El equilibrio entre potencias y la victima que lo posibilitó

El concepto de equilibrio entre las potencias en Europa

La violencia desatada en Europa durante la primera mitad del siglo XVII fue de tal magnitud que generó entre los diplomáticos y políticos de las diferentes cortes del continente la necesidad de impulsar acciones que pudieran poner fin a los diferentes conflictos abiertos entre los estados europeos. Esta sucesión de confrontaciones se consideró una Guerra Civil europea y ha recibido el nombre de Guerra de los Treinta Años. El conflicto incluía no sólo querellas políticas y territoriales a nivel internacional. También las había de carácter religioso e incluso algunas fueron luchas internas dentro los propios reinos y, por supuesto, del Imperio.

Esta generalización de la guerra y sus terribles consecuencias fue lo que provocó la gestación de una somera idea de comunidad internacional que pudiera intervenir en los intereses de todos los estados del continente. Los primeros pasos en busca de un nuevo modo de relación que permitiera a las grandes potencias solucionar sus diferencias fuera de los campos de batalla comenzaron a darse tras el final de esta tremenda guerra.

Con los Tratados de Münster y Osnabruck, recogidos en lo que llamamos comúnmente la Paz de Westfalia, y la posterior Paz de los Pirineos firmada entre Francia y la Monarquía Hispánica se abría paso un nuevo modelo de estructura estatal en el que las naciones-estado comenzaban a tomar forma y paralelamente se comenzaba a desarrollar un sistema diplomático internacional.

Si bien en el tratado de Westfalia no se habla en ningún momento del concepto de equilibrio europeo[1], éste se convirtió en la idea fundamental que los diplomáticos trataron de consolidar durante la segunda mitad del XVII. Pero para que este concepto quedara claramente definido e incluso plasmado en la redacción de determinados tratados, hubieron de sucederse guerras, treguas, pactos secretos, acuerdos comerciales, una revolución en Inglaterra, la derrota de los turcos y, como colofón que diera sentido a todo el proceso, la desmembración de la Monarquía Hispánica. En el presente ensayo, mi objetivo será mostrar como en nombre del equilibrio, se pusieron en cuestión conceptos como la soberanía, la independencia, el derecho de gentes, la razón de Estado e incluso las lealtades dinásticas. Es posible que alcanzar este equilibrio fuera una pretensión cierta, un objetivo manifiesto planteado por la alta diplomacia, por los plenipotenciarios que acudían a negociar los tratados, pero revisando los acontecimientos, se puede llegar a la conclusión de que en realidad la consecución del estado de equilibrio fue más bien una consecuencia, fue el resultado de múltiples acciones previas llevadas a cabo por los diversos protagonistas, que protegían sus propios intereses.

Es difícil considerar que la consecución de este supuesto equilibrio entre las potencias fuera un éxito diplomático o político, cuando a la Guerra de los Treinta Años y a la Paz de Westfalia le van a suceder otros 70 años de guerras casi ininterrumpidas. Guerras, además, en las que los contendientes tuvieron en diferentes momentos, diferentes aliados lo que muestra, y eso trataré de demostrar, que estas primeras décadas de supuesta búsqueda del equilibrio están subyugadas por el interés particular y los anhelos hegemónicos de cada potencia, cada una de ellas con unos objetivos concretos: la hegemonía territorial en el caso de  Francia, la comercial en el de las Provincias Unidas e Inglaterra y la pervivencia imperial con sus implicaciones dinásticas en el Sacro Imperio y la Monarquía española.

Y en medio de este intento de solapamiento de intereses, los territorios de la Monarquía se convirtieron en objeto de reparto, en el botín que los invocadores del equilibrio iban a repartirse argumentando que esa era la mejor opción para evitar un nuevo conflicto. No lo evitaron.

El gran hacedor y deshacedor de los vaivenes políticos de la segunda mitad del Setecientos, Luis XIV, no tuvo ningún inconveniente en plantearse acabar con la unidad de la Monarquía, en amputar sus territorios y en decidir quién y cómo habría de reinar en España, todo ello invocando el sacrosanto nombre de la Paz. Existe una corriente de historiadores que aprecian esta intención, la de la búsqueda de la paz, en los  actos que llevó a cabo, como Christopher Storrs quien afirma que los tratados de reparto entre Luis XIV y Guillermo de Orange fueron y continúan siendo uno de los más notables intentos jamás realizados por responsables políticos para evitar una gran guerra[2]y que  el fracaso de  esas negociaciones dio lugar a uno de los conflictos más largos y más importantes de Europa, la Guerra de Sucesión española[3]. De esta forma lo que realmente se está planteando es el debate acerca de si el fin justifica los medios, es decir, que si el Rey Sol y Guillermo de Orange podían arrogarse el derecho a destruir la Monarquía Hispánica repartiéndose sus territorios para no desencadenar una guerra. Esto nos llevaría a pensar que, en los términos históricos del siglo XVII, el interés de algunos gobiernos y la posibilidad de imponer sus criterios por parte de determinados estados debía considerarse aceptable y ser aceptado.

No todos los historiadores están en esta línea, existen también otras opiniones[4] menos extremas en el grado de ensalzamiento del supuesto pacifismo, que encuentran en los líderes de estos gobiernos, un cierto idealismo político que busca una recomposición geopolítica de Europa. Por tanto, no quiero comenzar a enumerar los acontecimientos ni a valorarlos sin mencionar que la aceptación de los comportamientos, intenciones y hechos desencadenados en nombre del mantenimiento de la paz no ha sido una verdad monolítica e incuestionable, y que durante los siglos XVI y XVII ya se produjeron discusiones político-jurídicas que muestran las múltiples variables que afectaban a la política internacional.

En la Guerra de los Treinta Años germinaron dos embriones fundamentales para el devenir de Europa. Se recuperaron las libertades alemanas frente a las imposiciones del Imperio consiguiendo los príncipes alemanes la libertad de credo, debilitando la influencia de la Iglesia. Por otra parte, la Francia borbónica y de Richelieu y Mazarino había impuesto la fuerza de sus armas y su discurso sobre la España de Olivares y una dinastía en decadencia. Ninguno de los dos argumentos está fuera del debate siguiente. Jean Bodin ya había definido a finales del siglo XVI que el poder del estado no había de estar determinado por la Iglesia (aunque debía respetarla) y que debía recaer en una persona elegida de forma pactada que después tendría autoridad para detentar todo el poder. La emergente Francia de Luis XIV apoyó a los príncipes protestantes alemanes frente al emperador, dando la espalda a la unidad de acción católica y desarrollando un sistema de poder absoluto en el que el Monarca dirigía todos los ámbitos del Estado; este modelo, el del Absolutismo Borbónico, se mostrará más práctico y eficaz en este momento que el de la Monarquía Hispánica que había de respetar las singulares características de cada uno de sus estados y sus libertades.

