se tenga por bastante la renuncia testamentaria de la Electriz, pues se alegará que no pudo hacerla sin invalidar el testamento de Felipe IV. Pero no será difícil hallar contestación a este argumento[11].

Desde el nacimiento del niño, la reina madre se posicionó inequívocamente a favor de esta posible vía de sucesión, tal era su intransigencia al respecto que los partidarios de la opción austriaca temían que incluso pretendiera hacer traer al niño a la Corte de Madrid. La división entre la corriente favorable al príncipe bávaro representada por la reina madre y la favorable al austriaco archiduque Carlos defendida por Mariana de Neoburgo y su camarilla eran evidentes y graves, por ello, a pesar de la consistencia del argumento favorable a Jose Fernando, la facción austriaca no se iba a conformar con el asentamiento la causa bávara. La tensión entre la reina madre y la reina consorte comenzaba a manifestarse con toda su crudeza:

La reina madre no usa de su autoridad para que se trate debidamente este magno asunto, sino para favorecer a su bisnieto el príncipe electoral bávaro; y el rey lo sabe, puesto que, en cierta ocasión, estando presente la reina joven, se atrevió doña Mariana a pedirle que trajese a España al hijo del elector. La reina consorte favorece resueltamente al archiduque y por consejo suyo (de Wiser) ha llegado a solicitar de su marido que lo traiga a Madrid, y le ha oído asegurar que, llegado el caso preferiría un bastardo del emperador a un príncipe bávaro[12].

Ambas facciones, la austriaca y la bávara, pugnarían, a partir de este momento, por traer a su respectivo aspirante a España con el objetivo de que fuera legitimado. Lo que dice Wiser en la carta anterior al elector del Palatinado ha de considerarse como cierto, ya que, el propio emperador ordenó a Lobkowitz que averiguase el estado de ánimo que mostraría Carlos II ante la posibilidad de la ida a Madrid del archiduque, y que ésta debía ajustarse durante la guerra para no tropezar después con la oposición de Francia[13]

Deduzco de esta afirmación que la diplomacia austriaca tenía muy presente que Luis XIV, en guerra con Carlos II y con el emperador, no se había olvidado de la sucesión y que convenía traer al archiduque a Madrid mientras que el conflicto bélico generara una actitud de hostilidad hacia Francia entre los españoles. Y sin duda, podemos afirmar que no se equivocaban, tal y como indica una comunicación de la marquesa de Gudannes[14], que puede considerarse como un enviado extraoficial por parte de Francia a la Corte madrileña, que deslizaba la posibilidad de que el rey Sol hiciera llegar a España a uno de los hijos del Delfín acompañado de tropas que aparentemente se dirigirían a Portugal[15].

Esta posibilidad, además, se apoyaba en que parte de la población española comenzaba a mostrarse muy favorable a las intenciones francesas a pesar de que la guerra continuaba y de las reiteradas afrentas sufridas a causa de las ambiciones de Luis XIV. Los aliados de los españoles se perdían en debates acerca de quién debía pagar la manutención de las tropas a desplazar en cada territorio, se enfrentaban por la cantidad de hombres necesarios para defender una plaza como Milán o criticaban la incapacidad hispana de defenderse por la imposibilidad de aportar más hombres a los campos de batalla. El emperador indicaba a Lobkowitz que era indispensable que España cubriera parte del presupuesto para las tropas de Italia con las remesas de las Indias[16]. Los recursos imperiales no estaban incondicionalmente al servicio de la Monarquía, el emperador pretendía que los españoles pagaran por su defensa y protección, sin embargo, los diplomáticos españoles basaban todas sus esperanzas en el supuesto apoyo incondicional del emperador. Pero el sentir de los diplomáticos no coincidía con el del pueblo llano que comenzaba a ser consciente de que la actitud austriaca como aliada en la Guerra de los Nueve Años, lejos de ser sincera y basada en unos lazos familiares que pretendían hacer ver como consistentes, distaba mucho de ser fiable y leal.

