La Orden de Malta y la muerte de la idea de Cruzada.

Las tropas de Khalil Al-Ashraf rompían las murallas de San Juan de Acre el 18 de Mayo de1291. El maestre de la Orden del Hospital, también llamada de San Juan, la futura Orden de Malta, Jean de Villers y el del Temple, Guillaume de Beujeau trataron de reagrupar sus fuerzas para mantener la resistencia del último bastión cristiano en Tierra Santa. Pero el Maestre del Temple cayó víctima de una flecha sarracena que le alcanzó en un costado cuando trataba de defender la llamada Torre Maldita. Caballeros de la orden consiguieron llevarlo malherido junto a un mariscal del Hospital, Mateo de Clermont, también herido, hasta una casa cercana a la Puerta de San Antonio. Ambos caballeros murieron poco después. Los templarios transportaron los cuerpos a la zona sur de la ciudad donde se encontraba la fortaleza del Temple. El Maestre del Hospital trató de organizar una retirada ordenada hacia la fortaleza para reorganizar al ejercito cristiano, pero fue herido por una lanza de los asaltantes.

La situación se estaba volviendo desesperada. Juan de Grailly y Otón de Grandson, dos de los caballeros más cercanos al Rey Eduardo I de Inglaterra, el patrocinador de la Novena Cruzada, al percatarse del peligro que acechaba los Maestres de las Órdenes, el Rey de Chipre Enrique II y su hermano Amalarico de Tiro, decidieron comenzar a embarcar a los líderes cristianos y a buena parte de las tropas defensoras de Acre. Muchos fueron los habitantes de la ciudad que trataron de alcanzar los barcos que se retiraban. El pánico produjo tantas bajas como los soldados del sultán, los cristianos abordaban los barcos que se disponían a partir hacia Chipre y algunos de ellos se hundieron por el sobrepeso.

Pero cerca de 200 caballeros templarios y hospitalarios permanecieron resistiendo en la fortaleza de Acre. Trataron de obtener un pacto para abandonar la ciudad. Sin embargo, las negociaciones no llegaron a buen puerto. Khalil exigía la entrega de las llaves de la fortaleza antes de garantizar salvocondutos y garantías para que los caballeros viajaran a Chipre.

Pierre de Severy uno de los mariscales abandonó la fortaleza para negociar la rendición, pero fue hecho prisionero por los mamelucos. Contemplando las nulas posibilidades de obtener alguna contrapartida por la entrega de la fortaleza, los cristianos optaron por resistir. La siguiente noche Thibaud Gaudin mariscal templario que se convertiría después en el Gran Maestre, conseguía abandonar la fortaleza llevando consigo el legendario gran tesoro del Temple las reliquias que custodiaba la Orden desde poco después de su fundación en el Templo de Salomón. Ponía rumbo a Sidón, una de las pocas ciudades que se mantenían en poder cristiano y que no tardaría mucho en caer.

Aún habrían de aguantar dos días más sus camaradas luchando. Las cargas de los mamelucos minaron las murallas de la fortaleza de manera que cuando 2.000 sarracenos consiguieron quebrar la resistencia cristiana y entraron al recinto, los muros se vinieron abajo aplastando a defensores y asaltantes.  

El día 28 San Juan de Acre se perdía para siempre y con él la última fortaleza de los Reinos Latinos de Oriente. Jaffa, Beirut y Sidón solo tardarían unas semanas en caer.

Defensa de San Juan de Acre

Chipre se convirtió en la avanzadilla cristiana en Oriente, allí, en el Convento de Limasol, Jean de Villiers, que felizmente logró completar la singladura desde Acre, comenzaba a reestructurar aquella primitiva Orden de San Juan del Hospital Jerusalén. Se propuso reorientarla hacia nuevos horizontes: convertirla en una potencia naval más que terrestre. Las Cruzadas parecían llegar a su fin, desde el fracaso de la Novena, los príncipes europeos no siguieron los llamamientos de Roma y tras la caída de Acre no se organizó ninguna expedición que mereciera ser catalogada con el rango de Cruzada.

Sin embargo, no dejaron de producirse ataques e incursiones cristianas en territorios del Sultán, en especial en Egipto, pero sólo orientadas a conseguir botín económico, nunca territorial. Las dos grandes órdenes que habían fusionado el espíritu de monjes y caballeros, las que habían defendido a los peregrinos que se dirigían a Jerusalén, protegido los caminos cristianos durante las cruzadas y asistido a los enfermos y heridos en las batallas, estaban reubicadas, casi confinadas, en una isla mientras que Tierra Santa se había perdido para siempre. Desde este momento la guerra contra el turco, la defensa del Occidente cristiano frente al acoso sarraceno sustituyó a aquellas expediciones organizadas para recuperar Jerusalén.