El modelo de Richelieu comenzaba a priorizar la Razón de interés del rey o príncipe que encarnaba el poder y la soberanía sobre la sola Razón de Estado que defendía Giovanni Botero y que pretendía confesionalizar la acción política reuniendo el poder temporal y el universal para engrandecer el Estado;  a lo largo del XVII Francia se constituye en el baluarte de aplicación del concepto más cercano a Bodin que, además, recibirá nuevas aportaciones; el Duque de Rohan y Samuel Puffendorf profundizaron en este encaje de la razón del interés entre la conservación del estado y el equilibrio de poderes. Puffendorf, que conjugó las teorías de Hobbes y Grocio para avanzar en el Derecho de Gentes y de las Naciones, definió que la voluntad del Estado existe como suma de un conjunto de voluntades individuales que otorgan el poder a un príncipe; este poder ha de sustentarse en dos pactos, uno por el que el gobernante defienda a sus gobernados y otro por parte de los gobernados en el que se comprometan a obedecer los dictámenes del gobernante. La defensa de los gobernados demandaba la consecución de la paz y en la naturaleza del Estado, la paz, debe por tanto ser la situación ideal. 

No está en mi ánimo enumerar y debatir sobre los argumentos políticos, jurídicos e incluso filosóficos que pueden sustentar los conceptos que analizados bajo diferentes prismas conformarán la nueva estructura europea, pero sí que creo necesario extraer de estos postulados algunos de los argumentos que se verán reflejados en los hechos que se produjeron durante el reinado de Carlos II y su sucesión.

El primero de ellos es la soberanía, el segundo es el conflicto entre poder temporal y poder confesional, el tercero es el término de Monarquía Compuesta[5] como un sistema competitivo de estados-nación territoriales y soberanos, el cuarto es la razón de interés como evolución de la razón de estado y el quinto la lucha contra la implantación de una Monarquía universal. Todos ellos van a jugar su papel en el tablero diplomático y van a participar de la recomposición continental.

Pero estos conceptos que articulan el entramado político, jurídico y filosófico que precede a la Ilustración tendrán algunas respuestas desde el ámbito hispano que considero imprescindible poner en valor pese a que la historiografía y el posterior desarrollo de los hechos haya podido condenarlos a un cierto olvido. Los considero necesarios para entender cómo, en el nombre del equilibrio entre potencias, se cometieron frecuentes intromisiones en los tan cuidadosamente definidos conceptos de soberanía y de derecho de gentes. Saavedra Fajardo plenipotenciario en Münster ya percibía la pérdida de la hegemonía española ante la independencia de los Países Bajos. Francisco de Andrea fiscal de Chietti en el Nápoles hispano argumentó contra la reclamación de soberanía sobre el ducado de Brabante por parte de Luis XIV; Pedro González de Salcedo, que estuvo en la negociación de la Paz de los Pirineos, defendió la legalidad de la renuncia de la Infanta Maria Teresa y eximió al rey Felipe IV de las acusaciones sobre él vertidas de haber obligado a la infanta a hacerlo. François de Lisola, borgoñón y enemigo implacable de Francia dirigió sus ataques contra el expansionismo borbónico y defendió la españolidad del Franco Condado frente a la injerencia del Rey Sol contundentemente, la conducta de Lusi XIV es del todo ilegítima y contraria al derecho de gentes (…) es un falseamiento y piratería. Se manifestó contra el designio manifiestamente descubierto de la pretensión de crear una Monarquía universal bajo la dirección de Luis XIV y anticipaba que la desmembración de España era el primer paso hacia ese dominio universal y que la ruina de España sería la ruina de Europa[6]. Unas décadas más adelante, en 1694 el catalán Miguel Francisco de Salvador escribía La verdad política y reflexionaba acerca de que la gran monarquía española había superado su sed de conquista y su nueva disposición se centraba en conservar lo propio[7]. Este concepto reubicaba a la Monarquía en la escena europea y la blindaba de tentaciones hegemónicas imperiales que permitirían introducir a España en la dinámica del Balance of power.

Pero en apenas cinco años, la ciencia de los repartos iba a liquidar la independencia de España, la intervención extranjera se iba a permitir determinar el orden sucesorio e iba a rediseñar la planta del Imperio. La monarquía de Carlos II se convirtió en el objeto del reparto que serviría para crear un supuesto equilibrio que satisficiera a Francia, Holanda e Inglaterra y pudiera ser aceptado por la familia de Viena. Leopoldo esta vez no aceptó, no como había hecho en 1668 y los acontecimientos colocaron a Francia por encima de sus expectativas. Versalles finalmente no encontró objeciones para abandonar ese sistema de equilibrio.

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Carlos II, el Hechizado

Estos son los conceptos y en adelante especificaré los hechos que me llevan a pensar que el equilibrio no fue una verdadera conquista de la diplomacia del siglo XVII, que no puede considerarse el objetivo prioritario de los gobiernos y que no será hasta 1700 cuando las intenciones de pacificación y equilibrio se impongan a las de hegemonía, absolutamente determinantes hasta esa fecha. Dicha fecha supone tan solo el primer paso, el punto de arranque, pero la intención fue rápidamente borrada de la agenda francesa cuando Luis XIV, al iniciarse 1701, aceptó definitivamente el Testamento de Carlos II. El equilibrio del XVII es el resultado del avance expansionista francés que no encuentra suficiente respuesta en el resto de potencias. El equilibrio solo se produjo cuando Luis XIV satisfizo sus demandas y estas se plasmaron en nuevos tratados tras el ruido de las armas. Pero no es un equilibrio a priori, no es un objetivo diplomático, es una consecuencia de una determinada política, agresiva y expansionista. No será hasta el Tratado de Utrecht cuando el concepto de equilibrio verdaderamente se convierta en el objetivo primordial y aún en este caso el equilibrio será precario en determinados aspectos.

Componiendo el “equilibrio” tras la Paz de Westfalia

En el tablero europeo encontramos una Monarquía compuesta y un Imperio de grandes dimensiones con dificultades para ensamblarse políticamente de manera compacta y que diera cabida a la pluralidad de realidades que encerraba. Esta monarquía y este Imperio vivieron la segunda mitad del siglo XVII bajo el reinado de un monarca incapaz, limitado física y posiblemente también mentalmente, excesivamente influenciable y alejado de una realidad que tozudamente reafirmaba su incapacidad para engendrar descendencia, mientras que él seguía, temerariamente, pensando que finalmente la tendría. A lo largo de los años que Carlos II reinó, no se produjo ninguna reacción por parte de la aristocracia, ni de la nobleza españolas que en ningún momento plantearon la posibilidad de hacer brotar una alternativa interna a la Casa de Austria. España gritaba “¡Viva el Rey y muera el mal gobierno!” culpando al entorno del monarca de los males del imperio. Cuando los tratados de reparto, que urdieron franceses y austriacos con el arbitraje inglés, se conocieron, la indignación surgió como reacción a la intromisión de monarquías extranjeras que pretendían arrogarse el derecho de desmembrar la Monarquía. A partir de ese momento el Consejo de Estado, compuesto por quienes deberían defender a ultranza el bien común de los españoles, comenzó a plantearse la opción de encomendarse a un poder extranjero superior que mantuviera los territorios unidos y evitara la desmembración. Podía ser el mal menor en un momento en que la incapacidad del Rey para engendrar era manifiesta y la Sucesión podía suponer la disolución de la Monarquía.