Tenemos otra referencia para pensar que Francia no había abandonado sus posibilidades en la sucesión a pesar de encontrarse en guerra con el rey a suceder. Bernaldo de Quirós, diplomático y embajador en las Provincias Unidas que sería plenipotenciario en las posteriores negociaciones de paz, afirmaba que la percepción que se tenía en Inglaterra acerca de la previsible polémica en torno a la sucesión era que Luis XIV no se detendría hasta hacer valer sus supuestos derechos y que ya estaba maniobrando para apartar a Baviera del debate. Pensaba que las opciones de detener al Borbón pasaban estrictamente por la victoria militar y que ésta debería alcanzarse acumulando tropas en Flandes y Cataluña para, desde allí, lanzar sendas ofensivas que hicieran retroceder al ejército francés y permitieran alcanzar la Paz. Pero para que esta visión se convirtiera en realidad, el diplomático mencionaba una condición absolutamente determinante, la actitud de Leopoldo I:

si el emperador no flaquea, todavía se pueden abrigar esperanzas[17].

Así que, mientras los diplomáticos españoles seguían confiando en Leopoldo I, la presión francesa se iba a acentuar. El 29 de junio de 1694 Gerona caía en poder de las tropas de Luis XIV. La flota angloholandesa que debería haber defendido la ciudad no arribó hasta mediados de agosto, siete semanas después de la llegada de los franceses; analizando estas pruebas de la diligencia de los aliados, uno piensa que era bastante más objetiva la percepción de la evolución de la guerra por parte del pueblo español que la de los diplomáticos. Cabe decir, no obstante que la presencia de holandeses e ingleses al menos sirvió para proteger Barcelona momentáneamente de las acometidas de las tropas del Rey Sol. El emperador, por su parte, parecía ciertamente seguir preocupado por los recursos económicos,

es preciso que España sostenga a las tropas imperiales del Milanesado,

escribía a Lobkowitz el 11 de agosto y el 13 de septiembre mientras el peligro real se cernía sobre Barcelona e insistía al respecto de la ayuda a Cataluña,

es indispensable que se pague bien y puntualmente al ejército de Cataluña[18].

Mientras tanto, Carlos II seguía convencido de que podría engendrar un heredero. Desde luego, dadas las circunstancias, no se puede decir que aquel hombre no tuviera fe en sí mismo, tal vez nadie más la tenía ya.  Se sentía muy abatido por los comentarios que dudaban de esta posibilidad y se mostraba incómodo cuando en su entorno se planteaba el debate sucesorio.

Pero ahora había que resolver otro conflicto de intereses. La guerra parecía acercarse a su final y las pretensiones de cada estado aliado para negociar los acuerdos de paz eran diferentes, aunque, lo especialmente desconcertante era que, en España, cada facción mantenía una opinión distinta. El desenlace de la guerra podía desencadenar una toma de posiciones arbitraria de cara al debate sucesorio por parte de cada uno de los contendientes. La sucesión podía llegar a aparecer como uno de los posibles puntos a tratar en las negociaciones entre franceses, españoles y austriacos para alcanzar un armisticio y cada facción en la corte trataría de proteger sus intereses por encima de la posibilidad de alcanzar la paz sin preocuparse cuantos hombres pudieran seguir cayendo en los campos de batalla, de los asedios a las ciudades o de las penurias económicas que el mantenimiento de la guerra implicaba.

La firma de acuerdos de paz por separado entre las diferentes potencias comenzaba a valorarse positivamente en las cancillerías europeas. Las Provincias Unidas eran favorables a la paz mientras que Inglaterra, proclive también a un armisticio, aún mostraba ciertas dudas; pero mientras ingleses y holandeses parecían decantarse por abandonar la lucha, en la Corte de Madrid la posición defendida por Mariana de Neoburgo era la que se iba a imponer al parecer de buena parte de los miembros del Consejo de Estado. Y la posición de la reina era resistir en Cataluña y continuar adelante con la guerra frente a los franceses. Los choques eran continuos entre los lados de la reina y algunos de los consejeros. Wiser escribía al elector del Palatinado, tierra natal de la reina y de la emperatriz, comentándole las posiciones de los consejeros respecto a la posible firma de la paz y mostraba que existían divergencias entre ellos[19]. Esta ausencia de unanimidad facilitaba que la postura de la Neoburgo pudiera llegar a imponerse.

El secretario de la reina, observando el desacuerdo en el Consejo, se atrevió a plantear un plan para que el archiduque Carlos llegase a España disfrazado y camuflado entre los soldados de un ejército imperial que acudiría a defender Cataluña, un plan muy similar al que pretendía llevar a cabo Luis XIV con el hijo del Delfín de Francia. Wiser estaba convencido de que la única posibilidad de que se produjera el reconocimiento como heredero del archiduque Carlos pasaba inexorablemente por resolver el litigio antes de la firma de un tratado de paz, ya que, una vez firmado éste, la Monarquía no tendría libertad para resolver el litigio por sí sola.