La Orden de San Juan no permaneció mucho tiempo en Chipre, las malas relaciones con Enrique de Lusignac, rey de Chipre, terminaron por conducir en 1306 a los caballeros de San Juan a la posesión bizantina de Rodas.

En el primer tercio del siglo XIV, el Hospital recibirá una fenomenal herencia, los bienes del Temple tras la abolición de esta Orden y el ajusticiamiento de sus maestres y senescales acusados de herejes, sodomitas y adoradores de Bafomet. Las inmensas posesiones territoriales templarias, su estructura financiera, la red de encomiendas y, tal vez, el legendario tesoro[1], aquel con el que Gaudin huyó de Acre, fueron a parar a manos de los hospitalarios gracias a la arbitratria decisión del Rey de Francia Felipe el Hermoso, su brazo ejecutor Guiullame de Nogaret y su marioneta el Papa Clemente V.

 Señores de Rodas y dueños de una inmensa fortuna los Hospitalarios se convierten en la gran fuerza naval del Mediterráneo, una Armada en posición adelantada para detener a la flota del sultán. Allí resistieron hasta 1522 momento en el que los turcos de Solimán asediaron la isla por segunda vez y acabaron con la resistencia.

En 1453 había caído Constantinopla y los otomanos se habían constituido en la gran amenaza de la Cristiandad. Los Reyes Católicos tomaron Granada en 1492 pero las querellas con los musulmanes continuaron en el Norte de África.  Solimán y Carlos V guerrearon sin descanso para hacerse dueños de Túnez y de Argel. Durante décadas los reyes españoles estuvieron preocupados por una posible gran alianza musulmana que pretendiera recuperar el reino nazarí.

La Orden (ahora de Rodas) buscaba un nuevo emplazamiento donde establecerse. Un nuevo golpe de fortuna iba a favorecer a los sanjuanistas. Clemente VII, antiguo miembro de la Orden, fue elegido Papa como sucesor de Adriano de Utrecht y se convirtió en su principal valedor.

No eran especialmente buenas las relaciones entre este Papa y el futuro emperador. Tras la victoria en Pavía en 1525 de Carlos sobre Francisco I de Francia, el Papa sintió verdadero temor por el poder que acumulaba el Austria y se planteó una alianza con Francia para que defendiera las posesiones de la Iglesia en Italia. Así conformó la llamada Liga de Cognac que poco después iniciaba una guerra contra Carlos tras atacar casi simultáneamente en el norte de Italia, los Países Bajos y Navarra.

Pero las tropas imperiales volvieron a detener los ataques franceses y obligaron al Papa a rendirse al Impero. Aunque solo fue de manera temporal, Clemente VII y Carlos iniciaron una cordial relación que llevó al Papa a coronar como emperador en 1530 a Carlos V en Bolonia. Por su parte Clemente consiguió un compromiso de Carlos para entregar la isla de Malta a la Orden de Rodas y concederle el privilegio de que el Estandarte de San Juan preceda al cortejo del Papa en todas las ceremonias.

La soberana Orden de Malta, la Cruz Ochavada, sostuvo el espíritu cristiano para hacer frente al Islam, tremenda potencia naval del siglo XVI, que, bajo la guía de Solimán, Barbarroja o Dragut, trataba de avanzar por el Mediterráneo. Las cruzadas de reconquista habían finalizado pero ese sentimiento cristiano de resistencia frente a los sarracenos aún ardía en el corazón de la Monarquía Hispánica.  Ante la Reforma Protestante y la alianza de un rey supuestamente Cristianísimo, Francisco I de Francia, con el Turco, los Austrias españoles se convirtieron en los bastiones de la defensa de la fe de Roma.

La salvaguarda del Mediterráneo comenzaba a percibirse como un asunto de italianos y españoles. No en vano el teólogo inglés John Foxe llegaba a afirmar que dudaba si era el Sultán o el Papa el enemigo más sangriento de Jesucristo, aludiendo a la traidora alianza de Francisco y Solimán a la que el Papa ni siquiera cuestionó.