Frente a la descomposición que se intuía iba a sufrir la rama occidental del Imperio de los Habsburgo, Austria pese a sufrir la intromisión francesa en Westfalia y acceder a la libertad de culto por parte de los príncipes alemanes, iba a reforzar su poderío expulsando a los turcos de Hungría y engrandeciendo sus dominios. Su empeño en acabar con el poder otomano y la conformación de la Liga Santa con el Papa, Venecia, Polonia y Lituania, alejó a Leopoldo I de la primera línea de la disputa sucesoria en España, pero nunca perdió de vista ni renunció a lo que consideraba su derecho irrevocable basado en dos hechos:

– Una lejana manifestación del Emperador Carlos V que establecía que si una de las dos ramas Habsburgo quedaba sin descendencia, la otra habría de sucederla en el trono

– La renuncia de Maria Teresa, la esposa de Luis XIV hija de Felipe IV y Maria Luisa de Orleans (por tanto, hermana por parte de padre de Carlos II) al trono de España, lo que convertía a Margarita, la esposa de Leopoldo y hermana por parte de madre y padre de Carlos II, en posible depositaria de los derechos sucesorios.

Leopoldo además creía contar con el apoyo de la segunda esposa de Carlos II  en la Corte de Madrid, pero el comportamiento de Mariana de Neoburgo finalmente se mostró errático e ineficaz pese a su innegable capacidad de influencia en el monarca. Leopoldo midió mal, sobrevaloró sus bazas y no contó con la animadversión que su “partido”, bajo la dirección del embajador Harrach, generó en Madrid debido a su prepotencia y malos modales y a la antipatía que generó el abandono de Barcelona cuando fue atacada por Luis XIV. Curiosamente el bombardeo al que sometió el duque de Vendome a Barcelona durante el verano de 1697 tuvo peores consecuencias para el bando austracista que para el borbónico. Se culpó tanto o más al Emperador por su inacción que a los responsables del bombardeo.

Francia, una vez que superó las guerras de religión, comenzó a constituirse como un poderoso estado unitario donde un rey sería la cabeza visible de la soberanía y donde la intromisión de la religión en la política quedaba relegada a un segundo plano por el Absolutismo borbónico. Los reyes franceses Luis XIII y Luis XIV se rodearon de brillantes figuras como Richelieu, Mazarino o Colbert que colocaron a Francia a la cabeza de las potencias europeas. El pragmatismo de Luis XIV, permitía al Rey Cristianísimo pactar con las potencias protestantes, apoyar a los luteranos alemanes y tratar de disminuir el poderío de la católica España por todos los medios. La religión no fue una barrera que limitara el alcance de sus actos.

Richelieu en una pintura de Philippe de Champaine

 

Las Provincias Unidas se habían convertido en una república independiente tras el Tratado de Munster, uno de los dos componentes de la Paz de Westfalia, (el otro fue el de Osnabruck), y rápidamente se convirtieron en una potencia naval capaz de enfrentarse a los franceses y a los ingleses para defender el comercio, su principal fuente de riqueza. La república llegó a mantener unas muy buenas relaciones con sus antiguos dominadores españoles lo que propició incluso algunas alianzas entre ambas potencias. Pero los Paises Bajos españoles siempre fueron un objetivo de Luis XIV, lo que alteraba considerablemente la percepción que de la paz tenían sus vecinos protestantes del norte. Tras las importantes victorias en el Océano que había conseguido el comandante De Ruyter, Francia logró alcanzar la primacía en los mares cuando el mariscal Duquesne derrotó a la armada hispano-neerlandesa en el Mediterráneo, en Sicilia. Holanda comenzó entonces una dura crisis que terminó con la llegada al poder de Guillermo de Orange.

La emergente figura de Orange será una de las responsables del distanciamiento entre Holanda y España. El nuevo estatúder desembarcó en Inglaterra en 1688 reclamado por los lideres protestantes ingleses como esposo de la futura reina Ana. El acercamiento a Inglaterra no solo alejó definitivamente a holandeses y españoles, sino que generó una profunda desconfianza en Luis XIV respecto a Guillermo.

En cuanto a Inglaterra, las vicisitudes que atravesó hacen difícil entender como en pocas décadas consiguió convertirse en el fiel de la balanza de poder. En 1649 su rey era decapitado, Cromwell se convertía en Lord Protector y lanzaba a Inglaterra a dominar los mares. Tomaba Jamaica en 1655 y su flota optaba por un “modo de comercio alternativo” bastante semejante a la piratería. Pero la Republica inglesa no sobrevivió y se produjo la Restauración monárquica en la figura de Carlos II. Pero su sucesor, el duque de York y futuro Jacobo II de Inglaterra abrazó el catolicismo en 1668 y se casaba con una princessa italiana, María de Modena, en quien los protestantes ingleses veían una agente del Papa.

Si bien Jacobo tenía dos hijas vivas cuando llegó al trono, fruto de su primer matrimonio, con Ana Hyde (murieron otros 6 hijos de su primer matrimonio) cuando aún profesaba la religión anglicana, la posibilidad de un retorno al catolicismo existiría en el caso de que engendrara un varón. Cuando Jacobo II anunció que la reina María de Módena había concebido un heredero, el protestantismo inglés, liderado por los aristócratas Whig, desencadenó la Gloriosa Revolución y situó a Gulliermo de Orange en el trono.

Francia apoyó incondicionalmente el jacobismo y alentó una invasión de Irlanda; la resistencia inglesa fue llevada al límite, pero el triunfo revolucionario asentó a Guillermo que además se unirá a la Liga de Augsburgo que se enfrentará a Luis XIV tras su nueva aventura, esta vez por las riberas del Rhin. La Guerra que se desencadenó, la Guerra de los Nueve Años supone, en mi opinión, el cambio del escenario europeo ya que por primera vez Luis XIV encuentra una feroz resistencia.

Estas son las principales potencias protagonistas de las querellas del Seiscientos y esta era la situación política en la segunda mitad del siglo XVII

Para desentrañar el significado del equilibrio de potencias a partir de 1648 me parece oportuno analizar unos pactos y conflictos concretos generados entre estos estados que permite clarificar los objetivos de cada una de ellas y valorar su posible identificación con un presunto sistema de equilibrio.

El primer conflicto fue la Guerra de Devolución desencadenada por Luis XIV argumentando no haber recibido la dote de la infanta española Maria Teresa de Austria, su primera esposa. Ocurrió entre 1667 y 1668, la débil Monarquía Hispánica no pudo resistir al empuje del Borbón que invadió los Paises Bajos españoles. La amenaza francesa provocó la reacción de suecos, holandeses e ingleses que habían visto en la debilidad española una ventana para entrometerse en los Países Bajos. Ahora percibían que esta opción podía enturbiarse debido al expansionismo francés, de modo que conformaron la Triple Alianza de La Haya para detener al Rey Sol.

 Luis XIV sometió Charleroi, Tournai y el Franco Condado antes de que los aliados consiguieran que Luis XIV firmara la Paz de Aquisgran. Francia devolvía el Franco Condado y parte de las conquistas en Flandes, pero mantuvo plazas suficientes para constituir la llamada barrera fronteriza (Armentieres, Lille, Courtroi, Charleroi, Tournoi, Oudenaarde…). En este conflicto podemos establecer el inicio de la enemistad entre Francia y las Provincias Unidas.

Luis XIV ya había conseguido mermar el control español de Flandes. Pero este triunfo no era suficiente para el Borbón.