Sin duda, las continuas derrotas de la Monarquía frente a las ambiciones francesas desde que Carlos II subió al trono debilitaron considerablemente su capacidad diplomática y sus posibilidades de intimidar e influir en los asuntos europeos. A pesar de que la Monarquía Hispánica continuaba siendo una potencia muy considerable, los recursos bélicos, diplomáticos e incluso estructurales del último de los Austria españoles no eran suficientes para hacer frente al Rey Sol. Si se llegaban a establecer negociaciones de paz, los embajadores franceses incluirían las ambiciones dinásticas de Luis XIV entre las reivindicaciones del Borbón y la delicada situación de Carlos II dificultaría que los diplomáticos españoles pudieran negarse a discutir esa opción.

Ante la posibilidad de que este escenario finalmente llegara a producirse y sin preocuparse en exceso por la capacidad de resistencia de los españoles, la posición de los cortesanos más cercanos a la reina Mariana a partir de este momento fue la de utilizar todos los recursos posibles para impedir la firma de un acuerdo de paz con el único objetivo de que el archiduque pudiera llegar a España y una vez se encontrara en Madrid presionar al rey para que lo nombrara heredero y acabar así con las pretensiones de Luis XIV.

Pero la facción de la reina, enemistada con gran parte de los nobles y aristócratas que formaban los consejos, y muy mal vista por el pueblo llano no iba a recorrer ese camino plácidamente y hubo de lidiar con la oposición del Consejo de Estado y del Consejo de Castilla. Este último elevó una consulta al de Estado referente a los remedios para mejorar el estado de la Monarquía[20] tratando de elaborar una estrategia que no permitiera que las decisiones de Carlos II estuvieran por completo mediatizadas por las intrigas de la camarilla de su esposa. Ambos consejospropusieron apartar del lado de la reina a la Berlips y a Wiser. La situación de tensión en la corte era expresada por la condesa de Berlips al hermano de la reina, el elector del Palatinado, cuando afirmaba que estaba muy triste

a causa de las persecuciones que se desencadenan contra sus pobres servidores alemanes, detestados por la nación (…), sólo el Almirante les defiende, pero el consejo de Castilla y todavía más el de Estado les combaten sin piedad, (…) el rey no tiene energía y tolera que los ministros usurpen su autoridad. Se habla de convocar las Cortes y de traer a España al príncipe electoral bávaro con 6.000 hombres de las tropas del elector. Quienes dirigen esta intriga son el duque de Montalto y sus secuaces. A este partido le irrita sobremanera la influencia de la reina en el ánimo del rey[21].

A estas alturas, más allá del victimismo que destila esta misiva, ya podemos obtener algunas conclusiones respecto a la situación en la Corte:

Cuando iba a finalizar 1694 las opciones de la vía austriaca a la sucesión de Carlos II se habían fragmentado en un partido “alemán” favorable a la sucesión en la Casa de Habsburgo austriaca en la persona del archiduque Carlos que estaba formado por la reina Mariana de Neoburgo y los alemanes[22] que mantenían una relación más directa con ella y que encontraba un apoyo español en el Almirante de Castilla.  Enfrente no se encontraba, todavía, un partido “francés”, se encontraba un grupo de nobles y consejeros favorables a la sucesión en el príncipe José Fernando de Baviera tal y como marcaba la línea sucesoria indicada en el testamento de Felipe IV ; este grupo era  fervientemente apoyado por la reina madre Mariana de Austria y según la Berlips, estaba liderado por el duque de Montalto. Formaban, por tanto, un partido legitimista, pero, lo que en realidad los mantenía unidos, era su deseo de acabar con los llamados “lados de la reina”, la facción de Mariana de Neoburgo a la que responsabilizaban por completo del mal gobierno de la Monarquía. No era un partido, en esencia, favorable al príncipe bávaro, era un partido contrario a la facción de Neoburgo.