El cisma entre los cristianos provocaba que los musulmanes percibieran la oportunidad de avanzar. Ya habían sido capaces de cercar Viena (1529). De esta forma incluso Lutero tuvo que modificar su discurso e instó a continuar la guerra contra el “azote de Dios” pero desde un frente de gobiernos laicos. Erasmo de Rotterdam pensaba que la guerra debía ser el último recurso y que se debía tratar de convertir a los turcos. En este ambiente, europeo y Protestante, que trataba de desvincular la guerra contra el Turco de los deberes de Roma, Carlos V y Felipe II sí que sostuvieron la interpretación católica del papel de defensa de la cristiandad.

La reconquista de Túnez en 1535, la resistencia de Malta en 1565 y la Batalla de Lepanto el 7 de octubre de 1571, como reacción a la pérdida de Chipre, posesión veneciana, en 1569, supusieron tres hitos en la resistencia cristiana frente a los sarracenos. Sin embargo las desavenencias entre cristianos hicieron que se rompiera su alianza y que las victorias navales no fructificaran en algo más duradero. Los turcos volvieron a tomar Túnez y hasta mediados del siglo XVII no comenzaron a ser superados por la Santa Alianza del Papa, Polonia y Roma. La derrota ante Leopoldo I y la subsiguiente Paz de Carlowitz en 1699 detuvieron las incursiones turcas por el continente.

Durante los siglos XVI y XVII la hegemonía se disputó en el mar, lo que convirtió a la Orden de Malta en un pilar de la cristiandad. Parece innegable que el espíritu cruzado era inseparable del sentimiento de pertenencia a una Orden que nació en Jerusalén y que combatió para mantener la ciudad y Tierra Santa en manos cristianas. La conversión, durante la estancia en Rodas, de la fuerza terrestre militar en fuerza naval, permitió a la Orden mantener esa condición de bastión cristiano ahora en el mar. Antes lo hizo en las murallas jerosolimitanas. Es la cruz ochavada, -las Bienaventuranzas o las ocho lenguas-, frente a la Media Luna. Los estandartes cristianos lucían su cruz cuando derrotaban a Barbarroja en Túnez, la galera capitana de Juan de Austria en Lepanto, La Real, lucía la Cruz de San Juan, blanco sobre rojo y llevaba a la Liga Santa al triunfo frente a Alí Pachá.

En la Europa de la Reforma y la Contrarreforma los caballeros de San Juan abordaban a la flota turca al grito de ¡¡Por Cristo y por San Juan!!. Tal vez el romántico y, tal vez, anacrónico título de Orden Soberana tuviera en aquellos momentos su más gloriosa justificación; una flota de galeras continuaba enfrentándose al turco para defenderse de su afán expansivo. El voto de ayuda al enfermo, al herido, que caracterizaba a la Orden del Hospital de San Juan parecía en estos dos siglos quedar relegado ante la necesidad de que la Orden mantuviera el otro gran componente de su idea fundacional la defensa de la fe de Cristo.

Los nominales reyes de Jerusalén los monarcas españoles, trataban de mantenerse al margen de las proclamas que desde algunos ambientes se alzaban para retomar una hipotética cruzada de liberación de Jerusalén. La Goleta, Lepanto, la expulsión de los moriscos… los acontecimientos parecen insistir en que la Cruzada sigue viva. Carlos V, Felipe II y Felipe III nunca atendieron esta posibilidad ni la trataron como una posibilidad real. Esto limitaba el ámbito del nuevo espíritu cruzado a la defensa de lo propio. Tal vez no parezca tan alto el anhelo como lo era el de las cruzadas llevadas a cabo entre el siglo XI y el siglo XIII pero resulta innegable que el objetivo no debiera considerarse menor. Mientras España y Francia viven un perpetuo conflicto, Inglaterra y Holanda abrazan las teorías de Calvino y el Imperio se resquebraja debido a las Tesis de Lutero, la Cruz será el símbolo bajo el que se unifique el interés de Venecia, el de Aragón, el de Sicilia y el de Castilla. Dicho interés ya no rezuma la Palabra de Dios en cada lance, en cada abordaje, pero las cruces de Santiago y las de San Juan mantendrán en torno a ellas el sentimiento de defensa de la cristiandad; una vez que Solimán el Magnífico levantó el cerco a Viena en 1529, las guerras y batallas navales del XVI se convirtieron en el  escenario de combate para conseguir mantener al turco  en África y en Oriente.  

Desde que Saladino reconquistó Jerusalén en Octubre de 1187, la presencia cristiana en Oriente no había hecho sino disminuir. La presencia bizantina había ido paulatinamente menguando desde Manzikhert (1071) y finalmente   Constantinopla cayó en 1453. Los reinos latinos habían desaparecido antes del comienzo del siglo XIV.