A la vez que se negociaba la Paz de Aquisgrán que daba por finalizado el conflicto, Luis XIV proponía al emperador Leopoldo, en el más absoluto de los secretos, un tratado para repartirse la Monarquía española si Carlos de Austría fallecía antes de dejar un heredero . Carlos II era un niño débil y muy limitado; no parecía que su vida se fuera a prolongar demasiado. Sorprendentemente, a mi juicio, Leopoldo aceptó un acuerdo que, si bien limitaba mucho las pretensiones iniciales de Francia, aceptaba finalmente a los borbones franceses como unos posibles rivales en la pretensión al trono de los Austrias españoles y no defendía la integridad de los territorios de los Habsburgo occidentales. El llamado Tratado de Grémonville, que se mantuvo en secreto, otorgaba a Francia Nápoles y Sicilia en territorio italiano, los Países Bajos, el Franco Condado y Filipinas. La integridad de la planta peninsular se rompía con la incorporación de Navarra y Roses al reino de Francia.

http://reinadodecarlosii.blogspot.com.es/2010/09/el-primer-tratado-de-particion-de-la.htm

Este Tratado anuncia una conformación de equilibrio bipolar, donde el Imperio y Francia se repartirían la Monarquía Hispánica sin contar con ninguna otra nación… ni con los españoles. El concepto de soberanía y el ius Gentium no eran una prioridad ni para el Emperador ni para Luis XIV.

Pero Luis XIV no quedó del todo satisfecho con lo alcanzado en Aquisgrán, de modo que trató de que las Provincias Unidas se aliaran con él para arrebatar definitivamente Flandes a los españoles. Pero no consiguió romper la alianza de intereses entre los holandeses y su antigua metrópoli (recordemos que, hasta la llegada de Guillermo de Orange, las relaciones entre españoles y holandeses eran muy amistosas).

El Rey Sol no podía aceptar que una pequeña república se le resistiera de manera que busco un argumento para atajar el desafío holandés. En este caso decidió añadir la religión a las maniobras diplomáticas. Para combatir a los calvinistas holandeses se garantizó el apoyo del Obispo de Munster y el arzobispo de Colonia que permitió un ataque desde Lieja y, por otra parte pudo seguir contando con el apoyo de Carlos II de Inglaterra, anglicano él.  Los ejércitos franceses avanzaron por Maastrich y Utrecht. Jan de Witt[8] no consiguió detener la invasión y fue derrocado y asesinado posteriormente en La Haya.

Guillermo de Orange, en nada ajeno a los hechos referidos y sufridos por de Witt, se convirtió en el nuevo estatúder de Holanda. El Imperio, la Monarquía española y el elector de Brandemburgo tuvieron que intervenir ante la nueva expansión francesa que amenazaba a ciudades fronterizas del Sacro Imperio y a los Países Bajos españoles. Planificaron los ingleses y franceses una invasión desde el mar, pero la flota dirigida por el Almirante de Ruyter destrozó en cuatro batallas a la armada inglesa obligando a estos a retirarse de la Guerra ante la presión del pueblo inglés, poco proclive a mantener una alianza con el Rey católico francés frente a una república protestante.

Luis XIV no dudó en llevar la guerra al Mediterráneo y obligó a la flota holandesa a combatir junto a la española. La armada aliada sufrió una grave derrota frente al Mariscal Duquesne que supuso el, anteriormente mencionado, grave retroceso en el desarrollo comercial y naval de Holanda, que se vio obligada a romper la alianza con su antigua metrópoli.

La Paz de Nimega de 1678 suponía otro paso adelante en el avance hegemónico del Rey Sol, esta vez ya no devolvería el Franco Condado a España, tan solo accedió a intercambiar algunas plazas flamencas (Ypress, Valenciennes, Cambrai…). Su último movimiento había tratado de movilizar a católicos contra protestantes, hecho que consiguó al conseguir el apoyo de Munster y Colonia. Pero su actitud también había sido la responsable de propiciar una, difícilmente imaginable, alianza de católicos, españoles, y calvinistas, holandeses. No obstante, esta alianza se quebró cuando cambió el liderazgo en Holanda.

Pero, sobre todo, había generado más disputas internas en la Inglaterra restaurada, cuya facción anglicana, no aprobaba alianzas con Luis XIV. Guillermo de Orange se había erigido en verdadero líder protestante en Holanda y como tal comenzaba a ser visto en Inglaterra. Desde el momento en que Carlos II muere en 1685 y accede al trono Jacobo, convertido al catolicismo, la monarquía inglesa vuelve a convulsionar. La resolución del conflicto parecía tener un resultado contradictorio. Su ataque a Holanda había encumbrado a uno de sus mayores enemigos, Guillermo de Orange lo que, por otra parte, había provocado la fractura entre las Provincias Unidas y España.

Guillermo de Orange, destacado calvinista y enemigo del Cristianísimo Rey Sol, se convertiría más adelante en una de las piezas que Luis XIV movería para lograr sus objetivos.

 

Guillermo de Orange

Pero aún habría de transcurrir más de una década para que ese acercamiento se produjera. Entre tanto, el nuevo objetivo de Luis fue la zona del Rhin. Su cuñada Isabel reclamaba derechos sucesorios en el Palatinado frente a la dinastía Neoburgo. Leopoldo no tardó en percibir el problema que se cernía sobre un territorio alemán, de modo que formó la llamada Liga de Augsburgo en 1686 que incluía a Suecia, Provincias Unidas, España, Portugal, Brandemburgo, Baviera y el Sacro Imperio. Efectivamente el Palatinado fue atacado en 1688 y la Liga se movilizó. En 1689 la Inglaterra, de nuevo anglicana con Guillermo de Orange en el Trono, se unía a la Liga creándose la Gran Alianza. A esto le podríamos llamar “Todos contra Luis XIV”.

El conflicto se generalizó y la Guerra de los Nueve años se desarrolló en el mar, en América, en Cataluña, en el Rhin y en los Países Bajos. Esta Alianza sí que plantó cara a Luis XIV; las victorias inglesas de Barfleur y La Hogue debilitaron a la armada francesa. En tierra la guerra se decantaba del lado de los hombres de Luis XIV, pero la muerte de Henry Francoise de Montmerency supuso un duro revés para los franceses que en 1697 aceptarán firmar la Paz de Ryswick.

Algo había cambiado, Guillermo de Orange y el Emperador se habían aliado para frenar al Borbón y lo habían conseguido, Luis XIV obligado por la hostilidad de Europa parece descubrir el precio de la sabiduría y la moderación[9]. España volvía a quedar maltrecha y sojuzgada en sus posesiones, pero, a pesar de todo, el Rey francés no fue excesivamente exigente con las condiciones acerca de la Paz con la Monarquía Hispánica. Ya pocos dudaban de la cercanía de la muerte sin descendencia de Carlos II, Luis XIV no quería enemistarse más con la sociedad española de cara a un posible intento de optar al trono español, más aún después del bombardeo de Barcelona, así que optó por mostrarse magnánimo y generoso en las negociaciones en un claro movimiento táctico.

Desde la firma de la Paz de Westfalia, Europa se había visto sacudida por continuas agresiones francesas a la soberanía e integridad de otros estados. La soberanía de estos estados y el statu quo reinante, habían sido reconocidos en Westfalia, por tanto, cualquier agresión a los mismos no debería haber tenido cabida en el entramado diplomático europeo.  