Las discrepancias entre los miembros del Consejo afines a uno y otro bando habían comenzado a manifestarse meses atrás, baste señalar como la esposa de Lancier escribía a Prielmayer, (el ministro de confianza del elector de Baviera) en 1693

Ha en los consejos de Estado y Guerra quien parece más enemigo de España que los propios franceses[23],

Pero a finales de 1694 la hostilidad entre algunos miembros de la planta de gobierno motivada por las discrepancias en cuanto a la actitud que se debería seguir con la reina y su facción, comenzaba a ser insostenible para el desarrollo de la actividad del gobierno.  En 1693 se había creado la “Junta de Tenientes Generales” un órgano con importantes atribuciones militares y con gran influencia en el gobierno que fue constituido por Fernando de Moncada y Moncada, el duque de Montalto, que controlaba los territorios catalanes, Iñigo Melchor Fernández de Velasco, el Condestable de Castilla que controlaba los territorios del antiguo reino de León, del norte de Castilla, los navarros y los vascos y el Almirante de Castilla, Juan Tomás Enríquez de Cabrera, que controlaba los territorios andaluces. La reina había conseguido atraer al Almirante a su partido por lo que Montalto, fiel a la línea legitimista, se convirtió en más su enconado rival. Durante los últimos meses de 1694 la división se había intensificado tanto que el grupo opuesto a la Neoburgo iba a comenzar a trabajar en conseguir la expulsión de los miembros del bando afín a la reina.

En enero de 1695 se llevó a cabo una reunión de la “planta de gobierno”, con la participación de varios ministros[24] y el Consejo de Estado. Montalto y Portocarrero, el arzobispo de Toledo, lideraban el intento de expulsar a Wiser y la Berlips y otros sirvientes más humildes de la camarilla de la reina. Portocarrero se dirigió al rey el 4 de enero y al no obtener respuesta por parte de S.M., lo hizo de nuevo el día 14, insistiendo en la solicitud de expulsión de las criaturas de la reina. La solicitud de Portocarrero no tuvo la respuesta por parte del rey que esperaba el arzobispo. Ordenó el destierro del conde de Baños, hombre muy cercano al rey, quien anteriormente había sido protegido de la reina, pero que posteriormente se pasó al bando de Montalto; con esta acción Carlos II podía estar tratando de dar un ejemplo para que la reina hiciera lo mismo con sus afectos[25], es decir que alejara de la corte a quienes resultaban nocivos para la estabilidad del gobierno. También fue cesado Alonso Carnero de la Secretaría del Despacho Universal por haberse atrevido a sugerir al rey que se apartara de Mariana de Neobugo. Mientras que al propio Montalto se le relevó del cargo de presidente del Consejo de Indias[26] aunque recibió la presidencia del Consejo de Aragón. Ni siquiera el arzobispo salió indemne ya que se le apartó del mando de una guarnición que disponía de 300 caballos en los alrededores de Madrid.

Texto de la sátira
Manuscrito con una sátira referente a la Berlips, Wiser “el cojo” y Baños que corría por Madrid. Archivo de los Condes de Villagonzalo, C.1, D307. Archivo Histórico de la Nobleza

Pero, sorprendentemente, el día 4 de febrero, el monarca ordenaba que Wiser, el cojo, abandonara la Corte. Al comunicar la noticia a Juan Guillermo de Neoburgo, su mentor, elector del Palatinado y hermano de la emperatriz y la reina Mariana, Wiser incidía en el

carácter inconsistente, falso y movedizo del rey a quien nadie, ni la reina, logra mantener firme en nada[27]

tratando de hacer ver lo voluble del carácter del rey y la poca confianza que había que tener en que sus decisiones pudieran llegar a ser siempre favorables a su facción. Mariana de Neoburgo perdía de esta forma uno de sus más fieles apoyos, el representante diplomático en Madrid de su hermano el elector del Palatinado. La expulsión del cojo, que suponía una transitoria derrota de la reina, provocó un periodo de cierta calma en la Corte[28].

Tras este primer asalto entre los partidarios de ambas facciones, la política y la diplomacia durante los primeros meses de 1695 se centraban en el intento de dar comienzo a unas negociaciones de paz. La posición del rey Guillermo de Inglaterra que tras la muerte de su esposa parecía inclinarse hacia un acuerdo y la de las Provincias Unidas que se mostraban firmemente partidarias de la paz, animaban a Carlos II comunicar al emperador su intención de avanzar en este sentido y de tomar como referencia para las negociaciones la paz de los Pirineos[29]; para ello el embajador Quirós planteaba la posibilidad de abrir un Congreso que enmarcara las negociaciones[30]. El emperador, sin embargo, desestimaba el plan sugerido por Carlos II y encomenaba a Kinsky, su canciller mayor, y al conde Auersperg, diplomático con experiencia que ya había sido nombrado plenipotenciario en previas negociaciones de paz, la negociación de la paz desde una perspectiva intermedia entre la paz de los Pirineos y la de Nimega.[31] y trataba de convencer a Carlos II de que aceptara su plan asegurándole que defendería sus intereses como propios[32].