La ilusión por recuperar aquellos lugares evolucionó hasta llegar a un punto en que, alcanzar Jerusalén, se convirtió en el destino de una peregrinación pacífica; no parecía que la Tierra Santa hollada por los musulmanes pudiera recibir a otro tipo de viajeros occidentales. La cautela occidental no era muy diferente a la del Sultán que rebajaba el listón de sus pretensiones olvidando los ataques terrestres y planteando una persistente lucha naval. Malta, no podía ser de otra manera, se convirtió en el objetivo de una de sus campañas para posicionarse al Sur de Sicilia, pero también, porque una victoria allí supondría derrotar al último baluarte del ideal cruzado, derrotar a la flota de la Orden Soberana de San Juan a la se habían enfrentado desde 1099, supondría un refuerzo moral para la unidad del Islam que veía, además, como la unidad cristiana no era consistente.

Tal vez la Orden de Malta fuera el último soporte o el último eslabón capaz de engarzar una cadena de fuerzas católicas que mantuvieran la posición frente a los turcos. El Papa no conseguía aglutinar en torno a él a los príncipes católicos en alianzas duraderas y las potencias protestantes sólo apoyaban a los católicos de forma testimonial en esta lucha establecida en el Mediterráneo.

La Orden de Malta, desde su posición central en el Mar Mediterráneo, fue tal vez la última depositaria del espíritu cruzado. Tal vez porque el enemigo seguía siendo el mismo al que la cristiandad se enfrentaba cuando la orden fue fundada cinco siglos atrás. Tal vez porque su vinculación al Papa y a Roma demandasen una resistencia feroz frente al infiel. Tengo la sensación de que esa perseverancia frente al turco comenzaba a percibirse de manera distinta en el seno de los Estados modernos que empezaban a enfrentarse por los territorios, el comercio y los repartos de los nuevos territorios descubiertos. En España el miedo al turco tenía un componente territorial a finales del XV y comienzos de XVI por ese temor ya mencionado a una posible coalición entre africanos y otomanos que tratase de reconquistar el Reino de Granada. También se combatía para ahuyentar a los piratas de Argel y Túnez. Por tanto, el componente religioso ya no era el único argumento esgrimido para empeñarse en una guerra, empezaba a sustituirse por la defensa territorial, la protección del comercio y la conveniencia política y diplomática.  Si los reyes de España, pese a esta relajación en lo referente a lo religioso, conservaron el título de reyes católicos e incluso de reyes de Jerusalén, a la Orden de Malta habría que concederle el título de última poseedora del sentimiento cruzado, de póstuma defensora de la cruz. 



[1] Es absolutamente indemostrable, pero una de las leyendas que rodean el misterioso final de la Orden del Temple, afirma que cuando los mariscales del Temple fueron conscientes de que el Papa iba a autorizar al Rey de Francia a hacer prisioneros a todos los caballeros de todas las encomiendas, el Gran Maestre, Jacques de Molay, ordenó poner a salvo el tesoro de las garras de Felipe. Los monjes cargaron el tesoro en una carreta y lo cubrieron por completo con balas de heno. La carreta tirada por dos bueyes salío de la Gran Encomienda del Temple de París pocas horas antes de que los soldados del rey entraran en el castillo con la orden de prender a todos los caballeros templarios.  



BIBLIOGRAFÍA

BARAHONA, P.; Los Templarios. Madrid, 2018

GARCÍA MARTÍN, P.; La péñola y el acero. La idea de cruzada en la España del Siglo de Oro. S&C ediciones. Tocina (Sevilla) 2004.

  • Historia visual de las Cruzadas Modernas. Madrid, 2010

KOHLER, A.; Carlos V. 1500-1558. Una biografía. Madrid 2008

MADDEN, T.F.; Cruzadas. Cristiandad, Islam, Peregrinación, Guerra. Barcelona, 2008

MAALOUF, A.; Las Cruzadas vistas por los árabes. Madrid, 2013

PAU ARRIAGA, A.; La soberana Orden de Malta. Un milenio de fidelidad. Prensa y Ediciones Iberoamericanas, S.L. Madrid, 1996.

RIVERO RODRÍGUEZ, M.; La batalla de Lepanto. Madrid, 2008

RUNCIMAN, S.; Historia de las Cruzadas. Alianza editorial. Madrid 2016

La imagen de la Batalla de Lepanto esta extraída de:

http://www.grandesbatallas.es/batalla%20de%20lepanto.html

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