Cada potencia tuvo que buscar en los sucesivos Tratados de Paz de Aquisgrán, Nimega y Ryswick, una situación de equilibrio con Francia que fuera aceptable para el Rey francés y sus pretensiones hegemónicas. Curiosa forma esta de equilibrar las relaciones diplomáticas cuando todo el peso de la negociación y el dictado de condiciones lo lleva a cabo una sola de las partes. En el caso de la Monarquía de Carlos II, el acoso sufrido por parte de las delegaciones francesas había sido una constante y los territorios del Imperio habían sido continuamente depredados por los plenipotenciarios el Rey Sol

Vamos a ver como en nombre de la consecución del equilibrio de potencias se va a desmembrar es la Monarquía española, un Imperio que desde Westfalia había perdido territorios continuamente a manos de Francia. La imposición de una monarquía universal podía lograrse por parte de Francia o de Austria, pero no ya, como ocurriera a comienzos del siglo XVI, de la debilitada España. El Imperio español ya sólo era percibido como un posible problema si, en su integridad, pasara a formar parte de alguno de los dos poderes que se arrogaban los derechos sucesorios.

El inmenso imperio que había logrado crear España en el pasado era lo que había ahora que repartir para no fortalecer desmesuradamente a una sola potencia. El equilibrio se basaría en la descomposición y humillación de este estado compuesto, pasando por alto todos y cada uno de los argumentos que la protoilustración podía haber invocado en defensa de la libertad, la soberanía de las naciones.

El botín era demasiado suculento, así que, cuando en Madrid, por fin, se nombró un heredero y Carlos II pretendió, al menos durante unas semanas, dirigir el propio destino del Imperio, las potencias preponderantes descubrieron su verdadero objetivo. No era el equilibrio entre ellos lo que en realidad se plantearon; el equilibrio se podría haber mantenido con una Monarquía en decadencia, pero independiente. Fue el intento de alcanzar la hegemonía y el engrandecimiento particular de cada una de ellas el único argumento que plantearon al planificar el reparto del Imperio español.

La herencia de Carlos II. Repartos, herederos y testamento

Leopoldo I propició el matrimonio de Maria Antonia, nacida de su matrimonio con Margarita de Austria, hermana de Carlos II, con el príncipe Maximiliano de Baviera. De este enlace nació un niño, José Fernando de Baviera, bisnieto de Felipe IV y sobrino-nieto de Carlos II. Se convertía en la más firme y directa línea de sucesión al trono de su tío abuelo. Carlos II le nombró heredero de todos sus territorios en 1696 debido a la continua presión de su madre Mariana de Austria (la esposa de Felipe IV). Este nombramiento, en principio, no parecía perturbar a franceses ni austriacos. Una casa menor dentro de las dinastías europeas, la bávara de Wittelsbach, podía reinar sin incomodar excesivamente a nadie.

Luis XIV y Leopoldo tenían legítimas, aunque lejanas, aspiraciones al trono español. Ambos podían reclamar ser los detentadores de la legítima línea sucesoria. Tenían el mismo parentesco con Carlos II; en primer lugar, eran sus cuñados casados con las hermanas de Carlos, María Teresa y Margarita y a su vez eran primos hermanos, nietos los tres de Felipe III: Carlos fue el hijo varón de Felipe IV, Luis XIV fue hijo de Luis XIII y la Infanta Ana y Leopoldo fue hijo de Fernando III y la Infanta María. Francia podía argumentar una preponderancia en la línea[10]  ya que las esposas francesas de Luis XIII, Ana, y de Luis XIV, María Teresa, eran mayores que las casadas con los emperadores, María con Fernando III y Margarita con Leopoldo. Pero la pretensión francesa tenía un punto débil, la renuncia de los derechos a la Monarquía española por parte de María Teresa al casarse con Luis XIV; además el testamento de Felipe IV la excluía de la sucesión caso de que Carlos no tuviera descendencia y depositaba el derecho en Margarita, que por otra parte, era la hermana de padre y madre de Carlos II (María Teresa era hija del primer matrimonio con Isabel de Borbón mientras que Margarita y Carlos eran hijos de Mariana de Austria). Leopoldo I y Luis XIV eran conscientes de que no podrían obtener la corona hispánica para su persona, ya que, el resto de potencias, no consentiría ni una nueva unión del imperio Habsburgo ya vivida con Carlos V, ni la unión de Francia y España. Los protagonistas deberían ser los descendientes que no fueran a reinar en sus respectivos países. Por tanto el segundo hijo del Delfín, Felipe, Duque de Anjou y María Antonia hija de Leopoldo y Margarita podían ser los más firmes aspirantes, el hijo varón mayor del Emperador, José quedaba imposibilitado por el mismo argumento que el Delfín y sería su hermano, el Archiduque Carlos, el pretendiente por la línea austriaca por detrás de María Antonia.

Leopoldo I
Luis XIV

Así que, ni Leopoldo I ni Luis XIV iban a tolerar quedarse fuera del reparto de territorios, y no respetaron el soberano derecho del rey de España a testar libremente. Luis XIV, entonces, fue capaz de olvidar su animadversión hacia Guillermo de Orange y le planteó el denominado Segundo Tratado de Reparto en el que las potencias marítimas podrían reclamar una importante presencia en las plazas atlánticas y mediterráneas para reforzar su posición comercial. Francia a través del Delfín recibiría Sicilia y Nápoles, los presidios de Toscana, Finale y Guipúzcoa; el Emperador recibiría el ducado de Milán que sería entregado a su hijo, el Archiduque Carlos. José Fernando de Baviera, el niño, mantendría la Península de la que se habría desgajado Guipúzcoa y las Indias. Inglaterra y Holanda no veían comprometido su comercio y conseguían que el imperio ultramarino español fuera a parar a una dinastía bávara que gobernaba en unos territorios alejados del mar y que no tenía ninguna vocación atlántica (ni mediterránea).

En cuanto se conoció en España la existencia de este Tratado el Rey reafirmó su testamento en favor de José Fernando de Baviera. Debemos pensar que la búsqueda del ansiado equilibrio no contemplaba la existencia de la España imperial, había que acabar con ella. ¿Era esta, realmente, la forma de evitar una guerra en Europa? ¿Era esta la forma de satisfacer el apetito hegemónico del Rey Sol? ¿Podría con esto calmarse a un Emperador que se creía dueño de los derechos sucesorios en su totalidad?

Pues no lo podemos saber ya que, el príncipe bávaro falleció en 1699. Su padre, Maximiliano Manuel de Baviera aparecía como depositario del derecho de su hijo en el segundo tratado de reparto en caso de que éste falleciera tal y como finalmente ocurrió (lo que incluso motivó rumores acerca de la responsabilidad del padre en la muerte del niño que nunca se han probado) pero Francia e Inglaterra optaron por no tenerlo en cuenta.

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El Príncipe Jose Fernando de Baviera por Jose Vivien

Y ¿qué hicieron entonces? Pues pactar un nuevo Tratado. España era un convidado de piedra; el que había sido el mayor imperio europeo no era tenido en cuenta para decidir su disolución.  Era el momento de liquidar su despótico poder para siempre. El despotismo francés no era objeto de debate.