Como los aliados mostraban diferencias de criterio, Luis XIV se permitía demorar sus respuestas a las diversas solicitudes de acuerdo mientras sus ejércitos dominaban la situación en los campos de batalla. Las deliberaciones entre los propios aliados prolongaban la guerra, que les era desfavorable, a pesar de algunos logros puntuales como fue la recuperación de Namur. Los franceses se fortificaban en Cataluña mientras que la ayuda por parte de los aliados quedaba siempre condicionada al mantenimiento económico de las tropas por parte española. Luis XIV se encontraba cómodo contemplando la falta de cohesión de sus rivales y aprovechaba la posibilidad de conseguir firmar paces por separado con los aliados para debilitar y sembrar incluso más desconfianza entre los miembros de la Gran Alianza[33]. Siguiendo esta estrategia, llegó a concretar una paz por separado con Saboya.

Pero en medio de estos debates se producía un hecho que venía a añadir un nuevo foco de incertidumbre en la situación de la Monarquía.

La reina madre, Mariana de Austria estaba gravemente enferma; un gran tumor en el pecho amenazaba gravemente su vida. La madre de Carlos II se propuso entonces conseguir que su hijo firmara un testamento en favor de su bisnieto José Fernando de Baviera, para lo que no dudó en utilizar recursos que pudieran afectar al rey en lo sentimental, haciéndole ver que eso sería para ella un gran consuelo[34] en los últimos momentos de su vida. Mariana de Austria falleció el 16 de mayo de 1696. Sin embargo, el indolente soberano no prestó mucha atención a los ruegos de su madre y no firmó el testamento.

Mariana de Austria: la reina desdichada
Retrato de Mariana de Austria. Claudio Coello

Pero cuando finalizaba el verano de 1596, Mariana de Neoburgo caía gravemente enferma y un mes después le ocurría lo mismo a Carlos II. El 11 de septiembre el doctor Geleen, médico de la reina, llegó a administrar al rey los últimos sacramentos, pero al día siguiente el Rey, de manera muy sorprendente, mejoró y salvó su vida. Sin embargo, ante la gravedad de la situación, el consejo de Estado se había reunido en ausencia del Rey para conseguir plasmar la firma del soberano en un testamento. Carlos II continuó negándose a hacerlo en un par de ocasiones durante aquella tensa noche del 11 de septiembre, pero a la mañana siguiente, finalmente accedió a firmar[35].

Ese testamento nombraba heredero al príncipe de Baviera, pero es importante destacar en este punto que, en la comunicación que la condesa de Berlips hizo al elector palatino, aparece una consideración muy singular; decía que Carlos II se había negado a testar en favor de Francia, ocurrencia esta que atribuía al cardenal Portocarrero con el apoyo de algunos consejeros, pero que, al encontrarse con el firme rechazo del Rey, fue retirada por el consejo de Estado que propuso, entonces, al príncipe bávaro[36]. Por tanto, según la información que decía poseer la condesa de Berlips, las negativas de las que hablábamos previamente no fueron un simple capricho del rey, sino que estaban plenamente justificadas por la intención del monarca de no entregar bajo ningún concepto su trono a los franceses. De esta manera la perdiz, al sugerir que la intención de Portocarrero fue obtener un testamento en favor de los borbones, comenzaba a insinuar un posible acercamiento por parte de los seguidores de la causa de Jose Fernando de Baviera a los franceses y, además, apuntaba que dichas casusas, la francesa y la bávara, contaban con muchos seguidores al contrario que la causa austriaca que cada día suscitaba más rechazo.

Lancier, el enviado de Baviera, en tono no exento de euforia, al conocer la firma del testamento comunicaba al respecto de la validez de las renuncias de las infantas y de su no aprobación por las Cortes:

Por eso se hace aquí poco caso de las renuncias y hasta se las reputa inválidas. La voz del pueblo, que es voz de Dios, proclama heredero al príncipe electoral[37].