El tercer Tratado de Reparto está siendo admitido historiográficamente como el momento de mayor generosidad por parte de Luis XIV o, al menos, como el de menor agresividad hacia sus rivales. Tras la muerte de José Fernando el testamento de Carlos II no tenía efecto alguno y nadie tomaba en serio la posibilidad de que Maximiliano Manuel de Baviera reivindicara sus derechos. El rey francés volvía a pactar un reparto con Guillermo de Orange, el holandés flamante Rey de Inglaterra, para presentárselo al Emperador y alcanzar un pacto que evitara un conflicto entre Francia y Austria.

Pero el Emperador llegado este punto no parecía estar dispuesto a conformarse con lo que Francia le ofrecía. Leopoldo aún está convencido de que recibirá la Monarquía completa en el testamento de Carlos II.

Pero Luis XIV no está mostrando todas sus bazas.  La opción de llevar a cabo una operación militar siempre estuvo presente en sus pensamientos. Las últimas comunicaciones e indicaciones a Blecourt, el representante francés en la Corte de Madrid, así lo atestiguan[11]. El rey francés tanteó entonces dos vías:

-Conocedor de que el Cardenal Portocarrero, máxima figura del Consejo de Estado y única persona con acceso directo e influencia sobre Carlos II, que parecía haber tomado partido por una sucesión en el segundogénito del Delfín[12], podía optar por esperar y que, efectivamente, se produjera este desenlace.

-Pero, por si algo pudiera torcerse, trató de presionar al Emperador para que aceptara el reparto de los territorios de Carlos II que él le había propuesto. Era mejor ese reparto que la posibilidad de que la Monarquía, completa, fuera a parar a los Habsburgo de Viena.

Por tanto, Luis XIV lo que en realidad hizo fue garantizarse la elección del casus belli. Si su nieto era el elegido, podría optar entre cumplir con el Tratado y acercarse a Inglaterra y Holanda renunciando al Testamento en favor de su familia o, por el contrario, renunciar a este Tratado y enfrentarse a todos aceptando la herencia completa de Carlos II. El Rey Sol era quien iba a decidir el destino de Europa en este caso. Podía aceptar la herencia y reunir bajo su dinastía el Imperio europeo español, América y Filipinas o en un alarde de magnanimidad renunciar a tal herencia y repartirla con la otra dinastía aspirante, la de Leopoldo I, los Habsburgo de Viena.  En este caso, sólo él podría evitar la guerra en Europa.

 Si la decisión de Carlos II hubiese sido entregar todo su Imperio a Viena, Luis XIV hubiese invocado el Tercer Tratado para obligar a Leopoldo a no aceptar la herencia y repartir los territorios. Si Leopoldo no aceptaba, habría guerra en Europa.

Como dijo el Cardenal Portocarrero en el voto que emitió en el Consejo de Estado en septiembre de 1700, haciendo o no haciendo, está la guerra en casa[13]. Por cierto, aquel Consejo de Estado decidió mayoritariamente instar al monarca a que entregara la herencia a Felipe de Anjou, segundogénito del Delfín de Francia y nieto de Luis XIV. Era el tercero en la línea sucesoria del reino de Francia tras su padre el Gran Delfín Luis y su hermano, también Luis, duque de Borgoña.

Y después de todo, la guerra

Carlos II siguió el consejo de Portocarrero y la mayoría pro borbónica del Consejo y entregó la totalidad de sus dominios al Duque de Anjou lo que, aunque fuera de manera indirecta, era percibido como un gran avance en la conquista de la hegemonía europea por parte de Francia que colocaba a un nieto del Rey Sol en el trono de Madrid.

Décadas de estrategias, pactos y repartos quedaban enterradas cuando Luis XIV confirmaba que aceptaba el testamento y renunciaba a cumplir el Tercer Tratado de Reparto. Inglaterra y Austria fueron entonces las encargadas de conformar una alianza para enfrentarse al poderío francés. Se planteaba una dramática lucha para evitar la hegemonía francesa, ahora sí que podemos pensar que lo que se dirimía efectivamente era el establecimiento de una política de equilibrios de fuerzas[14]. Pero las fuerzas deberían equilibrarse tras una nueva guerra. El Rey Sol no renunció a su sueño hegemónico y podemos estar seguros de que tampoco lo hubiera hecho Leopoldo si su hijo, el Archiduque Carlos, hubiera sido el beneficiado. Nadie negoció pensando en una renuncia a priori que evitara la Guerra de Sucesión.

El resultado final de todo el proceso me reafirma categóricamente en la opinión de que los movimientos de Guillermo III de Orange y Luis XIV para limitar, amputar o minimizar las disposiciones del testamento que Carlos II redactó en favor de José Fernando de Baviera, fueron una verdadera falta de respeto a la soberanía española que se representaba en la última voluntad de Carlos II y si Leopoldo y Luis XIV hubieran tratado de imponerlas habrían mostrado su verdadero rostro. No cabe hablar de las bondades de ninguna política de equilibrio si para implantarla hay que pasar por encima de una nación.

Luis XIV tardó poco en aceptar la decisión soberana de Carlos II; el botín recibido merecía hacer un esfuerzo por conservarlo. En el peor de los casos, si no lograba contener a la coalición formada en su contra, sus ambiciones iniciales, aquellas que planteaba en los infames tratados de reparto, se verían cubiertas en la negociación de un armisticio. En el mejor, una victoria, la capacidad de influencia del Rey Sol sobre su nieto situaría a Francia en una posición absolutamente privilegiada en lo territorial y en lo comercial.

Pero ni siquiera estos horizontes saciaban sus ambiciones hegemónicas[15]  y Luis XIV no perdió de vista la posibilidad de unificar la corona francesa y la española, algo expresamente prohibido en el testamento del último Austria. ¿Resulta aún posible pensar que en 1700 Luis XIV estaba sinceramente comprometido con la consecución del equilibrio en Europa?

La reedición de la Gran Alianza se enfrentó al poder de Luis XIV desafiando la toma de posesión del Duque de Anjou como rey de España. El sangriento conflicto se desarrolló durante más de una década y afectó a varios países de Europa, no sólo a España. El Archiduque Carlos, segundo hijo de Leopoldo I se proclamó, a su vez, rey de España y recibió el apoyo de la mayoría de Cataluña, gran parte de Valencia y del resto de la Corona de Aragón. Ambas dinastías, no obstante, dispusieron de partidarios y detractores en todos los reinos y regiones de la Monarquía.

Pero un hecho vino a determinar un cambio definitivo en el conflicto, la muerte del Archiduque José de Habsburgo y Neoburgo, el hermano mayor del Archiduque Carlos. Esto suponía que la posibilidad de que el Imperio completo recayera en Carlos se convertía en un riesgo muy cierto. Esto provocaría que el poder hegemónico basculara hacia Viena en caso de que la Gran Alianza consiguiera la victoria ya que el Archiduque Carlos reuniría de nuevo el Imperio completo tal y como ocurrió durante los días del Emperador Carlos V de Alemania y I de España.

A Inglaterra ya no le seducía en absoluto esta posibilidad y abandonó la lucha. El desgaste y el desinterés por la causa Habsburgo de las potencias marítimas propiciaron la negociación de la Paz que concluyó con el Tratado de Utrecht.   

La Paz de Utrecht, nuevas perspectivas.

En su Artículo 2º, el Tratado de Utrecht dice:

      (…) y queriendo arrancar del ánimo de los hombres el cuidado y sospecha de esa unión, y establecer la paz y tranquilidad del orbe cristiano con el justo equilibrio de las potencias (que es el mejor y más sólido fundamento de una amistad recíproca y paz durable) han convenido así el Rey Católico como el Cristianísimo en prevenir con las más justas cautelas que nunca puedan los Reinos de España y Francia unirse (…)

La paz de Utrecht se construyó en un proceso diplomático ya bien delineado sobre las renuncias dinásticas solemnes de los borbones y las cesiones comerciales[16]. La nación a la que se impusieron mayores sacrificios fue a España que perdió los Países Bajos, Italia, Menorca, y Gibraltar bajo la solemne invocación a las bondades del equilibrio. El comercio inglés resultó protegido y el Reino (ya) Unido se garantizó su presencia en el Mediterráneo obteniendo la posesión de Menorca; desde este momento dominó los mares y océanos ya que, además, recibió de Francia Terranova y la Bahía de Hudson. El Imperio austriaco se instaló al Oeste de Francia, su gran rival; reforzó la Barrera de los Países Bajos y recibió la Italia española, Milán, Nápoles y Cerdeña. Ni siquiera salió indemne el territorio ultramarino español y la Colonia de Sacramento quedó en manos portuguesas.

http://www.ihistoriarte.com/2013/09/la-guerra-de-sucesion-espanola

El equilibrio bipolar propuesto por Luis XIV a Leopoldo en 1668 evolucionaba, medio siglo después, hacia un modelo triangular en el que Inglaterra se convertía, como su historiografía invoca, en el fiel del Balance of Power y las relaciones comerciales en protagonistas de los acuerdos y negociaciones.

Las sombras de Utrecht, la desmembración de España y la conformidad con el tráfico de esclavos a través del Asiento de negros entregado a los británicos, no parecen oscurecer en absoluto el triunfo de la doctrina del equilibrio.

 Pero éste siguió siendo precario. Pronto Felipe V reivindicaría los derechos de su esposa, Isabel de Farnesio, en Italia, y Francia e Inglaterra iniciarían una creciente rivalidad que trajo consigo nuevos conflictos a lo largo del siglo XVIII. En ellos se vio envuelta España debido a los Pactos de Familia suscritos entre los Borbones.

Como indicaba Charles Irenée Castel, abad de Saint Pierre, la ambición de los reyes y su ansia de expansión territorial hacían inevitable el equilibrio europeo, por lo que sería conveniente racionalizar la política y establecer leyes por encima del poder imperante de las dinastías[17]. Aquella fue una primera visión de la unidad europea.

A modo de resumen  

La historiografía y la literatura política y jurídica han convenido que el equilibrio entre las potencias europeas tras los resultados de la dramática Guerra de los Treinta Años es la principal cuestión política desarrollada en Europa a partir del establecimiento de la Paz de Westfalia en base a los tratados de Osnabruck y Munster y la posterior Paz de los Pirineos. Las naciones trataron de impedir que un solo poder se impusiera a los demás y pudiera mantener una hegemonía sobre Europa.

Esta composición de lugar, que se sostiene y se demuestra por el espíritu negociador e incansable que los embajadores plenipotenciarios mostraban en las sucesivas negociaciones de paz, -Aquisgrán, Nimega o Ryswick-, para alcanzar acuerdos que satisficieran a los contendientes y detuvieran los conflictos, no parece haber calado muy profundamente en aquellos que verdaderamente conducían los destinos de los estados, ya fueran un rey, un estatúder o un emperador. El propio interés, los intentos de expansión territorial y la búsqueda de mejores posiciones comerciales fueron continuamente cuestiones que pusieron en jaque la consecución del estado de equilibrio. No se puede establecer como axioma que el equilibrio de fuerzas fue el prioritario objetivo político de la segunda mitad del XVII sin introducir en el debate todos los condicionantes que llevaba aparejados tal pretensión, ya que eso ofrece una valoración incompleta de la realidad. Si el equilibrio es considerado un objetivo político, debe serlo en una posición secundaria ya que en primer lugar encontramos la búsqueda del beneficio propio, el interés particular y la búsqueda de la hegemonía.  No hay ninguna pretensión de equilibrar fuerzas con ninguna potencia en las decisiones unilaterales de Luis XIV de atacar el orden establecido en Flandes, los Países Bajos, Cataluña o el Palatinado, sólo hay una clara pretensión hegemónica. A su vez las respuestas que recibe por parte del resto de la Comunidad internacional se producen para salvaguardar los propios intereses e impedir que los territorios de cada uno puedan llegar a verse afectados por las ambiciones francesas. El equilibrio nace del concepto de “mal menor”.

Pero en medio de las continuas pretensiones del Rey Sol, un problema estructural vino a condicionar el devenir de Europa: el choque diplomático que desde 1668 hasta 1700 planteó la trascendental sucesión al trono de Carlos II. Protegidos por el argumento de su anhelo de conseguir la paz, Francia, el Imperio, Inglaterra e incluso las Provincias Unidas articularon tres tratados de reparto de la Monarquía en lo que se conoció como la nueva ciencia de repartos[18]. Ninguno de ellos respetaba ni la soberanía del rey de España para decidir a quién entregaba su herencia, ni respetaban la integridad territorial del Imperio español, ni tan siquiera la integridad de la planta peninsular.

Cuando Carlos II eligió heredero a José Fernando de Baviera, debería haberse facilitado el mantenimiento del orden nacido en Westfalia, ya que el príncipe no pertenecía a ninguna de las Casas reinantes de las dos potencias preponderantes y a la vez mantenía una línea sucesoria directa incontestable con los Austria ya que era bisnieto de Felipe IV. Pero Luis XIV y Leopoldo se negaron a que este proceso sucesorio dejara al margen sus pretendidos derechos -sin duda existentes, pero no mayores en ningún caso que los de José Fernando- y llegaron a un acuerdo que, vergonzosamente, limitaba el valor del testamento y entregaba territorios a ambas potencias. La independencia española y su soberanía no eran tenidas en cuenta por las potencias extranjeras. La realidad es que España y su imperio se convirtieron en el verdadero botín que obtendrían y se repartirían los paladines de la búsqueda del equilibrio. Éste sólo se conseguiría si el Imperio español era descuartizado y repartido aunque no fuera ya una verdadera amenaza para el orden europeo. Lo que se estaba planeando era la sustitución definitiva de la posición de la España imperial en el tablero internacional por la pujante Francia borbónica.

La abundante literatura jurídica y política francesa y anglosajona aparecida durante el proceso de los repartos y tras la Paz de Utrecht apoya mayoritariamente la desmembración de la Monarquía. Charles Davenant denunciaba que la Monarquía portaba en su propia naturaleza, intrínsecamente, el germen de la destrucción de la libertad económica, política y religiosa; Andrew Fletcher denunciaba que ninguna lógica imperial podía ser buena y Daniel Defoe iba más lejos con su afirmación acerca de “The spaniards” eran “the most powerful people in Europe” y habían devenido en “the meanest and most despicable people in Europe that only because they are the poorest”[19]. El desembarco ilustrado que, en palabras de Montesquieu, consideraba que España y Portugal estaban en Europa pero no eran Europa, asumió la retórica de la destrucción de una monarquía católica, universalista y despótica que sólo debía su grandeza a la fortuna de la conquista de las Indias[20] sin reparo alguno y favoreció el crecimiento del mito de la leyenda negra.