No tenemos pruebas de que el mencionado testamento en favor de Francia urdido por Portocarrero llegara a existir, pero lo que sí conocemos son más manifestaciones en las que los miembros de la facción austriaca comenzaban a percibir que la popularidad de la causa bávara e incluso de la francesa iban en aumento.

Según la condesa, los intereses de Francia ya eran defendidos por parte de los miembros del consejo de Estado y la sucesión en Baviera no era más una excusa o una situación transitoria hasta conseguir el definitivo triunfo borbónico. No obstante, esta era una apreciación particular ya que, no hay ningún texto que mencione la posible sucesión en Francia. La condesa, en la mencionada carta[38], comunicaba al elector que el almirante y otros tres consejeros habían votado a favor del archiduque. Más concretas fueron las apreciaciones del conde Aloisio Harrach, hijo del caballerizo mayor del emperador, que había llegado a Madrid para preparar la posterior embajada de su padre; Harrach escribía al emperador que Portocarrero, Aguilar y Balbases fueron los consejeros favorables a Baviera mientras que el Almirante de Castilla, Mancera y Montalto se postularon a favor del rey de Romanos, José el mayor de los hijos del emperador, y, por su parte, Monterrey y Villafranca apoyaron la candidatura del archiduque Carlos[39], hijo menor del emperador. Su exposición es más concreta que la de la Berlips, aunque no coincide por completo con ella, pero sí que demuestra que en este momento la sucesión en Francia, a pesar de las simpatías que hacia ella pudiera comenzar a mostrar el pueblo, no era una posibilidad real y tampoco se puede contemplar la sucesión en José Fernando como una simple maniobra en favor de los franceses. Portocarrero sostenía que nadie puede alegar mejor derecho que el de Baviera. El Cardenal insistió en la legitimidad del testamento y solicitó al rey que lo respetara ya que se ajustaba a la postrera voluntad de Felipe IV y a la general de la nación[40]. Trató de conseguir un mayor refrendo para este testamento convocando a los obispos, bajo la excusa de tratar asuntos de índole religiosa, en lo que podía considerarse unas Cortes disfrazadas[41]. En realidad, el consejo estaba otorgando el primer derecho a la sucesión al candidato legítimo según el ordenamiento de la Monarquía que era, además, la línea ya marcada en el testamento de Felipe IV. Analizando estos argumentos y conociendo la aparentemente contundente posición del cardenal Portocarrero parece difícil que ese testamento propuesto en favor de Francia llegara a existir.

La reina, al conocer que el rey había firmado este testamento a favor de Baviera a espaldas suyas se mostró muy alterada[42]. Las Casas del Palatinado y Baviera eran ramas separadas de la familia Wittelsbach y enemistadas desde hacía mucho tiempo[43].  El conflicto se recrudeció en el transcurso del anteriormente mencionado proceso de elección de un nuevo administrador para los Países Bajos y la reina madre Mariana de Austria apoyo al elector de Baviera, Maximiliano Manuel esposo de su hija, en lugar de al elector del Palatinado, el hermano de Mariana de Neoburgo. Desde entonces la enemistad entre la reina madre y la reina consorte fue manifiesta. Mariana de Neoburgo, ahora que su mayor rival en la corte había fallecido, no se dio por vencida y, a pesar de la decisión que había tomado su marido, comenzó a maniobrar para conseguir que se anulara el testamento, así que se empleó a fondo para detener la maniobra de Portocarrero. Todo este proceso se había desarrollado durante su convalecencia y ahora que se había recuperado no iba a consentir perder su capacidad de influencia. El hijo del elector de Baviera, el rival de su hermano, el elector del Palatinado, no debía bajo ningún concepto ser colocado en la línea de sucesión por delante del archiduque Carlos, el hijo del emperador.

Mariana de Neoburgo por Jacques Courtillon.
Museo del Prado.

El rey prohibió la convocatoria de la asamblea que había convocado Portocarrero por lo que el testamento nunca obtuvo el refrendo oficial de unas Cortes y, por lo tanto, continuó siendo un testamento secreto cuya existencia nunca fue confirmada expresamente de manera oficial por Carlos II. La figura de Portocarrero se estaba agigantando dentro del Consejo de Estado por lo que el rey trató de compensarlo para que no se convirtiera en un influyente enemigo en su propia corte. Lo hizo nombrando a su sobrino predilecto Conde de Palma del Río y Grande de España. Como muestra de agradecimiento el Cardenal aceptó actuar como comisario del nuevo embajador imperial, Ferdinand Von Harrach, quien, a su vez, como veremos más adelante, procuró que Portocarrero retornara a la órbita de influencia austriaca.[44].