Amparados en el argumento de alcanzar un equilibrio de potencias continental, los gobiernos de las potencias se plantearon desmembrar una entidad política y soberana. La estabilidad de Europa se pretendió alcanzar permitiendo que cada una de las potencias recibiera su correspondiente compensación extraída del patrimonio hispánico, ya fuera ésta territorial o comercial. La ciencia de los repartos ha de ser tenida en cuenta como la principal herramienta utilizada para compensar las aspiraciones de cada protagonista en la búsqueda del equilibrio, no se puede hablar de ese concepto como una inmaculada pretensión pacifista y libre de toda posible crítica. En la conformación de la balanza de poder muchos obtuvieron nuevas concesiones y posesiones y una sola fue la víctima, la Monarquía Hispánica.

Así comenzó Europa su búsqueda del equilibrio entre potencias.

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BIBLIOGRAFÍA

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MANTECÓN MOVELLÁN, T.A.; “España después de Utrech: Las fronteras del Imperio” en TORRES ARCE, M. y TRUCHUELO GARCÍA, S. (eds.) Europa en torno a Utrech, Universidad de Cantabria, Santander, 2014

RIBOT, L.; Orígenes políticos del testamento de Carlos II. La gestación del cambio dinástico en España. Madrid, 2010 

RIBOT, L. e IÑURRITEGUI, J.M. (Eds.); Europa y los tratados de reparto de la Monarquía de España, 1668-1700. Biblioteca Nueva, Madrid 2016

STORRS, C.; La resistencia de la Monarquía Hispánica, 1665-1700. Editorial Actas, S.L., Madrid, 2013.

EN LA RED

http://reinadodecarlosii.blogspot.com.es/2010/09/el-primer-tratado-de-particion-de-la.htm


[1] RIBOT, L., “Los tratados de reparto de la Monarquía de España. Entre los derechos hereditarios y el equilibrio europeo” en RIBOT, L. e IÑURRITEGUI, J.M. (Eds.), Europa y los tratados de reparto de la Monarquía de España, 1668-1700. Madrid 2016, p.29.

[2] STORRS C. “Los tratados de reparto, la revolución de la política exterior inglesa y el caso de Saboya” en RIBOT, L. e IÑURRITEGUI, J.M. (Eds.), Europa y los tratados de reparto de la Monarquía de España, 1668-1700. Madrid 2016, p.217

[3] STORRS, C., “La transformación de Gran Bretaña, 1689-1720” en TORRES ARCE, M. y TRUCHUELO GARCÍA, S. (eds.) Europa en torno a Utrech, Universidad de Cantabria, Santander, 2014, p.22

[4] BÉLY, L., “El reparto del imperio español: La imposible búsqueda del equilibrio europeo” en RIBOT, L. e IÑURRITEGUI, J.M. (Eds.), Europa y los tratados de reparto de la Monarquía de España, 1668-1700. Madrid 2016, p.79

[5] ELLIOT, J., “Una Europa de Monarquías compuestas” Capítulo Ien España, Europa y el Mundo de Ultramar.

[6] Estas opiniones se recogen en la obra de ELIAS DE TEJADA, F., El Franco Condado Hispánico 2ª edición de Gabrielle Pércopo. Ediciones Jurra, Sevilla 1975.

[7] IÑURRITEGUI RODRIGUEZ, J.M., “Razón de interés y equilibrio de poderes: La verdad política de Miguel Francisco de Salvador” en la Actas de Els Tractats d´Utrech, clarors y foscurs de la pau.  La Reisistencia dels catalans

[8] De WIjt trataba de establecer un estado confederado en las Provincias Unidas que limitara el poder del Almirante General de los Países Bajos  impidiendo que desemepeñara  a la vez el cargo de Estatuder en alguna de las provincias. Esto pretendía limitar, también, la influencia de Amsterdam en la conformación de l Estado. Estas nociones quedaron estipuladas en el llamado Edicto Perpetuo de 1667. Esta forma de plantear la articulación delas Provincias Unidas le convirtió en rival de los Orange.

[9] BENNASSAR, B., JACQUART, J., LEBRUN, F., DENIS, M. y BLAYAU, N.; Historia Moderna. Madrid, 2010, p. 678.

[10] RIBOT, L.; El arte de gobernar. Madrid, 2006, pp. 228-230

[11] BAVIERA, Ppe.. Adalberto de y MAURA GAMAZO, G..; Documentos inéditos referentes a las postrimerías de la Casa de Austria en España. Madrid, 2004, p. 1294.

[12] Para conocer el conflicto sucesorio desde la perspectiva de la Corte de Madrid y la evolución en la redacción de un testamento estudié en profundidad:  RIBOT, L.; Orígenes políticos del testamento de Carlos II. La gestación del cambio dinástico en España. Madrid, 2010 y CONTRERAS, J.; Carlos II el Hechizado. Poder y melancolía en la corte del último Austria. Madrid, 2003.

[13] BAVIERA, Ppe.. Adalberto de y MAURA GAMAZO, G..; Documentos inéditos referentes a las postrimerías de la Casa de Austria en España. Madrid, 2004, p. 1308

[14] MANTECÓN MOVELLÁN, T.A., “España después de Utrecht: Las fronteras del Imperio” en TORRES ARCE, M. y TRUCHUELO GARCÍA, S. (eds.) Europa en torno a Utrecht, Universidad de Cantabria, Santander, 2014, p.113

[15] Entre los actos llevados a cabo por Luis XIV que desencadenarán la reacción de los aliados que reeditan la Gran Alianza de La Haya están el envío de tropas a tomar posesión de las fortalezas de la barrera, la solicitud a su nieto del gobierno efectivo de los Países Bajos españoles, reclama el “asiento de negros” que arrebata a las Provincias Unidas y reconoce como Rey de Inglaterra a Jacobo. 

[16] BELY, L.; “La recomposición geopolítica de Europa” en TORRES ARCE, M. y TRUCHUELO GARCÍA, S. (eds.) Europa en torno a Utrech, Universidad de Cantabria, Santander, 2014, p.17

[17] ALBAREDA SALVADO, J.; “Proyectos de paz, proyectos para Europa en torno a 1713” en TORRES ARCE, M. y TRUCHUELO GARCÍA, S. (eds.) Europa en torno a Utrech, Universidad de Cantabria, Santander, 2014, p.398

[18] IÑURRITEGUI RODRIGUEZ, J.M., “Razón de interés y equilibrio de poderes: La verdad política de Miguel Francisco de Salvador” en la Actas de Els Tractats d´Utrech, clarors y foscurs de la pau.  La Reisistencia dels catalans. p. 197

[19] FERNÁNDEZ ALBALADEJO, P.; Materia de España. Cultura política e identidad en la España moderna. Marcial Pons, Madrid, 2007, p.154

[20] FERNÁNDEZ ALBALADEJO, P.; Materia de España. Cultura política e identidad en la España moderna. Marcial Pons, Madrid, 2007, pp. 155-160.

2 comentarios sobre “El equilibrio entre potencias y la victima que lo posibilitó

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