No se puede conocer fehacientemente que ocurrió con este testamento[45]. Los austriacos trataron de restarle valor, el hijo de Harrach antes del inicio de la embajada de su padre, comunicó al emperador que el propio rey consideraba que los ministros habían abusado de su debilidad[46] al hacerle firmar dicho documento; su padre, posteriormente, una vez se hizo cargo de la Embajada, afirmó que la reina lo había roto y anulado[47]. El marqués de Torcy, Jean Baptiste Colbert, destacado diplomático de Luis XIV, en sus memorias afirmaba que fue el propio rey quien lo destruyó[48] y de igual manera opina Pfandl en su obra sobre Carlos II[49]. Tanto en el caso de que el testamento hubiera existido como en el caso de que hubiera sido destruido, lo cierto era que los acontecimientos vividos en la corte hacían ver como la Casa de Austria tenía un serio y legítimo rival en la Casa de Baviera que, además, era apoyado por una parte considerable de los ministros del consejo de Estado. Y, mientras tanto, Luis XIV no se había olvidado del asunto. Ni mucho menos.


[1]Se puede consultar una transcripción en MAURA GAMAZO, G. y BAVIERA, A. de; Documentos inéditos referentes a las postrimerías de la Casa de Austria en España. R.A.H. Madrid, 2004. Vol. I, p.20, mayo de 1686

[2] Idem.

[3] MAURA GAMAZO, G. y BAVIERA, A. de; Documentos inéditos… Vol. I, op. cit., p.255.  6 de diciembre de 1691

[4] MAURA GAMAZO, G. y BAVIERA, A. de; Documentos inéditos…, op.cit., p.265. 7 de febrero de 1692

[5] La carta de Carlos II hace además referencia al apoyo que Francia está ofreciendo al turco en su lucha contra el Imperio. MAURA GAMAZO, G. y BAVIERA, A. de; Documentos…op.cit.,p.266. 14 de febrero de 1692

[6] Un estudio acerca del impacto de la propaganda en la movilización y la cultura política: HERMANT, H.; Guerres de plumes. Publicité et cultures politiques dans l´Espagne du XVIIe siècle. Madrid 2012.

[7] MAURA GAMAZO, G. y BAVIERA, A. de; Documentos inéditos…op.cit., p.232. 11 de julio 1691

[8] Ídem., p.265. 7 de febrero de 1692

[9] Ídem., p. 267. 21 de febrero de 1692

[10] Ídem., p. 293. Carta de Lobkowitz al emperador, no completamente descifrada. 7 de Julio de 1692.

[11] MAURA GAMAZO, G. y BAVIERA, A. de; Documentos inéditos…op.cit.,p.307. 19 de enero de 1693

[12] Esta carta es interesante no sólo por la exposición de las controversias que se producían en el Alcázar de Madrid entre la reina madre y la reina consorte, también muestra la percepción de Wiser respecto al posicionamiento de algunos nobles como Montalto, el Almirante o de Portocarrero. MAURA GAMAZO, G. y BAVIERA, A. de; Documentos inéditos…,op.cit.,p.432. 16 de octubre de 1694.

[13] MAURA GAMAZO, G. y BAVIERA, A. de; Documentos inéditos…,op.cit.,p.276. 16 de marzo de 1692

[14] Parte de la correspondencia de la marquesa se encuentra en GARCÍA MERCADAL, J.; Viajes de extranjeros por España y Portugal. Desde los tiempos más remotos hasta comienzos del Siglo XX, volumen III. Junta de Castilla y León, reedición 1999. En concreto, a este respecto hacen referencia la Carta II fechada en Madrid el 18 de febrero de 1693 y la Carta V fechada el 2 de abril.

[15] Esta posibilidad es analizada en QUIRÓS ROSADO, R.; “Hault et puissant price, mon très cher et très aymé bon cousin et nepveu. El archiduque Carlos y la Monarquía de España (1685-1700)” en Mediterranea – ricerche storiche –, nº33 Anno XII. Palermo, 2015, p. 52.

[16] MAURA GAMAZO, G. y BAVIERA, A. de; Documentos inéditos…op.cit.,p. 361. 22 de noviembre de 1693

[17] Ídem., p.p. 407-408. 2 de julio de 1694

[18] Ídem., p. 421 y p. 425. 11 de agosto de 1694 y 13 de septiembre de 1694

[19] Ídem., p.p.432-434 . 6 de octubre de 1694

[20] En estos términos se expresa el diplomático Baumgarten en una carta al Elector de Baviera. También relata esta situación al Elector el enviado Lancier en la misma fecha.  MAURA GAMAZO, G. y BAVIERA, A. de; Documentos inéditos…op.cit.,p.p. 448 y 449. 23 de diciembre de 1694

[21] MAURA GAMAZO, G. y BAVIERA, A. de; Documentos inéditos…,op.cit.,p. 449. Finales de 1694

[22] No debemos perdernos con “los alemanes”. Los favorables a la causa austriaca del archiduque eran “los alemanes” de la corte porque eran los más allegados a la reina Mariana de Neoburgo, natural del Palatinado y por tanto “alemana”. Es una coincidencia que el príncipe José Fernando fuera el heredero de Baviera, estado que hoy también es alemán. Pero a finales del siglos XVII los “alemanes” eran los del Palatinado.

[23] MAURA GAMZO, G. y BAVIERA, A. de; Documentos inéditos…, op.cit., p.332 . 25 de junio de 1693

[24] Wiser menciona al Conde de Monterrey, al Marqués de Villafranca, al Conde de Baños  y al Secretario del Despacho Universal, Carnero, todos ellos favorables a la expulsión de los afines a la reina. MAURA GAMAZO, G. y BAVIERA, A. de; op.cit., p.p.454-456.  7 de enero de 1695

[25] Así lo entendía Baumgarten, el enviado del Elector de Baviera. MAURA GAMAZO, G. y BAVIERA, A. de; op.cit., p.453. 6 de enero de 1695

[26] MAURA GAMAZO, G. y BAVIERA, A. de; Documentos inéditos…,op.cit., p.454. Wiser al elector del Palatinado. 7 de enero de 1695

[27] Ídem., p.p.475-476. 4 de febrero de 1695

[28] Ídem., p.p. 483 y 485. Lo corroboraban las misivas de la reina y la Berlips. 5 y 16 de marzo de 1695.

[29] Ídem., .p.p. 482-483. 3 de marzo de 1694

[30] Ídem., .p.484.  Kinsky al embajador en Viena Borgomanero. 7 de marzo de 1695

[31] Ídem., .p.486. 17 de marzo de 1695

[32] Ídem., .p.522. 15 de diciembre de 1695

[33] Ídem., .p.558. La Emperatriz al elector  palatino, 17 de julio de 1696

[34] Ídem., .p.540. Se lo escribe Lancier al elector de Baviera. 26 de abril de 1696

[35] Ídem., .p.567. 13 de septiembre de 1696

[36] Ídem., .p.577. 10 de octubre de 1696

[37] Ídem., .p.586.  8 de noviembre de 1696

[38] Ídem., .p.577.  10 de octubre de 1696

[39] Ídem.,  p.585.  8 de noviembre de 1696

[40] Ídem.,  p.623.  9 de mayo de 1697. Carta de Harrach al emperador respecto al testamento.

[41] Ídem.

[42] PFANDL, L.; Carlos II. Madrid, 1957, p.339

[43] GUERRERO VILLAR, J.; Op.cit., p.73..

[44] DUQUE DE MAURA; Vida y reinado de Carlos II. Madrid, 1990, p.480.

[45] Según GUERRERO VILLAR, J.; EL tratado…,op.cit., p.73 existe un documento en el Legajo 2780 en el que el rey, en 1699, habla de renovar el testamento, por tanto sí que existió un testamento anterior al reconocido en favor de José Fernando en 1699.

[46] MAURA GAMAZO, G. y BAVIERA, A. de; Documentos inéditos…,op.cit.,.p.585

[47] BAVIERA, A. de; Mariana de Neoburgo. Reina de España. Madrid 1938, p.179

[48] COLBERT, J.B., Marqués de Torcy; Memoires du marquis de Torcy. Volumen I. París 1828, p.25 0

[49] PFANDL, L.; Carlos II…, op. cit, p.340

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